Se cumplen 10 años del asesinato de uno de los grandes corresponsales de guerra españoles

La muerte de un reportero y un amigo llamado Miguel Gil

Falleció en Sierra Leona y parece que desde entonces se nos cayó encima el Periodismo

Detrás de su estampa acipresada y cervantina, escondía un alma tierna, casi infantil

Hace 10 años murió acribillado a balazos Miguel Gil Moreno en una tortuosa carretera de Sierra Leona y parece que desde entonces se nos cayó encima el Periodismo.

Escribe Ramón Lobo en El País-«Cueste lo que cueste«-, en un homenaje al compañero desaparecido, que «ahora todo es pesimismo, crisis económica, escasez de confianza, flaqueo de valores y anuncios (quizá algo prematuros) de la muerte del papel«.

Gervasio Sánchez, quien también le dedica una artículo-«La muerte de un compañero«-, confiesa dolorido que el peor momento de su vida profesional lo vivió el 25 de mayo de 2000, hace hoy justo 10 años:

«Por la mañana temprano entré en la morgue de Freetown. Allí, sobre una losa de mármol, yacía el cadáver de mi compañero Miguel Gil Moreno, muerto en una emboscada el día anterior junto al periodista estadounidense Kurt Schork».

Cuando cayó en acción, Miguel trabajaba para la sección de televisión de la agencia Associated Press. Tenía sólo 32 años.

Había colaborado brevemente en El Mundo, durante la guerra de Bosnia, había crecido profesionalmente en Kosovo, era uno de los grandes camarógrafos del momento, recibía premios y estaba en Africa, en uno de los conflictos más crueles del planeta.

Fue acribillado un miércoles, en Rogberi, a unos 80 kilómetros al noreste de Freetown, la capital sierraleonesa, cuando el convoy donde viajaba fue objeto de una emboscada de los rebeldes.

Miguel Gil era amigo mío. De verdad, mucho más allá del sano pero tenue afecto que existe entre colegas.

Cuando se adquiere veteranía, lo que no está necesariamente relacionado con la edad, sino con la experiencia, se establece entre los corresponsales esa camaradería de vestuario que sólo tiene parangón en el Ejército o entre los marineros.

En esas memorables ocasiones en que se coincide, para cenar, bromear y perder el tiempo, la charla es mucho menos una conversación que un concurso: una serie de monólogos sucesivos cuyo objeto es dejar patente quién ha visto las escenas más horrorosas o asumido los mayores riesgos.

Miguel no era así. A él no le gustaba hablar de la guerra, de las exclusivas o de sus éxitos, que fueron muchos. Detrás de su estampa acipresada y cervantina, escondía un alma tierna, casi infantil.

Citaba con frecuencia a Pato, que era como llamaba a su madre, hablaba de su hermana pequeña, soñaba con tener hijos, preguntaba por la gente, por los compañeros, por la familia y hasta buceaba en los recovecos del alma.

Miguel no era de los que se asustaban con el mínimo latido irregular de su corazón, pero sabía preocuparse de la gente y jamás dejaba tirado a un compañero.

Sobre el terreno, trabajaba con escalofriante seriedad, pero siempre encontraba un hueco para el afecto y eso le hizo enormemente popular, tanto entre los extranjeros, que le llamaban Migüel, con acento inglés, como los españoles, para los que siempre fue Miguel Gil.

Que hubiera llegado a su primera guerra, la de Bosnia, en moto, contribuía a la leyenda.

Recuerdo nítidamente el día en que vino a verme a la redacción de El Mundo, contó que había estudiado Derecho, que estaba en un despacho de abogados y me dijo con ojos brillantes como ascuas que se iba a Yugoslavia a hacerse corresponsal. Conservaba cierto aire adolescente y mucha blandura en el corazón, pero en su interior alimentaba una confianza ciega en su buena fortuna.

Me impresionó, porque llevaba su destino escrito en el rostro, demacrado y largo, como los de los personajes de El Greco.

Le expliqué que era complicado, que la prensa española es cruel con el colaborador, que las transmisiones son costosísimas y que la competencia de las agencias es despiadada, pero Miguel era inasequible al desaliento. Lo fue incluso después, cuando le pusieron la proa en la redacción y tuvo que irse a buscar fortuna en otras empresas.

Partió encaramado en su moto y llevando por todo equipaje un par de botas, un saco de dormir, alguna camisa, una cazadora de cuero, una radio de onda corta y poco más. Se sentía eufórico.

Era libre, tenía el destino en sus manos y ni siquiera se le pasaba por la cabeza la posibilidad de fracasar.

Fue la decisión acertada, pero pasado el tiempo resulta inevitable volver la vista atrás, con nostalgia, hacia aquellos días, en los que todo parecía volverse contra él y durante los que tuvo que hacer de conductor en Sarajevo, arriesgar la vida cotidianamente, cruzar líneas de combate y sufrir para abrirse paso.

Fue en Sarajevo, durante esa etapa crucial, cuando Miguel se asomó por vez primera al abismo de la muerte, descubrió la naturaleza atroz de la guerra y forjó la estructura profesional de lo que iba a ser poco después.

El era uno de los periodistas más populares de esta tribu que son los corresponsales de guerra. Tenía facilidad para los idiomas, se enamoraba locamente en cada conflicto, volvía periódicamente a su Barcelona natal a lamerse las heridas del corazón y era muy valiente.

Siempre se dice que hay que ir «lo más rápido y lo más lejos posible», pero eso no vale de nada si no vuelves al hotel en condiciones de escribir y transmitir tu crónica. Miguel lo sabía, pero amaba ir hasta el fondo de las historias y no se dejaba intimidar.

El perenne dilema en territorio comanche es que demasiado lejos no consigues la imagen y demasiado cerca no queda salud para contarlo.

El afán de estar cerca le hizo quedarse en Pristina cuando la OTAN inició los bombardeos y todos fueron expulsados; lo que le empujaba a permanecer durante meses en las heladas montañas de Chechenia. En el Zaire, cuando se desmoronaba el régimen de Mobutu, casi lo mataron a culatazos los sicarios del dictador, pero no se arredró. Volvió a los pocos días y siguió informando.

Para poder trabajar a conciencia, el reportero de guerra necesita moverse autoconvencido de que circula por el mundo envuelto en un aura de inmortalidad. Es algo irracional, que no soporta la mínima prueba estadística y se viene al suelo si se repasa la larga lista de periodistas caídos en acción; pero todos los que se dedican a esto lo dan por supuesto.

Tanto él como Kurt eran dos profesionales. Tenían la piel curtida por el humo de mil combates e instinto para barruntar dónde hay que parar y dar media vuelta.

Eran los mejores y por eso su muerte es tan tremenda, tan injusta, tan dolorosa. Miguel, a diferencia de lo que se estila en la profesión, era creyente.

Yo estoy seguro de que está en el cielo.

 

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