LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Sánchez, incapaz siquiera de sacar una momia de su cripta, ahora pretende atajar el cáncer golpista con ibuprofeno

Cristina López Schlichting: "Ha sido la paciente traición de este gobierno de Pedro Sánchez, adulando a los partidos independentistas, cortejándolos días tras día para lograr su apoyo, la que ha echado tierra sobre el 155"

Sánchez, incapaz siquiera de sacar una momia de su cripta, ahora pretende atajar el cáncer golpista con ibuprofeno
Franco, Pedro Sánchez y Quim Torra. PD

Pedro Sánchez es el protagonista indiscutible este 13 de diciembre de 2018 en las tribunas de opinión y editoriales de la prensa de papel. Su comparecencia en el Congreso de los Diputados para hablar sobre Cataluña solo fueron fuegos de artificio que nadie se creyó, tal y como se puede leer en varios artículos y columnas.

El editorial de ABC le vuelve a recordar a Pedro Sánchez lo obvio, que convoque ya elecciones:

Andalucía y Cataluña, por motivos distintos pero compatibles, han echado el cierre a la legislatura de Pedro Sánchez, que nunca debió tener otro contenido que un anticipo electoral tras la moción contra Rajoy. Sin Presupuestos Generales para el Estado, sin Andalucía, sin plan para Cataluña, sin mayoría estable en el Congreso, sin la confianza de su partido, Pedro Sánchez está solo y no tiene más opción que disolver el Parlamento y convocar elecciones generales. Cualquier otra decisión se deberá únicamente a cálculos partidistas y a la resistencia a aceptar que ha vuelto a fracasar al frente del PSOE.

Luis Ventoso le mete un buen repaso a Josep Borrell por hacer seguidismo de Pedro Sánchez a cambio de un plato de lentejas o, en este caso, de una poltrona:

Ameno, agradable y docto, Borrell dejó la sensación de un hombre que ha optado por bajar el volumen de sus auténticas convicciones a cambio de darse el gusto crepuscular de ser ministro de Exteriores por un rato en la séptima década de su vida. Apena ver a un político tan dotado haciendo regates dialécticos para justificar el penoso entreguismo de Sánchez a los independentistas a cambio de un plato de lentejas monclovitas.

Ignacio Camacho asegura que el único remedio para atajar la infección golpista es la cirugía que proponen las togas, nada de ibuprofeno rellenos de diálogo y pasta:

El ibuprofeno es un antiinflamatorio no esteroideo muy común en los botiquines caseros, incluido el del Palacio de la Moncloa. Según manifestó ayer Borrell en el Foro ABC, el popular fármaco constituye la base de la receta política con que Pedro Sánchez trata el trastorno balcánico de Quim Torra, atacado de convulsiones y espasmos en su fiebre antiespañola. Hasta ahora no parece haber surtido mucho efecto una terapia tan conservadora, que equivale a tratar con aspirinas una enfermedad tumorosa; la mitología nacionalista se ha vuelto ya inmune a cualquier medicación apaciguadora. La única prescripción eficaz, y no del todo, en el conflicto de Cataluña es la que vienen administrando las togas: la Justicia como última fórmula de contención de la epidemia sediciosa. Los paliativos, calmantes o ansiolíticos no funcionan porque la afección está demasiado avanzada para combatirla con pautas indoloras.

En El País, Josep Ramoneda viene a echar la culpa al independentismo y a la derecha de los vaivenes que está sufriendo Pedro Sánchez:

El Gobierno está entre dos aguas, entre la presión de la derecha y la presión del independentismo, y se le ve vacilante en la búsqueda de una vía para la distensión que sus antecesores declararon prohibida. Dar con el rellano en el que puedan encontrarse un número significativo de fuerzas políticas, soberanistas incluidos, parece ahora mismo misión imposible. No hay otra salida razonable. Una parte creciente del soberanismo lo sabe aunque no ose dar el paso. Y el PSOE sigue dando una de cal y otra de arena, instalado en un pedestal precario que le resta autoridad y autonomía. Y, sin embargo, toda alternativa es peor. Nada bueno se puede construir sobre la derrota de dos millones de ciudadanos que la derecha busca.

