Periodismo
Inaki Urdangarín en la prisión abulense de Brieva. EP

Lo cuenta con todo lujos de detalle el suplemento 'Crónica' (El Mundo) este 11 de noviembre de 2018 (El "polvorín" que ha dejado a la infanta Cristina sin su encuentro sexual con Urdangarin ).

El reo Iñaki Urdangarin sobrevive al último castigo al que tiene que hacer frente por el caso Nóos: la soledad extrema. El silencio (La bucólica y triste vida de Iñaki Urdangarin en prisión: cultiva tomates y pimientos).

El aislamiento. Alojado en un módulo individual de la prisión abulense de Brieva, el ex duque de Palma sólo ha cursado una petición a los funcionarios que le atienden a diario:

Por favor, habladme porque si no me voy a volver loco.

Como un corredor impenitente, el esposo de Cristina de Borbón, combate su nueva y desconocida penitencia con el deporte llevado al extremo. Sale a correr al patio de apenas siete metros de ancho por 25 de largo durante horas con un gesto imperturbable (La infanta Cristina pega un tremendo palo a Pilar Eyre, deja en ridículo a 'Lecturas' y dice que no se divorcia de Urdangarin).

Sólo se detiene cuando se encuentra extenuado. Lo hace en un recinto claustrofóbico, que se asemeja a un largo pasillo entre paredes de cemento, que recorre sin parar sin tener ninguna referencia exterior, encajonado en sus pensamientos.

Los trabajadores del presidio aseguran que:

Corre para no pensar. A veces nos preguntamos cómo es posible que pueda correr tanto sin cansarse.

Día tras día, el único interno hombre de la cárcel de mujeres de Brieva repite el ritual. Sustituyendo el ejercicio físico extremo por las clases colectivas de las que disfrutaría en cualquier otro centro penitenciario español (La izquierda mediática estalla por el ataque "a la vida privada" de Delgado... salvo si las víctimas son el PP o Urdangarin).

Cumple con sus rutinas, ve la televisión, lee y cuando la soledad le asalta y no quiere pensar, rompe con ellas y sale a correr fuera del horario que se marca. Eso es todo lo que se permite (La foto de 200.000 euros del destrozado Urdangarin que le quita el sueño al rey Felipe VI).

Dicen que Urdangarín no muestra, pese a todo, el más mínimo síntoma de abatimiento. Se dirige a los funcionarios con una exquisita educación que llega a sobrecogerles y se ha autoimpuesto no exteriorizar ningún tema privado.

Ni una sola palabra de lo que siente o padece, de sus hijos o de su mujer, de la inocencia que proclamó en el juicio o del resquemor contra la Casa Real por no haberle defendido desde el primer momento.

Cuando el desánimo le asalta, se calza las zapatillas y no se las quita hasta quedar extenuado asienten esos funcionarios.

Parece que lo hace para que se le agoten las energías y no pueda darle más vueltas a la cabeza.

Urdangarin empezó a practicar el running poco antes de estallar el escándalo que le ha llevado a prisión, cuando decidió asumir el reto de participar en el Maratón de Nueva York, en enero de 2011, para apoyar a la Fundación Telefónica.

"Sólo correr me tranquiliza", decía desde Estados Unidos en pleno apogeo del caso Nóos a sus amigos más íntimos, a los que revelaba que el elemento que más le desestabilizaba emocionalmente era comprobar cómo su hijo mayor, Juan Valentín, estaba al corriente a través de internet de las informaciones que le afectaban y le asaltaba con un sinfín de interrogantes.

Le reconforta fijarse metas en sus carreras diarias, superar las barreras mentales que impone el ejercicio prolongado, con el único horizonte de sus primeros permisos, previstos para finales de 2019.

Aprisionado entre el hormigón y el reciente rechazo del Supremo al recurso en el que pedía su libertad por carecer su condena de "base lógica", afronta ahora la parte más dura de la carrera.

Aquella en la que te aproximas al kilómetro 30, el gran muro de los maratonianos, cuando corres contra la pared. En su caso, en sentido literal y figurado.

Es el instante en el que se agotan las reservas de glucosa en el cuerpo y todavía "sigues pensando si serás capaz de hacerlo o no".