Periodismo
Rubén Amón y Santiago Abascal. PD

Rubén Amón no aprende. Ya le costó un soberano repaso la columna que se marcó el 14 de abril de 2019 en El País, pero vuelve por sus fueros. En esa ocasión, tal y como recogía Ignacio Ruiz-Quintano en ABC, el articulista del diario de PRISA decía estas cosas sobre Vox -Sopapo de Ruiz-Quintano desde ABC a Rubén Amón por llamar borrachos a los votantes de VOX: "Es un meñique empalmado que va de cosmopolita"-.

A Vox no se le vota con la cabeza. Ni siquiera con el corazón. Se le vota con el hígado, con el estómago y con los huevos. Es el partido de la testosterona y del "viva Epppaña", del complejo de inferioridad, del oscurantismo, del paraíso perdido en la última curva, no digamos cuando el cuarto gin-tonic aparece en la "madrugá" como argumento liberador de la conciencia y de la sensatez.--Losantos se tira al cuello de Rubén Amón: "Se ha comido toda la propaganda de Soraya"--

Pues bien, este 18 de abril de 2019 repite jugada en El País, aunque, eso sí, deja a un lado las copas. Empieza por criticar que Vox haya colgado a ciertos periodistas la etiqueta de podemitas:

¿Y Podemos qué? Impresiona la asiduidad con que Vox acude al antagonismo de Pablo Iglesias como criterio de homologación de sus comportamientos cuestionados. Apelaron al antecedente del general Rodríguez para justificar la incorporación de los exoficiales del Ejército, del mismo modo que exhumaron un vídeo de Iglesias para justificar el derecho de custodiar un arma en casa. Tiene interés el mimetismo porque la sensibilidad de los voxeadores se abastece de la necesidad de encontrar un enemigo perfectamente alineado. Criticar sus ideas y comportamientos implica votar a Sánchez, amar a Otegi, emprender la yihad, desear la ruptura de España o invocar el comunismo.

Somos muchos los periodistas o los tertulianos que padecimos el acoso exacerbado de Podemos, la intimidación, la exposición pública, el ardor justiciero de la militancia morada. Por eso nos desconcierta que se nos observe ahora como costaleros de Iglesias, aunque el desgaste de aquellas primeras temporadas podemistas ha servido de vacuna para amortiguar la ferocidad de la turbamulta nacionalpopulista, ultraderechista o como los politólogos quieran llamarla.

Tilda a Abascal poco menos que de caudillo ecuestre:

El haz populista ha transitado de la extrema izquierda a la extrema derecha. No son movimientos equivalentes, pero proliferan las coincidencias, entre ellas, el mesianismo, la bandera del cabreo, los postulados euroescépticos, el recelo a la prensa, la aversión al sistema, aunque el sistema mismo ha domesticado el furor rupturista del que presumía Iglesias antes de ungirse como miembro de honor de la casta.

El escarmiento del providencialismo tendría que haber relativizado el entusiasmo hacia la aparición ecuestre de Abascal, pero la grey ultraconservadora necesitaba un caudillo de resarcimiento, un timonel al que otorgar la misión compensatoria. El péndulo polariza la política española. Expone la sociedad a un vaivén estresante, visceral, milagrero, más todavía cuando el revanchismo de Podemos retroalimenta el ajuste de cuentas de Vox en el terreno inflamable del cainismo ibérico.

Y ya desbarra directamente con esos lugares comunes sobre Vox y sus dirigentes:

Entre el drama y la parodia, Abascal lidera un partido peligroso porque su programa e idiosincrasia dilapidan la convivencia. Primero: combate el nacionalismo catalán desde un nacionalismo español reaccionario, excluyente y hasta folclórico. Segundo: cuestiona el consenso sobre la violencia de género y discute los progresos de igualdad bajo la caricatura del antifeminismo. Tercero: inculca un modelo confesional invasivo e inspirado en el catecismo que tanto neutraliza el derecho del aborto como discrimina el matrimonio homosexual y abjura de la eutanasia. Cuarto: propaga un discurso eurófobo amparado en el sabotaje de los países del Este y refractario al concepto comunitario de la cesión de soberanía. Y quinto: la expulsión de 50.000 extranjeros en Andalucía, la erección del muro en Ceuta y Melilla, la dramaturgia tragicómica de la Reconquista, configuran un estado de psicosis que ceba el fantasma de la inmigración e incita una tensión islamófoba y xenófoba.

Juan Velarde es redactor de Periodista Digital @juanvelarde72