Periodismo
Pedro Sánchez donando sangre TW

150 días al frente del Gobierno de España y el resumen del mandato de estos cinco meses de Pedro Sánchez en La Moncloa son el perfecto paradigma de la burda mentira y de la propaganda más hueca, a tenor de lo que se puede leer este 11 de noviembre de 2018 en las tribunas y editoriales de la prensa de papel.

El editorial de ABC recuerda que Pedro Sánchez ha hecho de la trampa y de la mentira su modus vivendi para permanecer anclado en La Moncloa:

La manera de gobernar de Pedro Sánchez no solo consiste en un ejercicio de supervivencia, sino que también representa una inmensa apología de la mentira. Gobierna sin estabilidad alguna con 84 diputados, ha servido como conejillo de Indias para el separatismo catalán, pretende sustituir la legitimidad parlamentaria y la lógica de las mayorías gobernando a golpe de decreto y se ha convertido en un clon de Pablo Iglesias. Sánchez es hoy sinónimo de propaganda, demagogia y engaños al ciudadano, y además ha escorado al PSOE hacia la extrema izquierda, solapándose con Podemos y silenciando las voces incómodas de su partido, ayer ausentes del Comité Federal celebrado en Fuenlabrada, hecho a la medida de su cesarismo.

Antonio Burgos denuncia con su particular gracejo como Sánchez pretende cargarse todo durante el tiempo que dure apoltronado en La Moncloa:

Llegó al poder sin pasar por las urnas, sólo tragando con los enemigos de España. No ganó las elecciones, sino una moción de censura que le salió redonda. Ni él mismo se cree que sea presidente. Por eso tanto repite «yo soy el presidente del Gobierno», porque no se lo cree y hasta se pellizca para ver que no está soñando. Se presentó sin programa. Bueno, sí, con uno incumplido: convocar elecciones. Pero le cogió gustirrinín al avión oficial y quiere acabar la legislatura, para que le dé tiempo a pagar todas las promesas a sus socios de moción de censura. Aunque, pensado mejor, sí tiene programa, el que le imponen sus amiguetes de la moción de censura. Sánchez gobierna a saltos de cigarrón, sin saber dónde va a caer. Es el programa del «vámonos que nos vamos», a la gaditana.

Jon Juaristi considera que el PSOE siempre ha sido el mismo partido que una vez pierde el poder se radicaliza hasta extremos insospechados:

Fernando (Savater) cree que en el PSOE coexisten un PSOE de garrafón (el que hoy gobierna) y uno de marca embotellada, limpia y sinceramente constitucional. No lo creo. En su historia centenaria y más que centenaria, pese al mito tontorrón de Besteiro, que hoy sólo la derecha alimenta, el PSOE ha sido un partido de monolitismo berroqueño. En democracia, cuando pierde votos, se radicaliza e irrumpe en los caladeros de la extrema izquierda, llegando al golpe de Estado si intuye que esa es la única forma de arrebatar la hegemonía a los comunistas, como lo hizo en octubre de 1934. Como lo hicieron, para ser más exacto, Prieto y Largo Caballero, dos golpistas contra la II República cuyas horrendas efigies bien pagás a Pablo Serrano y José Noja, respectivamente, infaman sendas fachadas de los Nuevos Ministerios.

Javier Redondo, en El Mundo, destaca como Sánchez sobrevive a base de golpes de efecto:

El ministro sin cartera ya no tiene que cabriolar con el lenguaje, como cuando asesoraba a candidatos de la gaviota -o charrán-. Le basta el golpe de efecto y puesta en escena. Alguien del gremio sostiene que sus piruetas se agotan, que son potentes, aparatosas y seguras a corto plazo. Pero que como todo lo impactante, decaen y pierden frescura con el paso del tiempo. Mientras, de elecciones ni hablar. Según el marco, votar es democrático o no. Sánchez y su ministro tienen un báculo que es un baldón. Iglesias apremia y acelera la demolición de la democracia. Cuando todo parece urgente, la voltereta luce más y Sánchez se empodera a sí mismo. Pero las consecuencias son catastróficas. Bordeamos zona de riesgo.

Juan Velarde es redactor de Periodista Digital @juanvelarde72