Corría 1992. Con su abdomen abultado, Edwyn Bayron llegó a los medios para decir que estaba embarazado de seis meses

El caso del filipino embarazado, el engaño previo a la era de las fake news

Una médica aseguró que era hermafrodita, el gobierno de Filipinas dijo que se haría cargo del niño y los diarios y la tevé compraron la historia por miles de dólares para exclusivas, sin poner en duda ni una sola palabra. Luego, se supo que todo había sido una gran farsa

El caso del filipino embarazado, el engaño previo a la era de las fake news
Edwyn Bayron Shutterstock

Es ya historia. La mayoría de las fotos siempre eran de perfil. Con la camisa levantada para mostrar el vientre prominente. En la cara, una sonrisa de orgullo. Edwyn Bayron, en 1992, fue tapa de todos los diarios y nota principal de los noticieros televisivos de las cadenas más importantes del mundo. No era para menos. Era el primer hombre embarazado de la historia, según recoge el autor original de este artículo Matías Bauso en infobae y comparte Manuel Trujillo para Periodista Digital.

Este filipino de 32 años, que se hacía llamar Carlo, tuvo sus quince minutos (en realidad fueron 15 días) de fama.

Los periodistas se peleaban para tener su palabra. Lo que en una estricta aplicación de la ley de la oferta y la demanda se convirtió en entrevistas pagas. La más famosa fue la del programa Today de la NBC en la que el periodista luego de escuchar la historia de Edwyn aceptó la invitación a poner la mano en la panza abultada y, entre asombrado y emocionado, le contó a su (enorme) auditorio que sentía los movimientos del bebé: «Siento sus patadas», relató alborozado.
A partir de ese momento las entrevistas se espaciaron. No fue falta de interés. Era el tiempo necesario para negociar contrato de exclusividad con algún diario europeo y una cadena televisiva norteamericana. Ya habían vendido, también, la televisación en directo del parto para el que faltaban tres meses.

Lo notable de este caso, lo que marca una diferencia con otros de su tiempo, es que llegó a las portadas de los medios más serios. No fue asunto sólo de tabloides y noticiero sensacionalistas. Reuter, France Press, el Washington Post, la NBC. Nadie se quedó afuera; nadie se atrevió a dudar. Naturalmente lo que se conocía como prensa amarilla se deleitó con la noticia y la explotó todo lo que pudo. Pero, sobre todo, ese tipo de periodismo disfrutó enormemente cuando se comprobó que todo había sido un gran fraude. A partir de ese momento estaban igualados, todos trabajaban con el mismo tipo de material. Que todos hayan caído en la trampa, que los que impartían las reglas morales hubieran comprado el cuento, fue un toque de alarma.

Una nueva era comenzaba.
Seis meses de embarazo. La mejor prueba era esa panza que sobresalía con cierta armonía. La explicación científica era que Edwyn era un hermafrodita, que había nacido con los dos sexos y que se había realizado una operación para ampliar su vagina, eliminar su pene, y así mantener la preponderancia de sus órganos femeninos.

Después fue cuestión de una ola de sugestión pública. Y de unas descomunales ganas de que fuera cierto. Cada dato, o al menos cada hipótesis, que favorecía a creer en la historia era magnificado y replicado con fruición. Pero aquellos que contradecían la historia, que le quitaban verosimilitud, se emitían (o parecían emitidos) en sordina, con silenciador. Nadie quería escucharlos

El basamento científico para que esto sucediera estaba dado por una situación hipotética. No basada en los hechos reales. Los especialistas explicaban que toda persona que tuviera útero y un ovario podría cursar un embarazo. Ese, decían, debía ser el caso del filipino. Aunque nadie supiera en realidad si eso era así en esta situación. Y que no se conociera otro ejemplo similar. La cautela no era la norma. Fueron pocos los que se atrevieron a descreer. O esos no tuvieron demasiada difusión.

Edwyn Bayron provocaba empatía. Era simpático, convincente y se mostraba agradecido. Daba entrevistas y proyectaba la familia que formarían con su novio y el bebé en camino.

El anuncio del embarazo se dio en estado avanzado. Edwyn decía estar cursando el sexto mes. Nadie se preguntó porque tamaña anomalía, un suceso tan extraordinario recién se daba a conocer en ese momento, por qué no se convocó a especialistas internacionales. Junto a la imagen de la protuberancia del abdomen (que Edwyn mostraba cada vez que podía: era su principal coartada; como si bastara que no se tratara de un almohadón para que creyeran su historia), el hombre embarazado esgrimió dos análisis de orina que confirmaban su embarazo.

