CIENCIA Y PUBLICIDAD

¿Sabías que el simio de la etiqueta del ‘Anís del Mono’ tiene la cara de Darwin?

Antes, cuando en España no te abrasaban las nalgas por hacer un chiste ‘políticamente incorrecto‘, corría por los bares el del tipo muy feo que va a comisaría con una grupo de amigos a hacerse el pasaporte.

El agente, les va diciendo uno a uno lo que tienen que presentar: «Partida de nacimiento, DNI, pagar las tasa y una foto reciente, tamaño carné, con fondo blanco, sin gafas de cristales oscuros y con la cabeza descubierta».

Cuando llega al protagonista de la historia, le dice: «Tu lo mismo que el resto, pero no hace falta que traigas foto… te basta una etiqueta de Anís del Mono’.

De la etique de Anís del Mono va precisamente la historia que publica este 7 de octubre de 2018 el siempre brillante Alfredo Serra en Infobae.

A casi seis décadas de la aparición de El origen de las especies, del biólogo inglés Charles Darwin (1809-1882), cuya teoría sobre la génesis del hombre desató una guerra a muerte entre darwinistas y creacionistas, la etiqueta de una botella de anís vuelve a poner en primera plana al sabio y al conflicto.

Vamos por partes…

En síntesis gruesa, Darwin afirma en su libro clave sobre todo lo que vive y muere, que el hombre desciende de una especie de grandes simios.

Y en ese punto ardió Troya. Una lucha sin cuartel, con más sonido y furia que debate civilizado, entre los que aceptaron la teoría de Darwin y los creacionistas: aquellos que sólo aceptan la existencia humana según la Biblia, tal como se narra en Génesis 1:27:

«Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó».

Jamás habrá acuerdo.

 

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Una publicación compartida de Anís del Mono (@anis_del_mono) el 24 Ago, 2018 a las 5:01 PDT

Pero a espaldas de tan profundo dilema, apenas publicada esa bomba de tiempo del sabio -por lo demás un hombre tímido y silencioso-, bandos menos fanáticos y acaso más imperfectamente humanos sacaron buen partido.

Primero se atrevieron los dibujantes de caricaturas, que urdieron la figura de Darwin como un falso centauro: mitad mono y mitad hombre. Se las vio entre 1880 y 1882 en revistas de prestigio: Hornet Magazine, Vanity Fair, La Petite Lune, Punch.

Ni ebrios ni dormidos, los publicitarios se subieron al tren. Muy pronto, sobre todo en Inglaterra y los Estados Unidos, usaron al buen Darwin para vender desde pomada para zapatos hasta brebajes para el dolor de garganta, panza, cabeza…

Por caso, cierto linimento para dolores varios -la mentirosa panacea universal- rezaba desde su etiqueta:

«Si soy el abuelo de Darwin, se deduce que lo que es bueno para el hombre y el animal es doblemente bueno para mí».

Pero aún faltaba no la frutilla: ¡el frasco entero!

Y sucedió en la muy católica España. Que primero prohibió el demoníaco libro, y casi dos décadas después lo autorizó en versión mutilada: incompleta y bajo censura. Génesis: Badalona, 1870. Los hermanos catalanes Bosch y Grau crean una bebida que llegará a ser líder mundial en su tipo: el Anís del Mono. Seco: etiqueta verde; dulce: etiqueta roja.

Su extraño nombre se debe, según la leyenda, a un mono que vivía en la primitiva fábrica, que Bosch llevó a su patria desde Brasil. Y a la hora de crear la etiqueta recordó los debates y conflictos que acarreó la teoría de Darwin.

¡Eureka! Encargó a un dibujante algo alusivo al fenómeno, y el hombre creó un humanoide que sostenía una botella de anís y proclamaba sentado en un espigón:

La cara del mono, según los partidarios de la teoría darwineana, se parecía notablemente a la del sabio, y que ello se debía a que los hermanos Bosch, firmes católicos de comunión diaria y enemigos del evolucionismo, trataron de ridiculizarlo.

«Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento».

El dibujo llegó a la fama. Ganó el primer concurso español de afiches -diseño de un tal Ramón Casas-, y más tarde, en 1913, se convirtió en el primer cartel luminoso publicitario, instalado en la Puerta del Sol. Y otro, igual y meses más tarde, en la Plaza de Cataluña.

En cuanto a la forma de la botella, fue una copia de un frasco de perfume que Vicente Bosch compró en París para su mujer, y le pagó al perfumista los derechos para usar el modelo. Que registró a su nombre en 1902, ya con la actual figura, y con la cara de Darwin ya inequívoca.

Y con linaje posterior: la pintó el genial Juan Gris, precursor del Cubismo, en 1914; en el film El Padrino, dos personajes toman Anís del Mono en la sobremesa de un festín de pasta, y desde 2012 el mono y su inconfundible cara reinan en el paseo marítimo de Badalona.

En todo caso, una historia más original y divertida que la desatada por la teoría de Darwin en Dayton, Tennessee, pueblo de apenas dos mil almas ese lunes de 1925 -verano candente-, cuando el maestro de secundaria John Thomas Scopes (24), profesor de biología, álgebra, química y física, mostró en un pizarrón de la escuela Rhea Country Central la famosa lámina de la evolución, desde el primer pequeño simio hasta el hombre en su fase mayor.

Sin saberlo, el inocente Scopes violó el Butler Act:

«Es ilegal en todo establecimiento educativo del estado de Tennessee cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del Hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores».

Batalla sin cuartel. Todo el pueblo y el abogado y fanático religioso William Jannings Bryan, tres veces candidato a la presidencia, contra Scopes y su abogado defensor, el mítico Clarence Darrow.

Ganó Bryan, pero fue una victoria a lo pirro: por falta de antecedentes, la multa contra Scopes fue… ¡de cien dólares! Que ni siquiera se pagaron.

La historia, textual y con lujo de detalles, está en dos versiones cinematográficas con el mismo nombre: Heredarás el viento. Cita bíblica:

«El que turbe su casa, herederá el viento».

Una en blanco y negro, y otra en colores.

En ambos casos, imprescindibles.

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