La Razón exige la convocatoria urgente de elecciones y la aplicación del 155 en Cataluña:

Sánchez no tiene un plan para Cataluña más allá que el que han plateado PP y C’s, es decir, la defensa de la legalidad. Lo que quiere es ganar tiempo para asentar un proyecto débil y cínicamente postmoderno. Lo que sí ha habido es una voluntad de dividir a las fuerzas constitucionalistas en un momento crucial. Puede que ya sea tarde a la vista del juicio contra los dirigentes del 1-O, pero por el desgaste que están sufriendo nuestras instituciones es necesario que Sánchez demuestre si puede construir otra mayoría de gobierno sin el vergonzoso apoyo del independentismo.

Cristina López Schlichting insiste en que es necesario volver a aplicar el artículo 155 y en esta ocasión hasta sus extremos más alejados:

El 155 fue eficaz. Se quedó corto, pero demostró que el Estado tiene mecanismos contra el golpismo y la ruptura del país y amedrentó a muchos. Prueba de ello es que ya no se atrevían a caer en la ilegalidad, por no entrar en la cárcel como sus colegas, o ver su peculio afectado. Ha sido la paciente traición de este gobierno de Pedro Sánchez, adulando a los partidos independentistas, cortejándolos días tras día para lograr su apoyo, la que ha echado tierra sobre el 155. Ministros hablando de diálogo y concesiones, visitas de emisarios para pactar acuerdos en Lledoners con los encarcelados, promesas de cambios constitucionales federalistas. Poco a poco, gota a gota, se ha convencido a los rebeldes de que volvían a ser admirados, comprendidos, respaldados.

David Gistau, en El Mundo, recuerda que a Sánchez no le ha salido ni media cosa bien en estos meses de Gobierno:

Miren ahora su gran proyecto refundador de Transición fetén. Ni sacar una momia de su cripta ha logrado. El socio podemita, el que simpatizó con el independentismo porque le venía bien todo cuanto contribuyera al colapso del 78, se despoja de las simulaciones institucionales y, contrariado por un resultado electoral, llama a la calle a romper las urnas. Mientras, su cadena amiga convierte en show una búsqueda de fachas mediante delaciones que recuerda la de los condenados a paseo de la Brigada del Amanecer de García Atadell, a quien por cierto aún no han puesto calle en Madrid (Central). Por su parte, el otro socio del Gobierno, Torra, a pesar de que en Moncloa ya no está La Derecha fabricando independentistas, es un perturbado que llama a su sociedad a la guerra y convierte lo que antaño fue una estructura estatal europea en una barra brava, parte de la cual está armada y predispuesta a la traición. A pesar de ello, el Gobierno no ve síntomas alarmantes para la democracia más allá de Vox, de la tauromaquia y del lenguaje micromachista. En fin, que todo va bien en el mejor de los mundos posibles.

El editorial de El Mundo le dice a Sánchez que se ha quedado en tierra de nadie por no querer tirar para ningún camino en concreto respecto a la cuestión catalana:

El problema del Gobierno no es ya la incapacidad para asumir el fracaso de su operación de distensión con el independentismo, sino la nadería en la que parece haberse instalado. Por un lado, agita el 155 aunque con la boca pequeña. Por otro, mantiene su voluntad de profundizar en el diálogo -blandiendo incluso la posibilidad de una reforma estatutaria- con quienes han dado muestras de no tener más horizonte que el de romper España. La indefinición sigue siendo el principal lastre de Sánchez, que se ha quedado en zona de nadie por supeditar una cuestión de Estado como es el problema catalán a una onerosa ambición de poder.

Javier Redondo define a la perfección en lo que ha quedado Pedro Sánchez:

El espíritu de la moción está hecho trizas. Al menos se ha partido en cinco: Sánchez se quiere a sí mismo y reduce su proyecto personal al cabildeo diario, espontáneo, artificioso, escapista y fortuito; el Gobierno persigue sombras y presupuestos, que constituirían una hipoteca para prolongar su agónica minoría parlamentaria; el PSOE teme descalabrarse en mayo y recula porque cree que Sánchez ha perdido fulgor aunque mantenga su inquebrantable determinación; Iglesias languidece, apunta a la Corona, evoca los años 30 y recurre a la desesperada a Vox; el último trozo del espíritu de la moción es el de los separatistas, cuya motivación era romper el bloque constitucional, perpetuar la excepcionalidad y aguachinar el juicio a los políticos procesados por rebelión, sedición y corrupción.

Juan Velarde es redactor de Periodista Digital @juanvelarde72

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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