Sin embargo, la pieza, el detalle que convenció a los pocos descreídos fue una ecografía que mostraba el avance del feto en su interior. Naturalmente, alguien adujo, no sin razón, que esos estudios podían pertenecer a cualquier embarazada. Para desactivar este argumento apareció una doctora que dijo haber practicado el estudio. Fue la misma doctora que sostuvo que Edwyn era un hermafrodita.

Los flashes sedujeron también a Antonio Periquet, secretario de salud filipino. Quien declaró que el estado se haría cargo de la situación y que estaba pendiente de cada detalle: «Vamos a seguir con atención la evolución de la madre. Y naturalmente del niño». Eso sí: pedía discreción y tranquilidad mientras hablaba rodeado de micrófonos y fotógrafos.

Algún obstetra salió a aclarar que el parto sería por cesárea porque las caderas de Bayron eran «masculinas».

Mientras Edwyn era noticia global, el supuesto padre de la criatura pidió licencia en el ejército para hacerse cargo de la situación y también se paseó por todos los programas de televisión que pudo.

Fueron quince días. Nada más. Pero intensos y muy productivos para la pareja filipina. Se convirtieron en un fenómeno en todo el mundo. Y recaudaron una interesante cantidad de dólares. Nadie sabe hasta dónde pensaban llegar.

Edwyn había conseguido audiencia para iniciar el cambio de sexo en sus documentos, para ser reconocido por el estado filipino como mujer y así poder casarse. Esa era otra gran noticia. Ameritaba, por supuesto, nuevas portadas, grandes titulares y más entrevistas exclusivas.

Pero un día, el sueño terminó. Aunque parezca increíble nadie hasta ese momento había hecho un examen físico a Edwyn. El juez antes de proceder a autorizar el cambio de sexo, a reconocerla como mujer, exigió que peritos de la corte realizaran un examen físico. Ese mero trámite comprobó lo inevitable. Edwyn era un hombre. Tenía un pene de desarrollo normal y testículos. Y ningún órgano sexual femenino. Una de las ginecólogas que lo revisó dijo desilusionada: «No sé por qué nos engañó de esa manera. Debe darnos respuestas».

Un vocero del gobierno filipino intentó explicar la situación. Culpó a Edwyn y a sus habilidades atléticas. Dijo que la médica de pueblo que constató que era un hermafrodita se confundió por las «habilidades atléticas» (sic), que logró esconder entre sus piernas sus atributos masculinos a la vista de la doctora y hasta de una enfermera. La repercusión de la noticia y la expectativa que generó merecían una respuesta mejor o, al menos , con más ingenio.

No eran tiempos de diversidad sexual y ni de autopercibimientos. No se hablaba de identidad. Apenas se supo que todo había sido un gran fraude. La actitud de los medios hacia Edwyn mutó radicalmente. Los artículos empezaron a llenarse de desprecio. Lo llamaban impostor. Su nombre y apellido ya no se publicaban solos; venían indefectiblemente acompañados por alguna de estas dos palabras: homosexual y/o travesti. Se lo acusaba de montar un gran engaño. Pero nadie hizo un mea culpa, ni se preguntó por qué había sucedido. Exigían respuestas pero no respondían las preguntas que se habían instalado súbitamente sobre el ejercicio de su profesión. Con muy pocas armas, con desparpajo y una panza inflada, Edwyn consiguió que los grandes medios bajaran la guardia y compraran una historia inverosímil sin demasiadas pruebas.

La frustración era enorme. Habían sido engañados y las respuestas no llegarían inmediatamente porque, recordemos, estaban los contratos de exclusividad que, para explicar el engaño también eran útiles: había todavía una enorme expectativa por saber más.

Edwyn y su novio no dieron demasiadas explicaciones de cuáles fueron sus motivaciones. Pudieron ser varias: lograr el cambio de sexo legal, poder casarse, obtener dinero para que Edwyn pudiera hacerse la operación de reasignación de sexo, obtener dinero a secas, ser el centro de atención pública durante un tiempo. Las últimas dos las consiguieron con creces.

En la actualidad se habla de las fake news, un concepto que no se conocía en 1992. Tampoco de la posverdad. El caso del filipino embarazado, como se lo conoció usualmente, pudo ser un precursor. Una combinación de creencias, de voluntad por creer, de ignorar advertencias y certezas científicas. Se olvidaron los datos objetivos y la cautela. Se privilegió el deseo, lo querido. Las creencias se impusieron a las constataciones.

Lo que es seguro es que se trató de uno de las más básicos y efectivos engaños de las últimas décadas.

Autor

Manuel Trujillo

Periodista apasionado por todo lo que le rodea es, informativamente, un todoterreno

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