¿Se le olvidó a Zapatero el «Viva España»?

(PD).- Tuvo que ser un soldado quien recordara al presidente del Gobierno la razón fundamental por la que los militares españoles están jugándose la vida a miles de kilómetros de su patria: por servicio a España.

El soldado -al que el Ministerio de Defensa dice ahora que «no se sancionará»-, de manera espontánea e impelido por un resorte de coherencia con su misión, gritó: «¡Viva España!» en el brindis de rigor celebrado en Líbano el pasado sábado.

Zapatero, en su visita a las tropas españolas, una visita -por cierto- diseñada tarde y mal, omitió en el brindis final el tradicional «¡Viva España!». Se acordó del Rey Juan Carlos en su 70 cumpleaños, pero no gritó ese habitual y constante recuerdo a la patria de todos.

A lo largo de estos cuatro años, los dirigentes socialistas se han esforzado con denuedo en demostrar que las misiones españolas en Afganistán y, más tarde, en Líbano no tiene nada que ver con la desarrollada por una treintena de países en Iraq, como si la misión de nuestros soldados en esos sangrientos avisperos fuera la de camareros o de chicos de los recados.

Pues ese «viva» espontáneo, urgente y necesario, condensa más significado y elocuencia que el discurso ya cansino de Zapatero sobre el pacifismo de las misiones españolas en el extranjero.

Es notorio que Zapatero nunca se ha sentido cómodo entre los militares porque su idea de Ejército está más próxima a un cuerpo de bomberos, de quitanieves o de cooperantes que de unas tropas adiestradas para combatir y destinadas a darles los suyo a los agresores, pero ese «¡Viva España!» es lo que diferencia la labor de una ONG de una misión del Ejército español. Y el presidente socialista lo debería saber.

Subraya Ignacio Camacho en ABC que no es que se le olvide, es que no le sale. No es que le falte costumbre -que también- sino que no se le ocurre.

Y si se le ocurre, lo descarta. Se le hace cuesta arriba, se le atraganta, se le agarrota. Menudo trabajito.

Al presidente del Gobierno de España le cuesta un mundo darle un «viva» a su país. Le parece una cosa rancia, un rito mohoso, una retórica apolillada de filas prietas y nevadas montañas, una vetusta marcialidad impropia del gobernante progresista y moderno de una nación de naciones.

Esa simple proclama, esa escueta arenga se le queda como a trasmano a sus encorsetados prejuicios, se le antoja ortopédica como un postizo ideológico, una impostura forzosa, un artificio inútil. Simplemente, no se ve diciéndola ni como una jaculatoria al uso. Y no la dice.

Este hombre tan unidimensional, tan estreñido de falsa corrección política y dogmatismos progres, ve un soldado y suelta, como un reflejo, la palabra paz. Pazzzzzzz, con las zetas tableteando en los labios como una ametralladora de flores.

Tiene clavados en el alma los complejos y tópicos de la izquierda sesentayochista, la del cartel del «Guernica» en el salón, la de la boina del Che, la de Martin Luther King, la de la frase de Samuel Johnson sobre el patriotismo como último refugio de los canallas.

Se siente embarazado, incómodo en ciertas obligaciones del poder, como si tuviera que pedir excusas por ocuparlo, por ponerse chaqué en la Pascua Militar, por pasar revista a las tropas, por asistir a funerales religiosos, por no ser siempre el espontáneo adanista de inmaculada pureza a salvo de compromisos y solemnidades, por asumir las rigideces de un cargo institucional, por aceptar ciertas realidades constituidas, por tener que hablar de España sin hacer matices ni poner salvaguardas.

Tiene un síndrome de fastidio acomplejado propio de tiempos de cambio de régimen, esa especie de mala conciencia ideológica que jamás embargó a González y Guerra, tan pragmáticos, cuando abordaron el poder sin un asomo de duda ante el ejercicio de la responsabilidad de Estado.

Quizá alguien debería de explicarle a ZP que se equivoca. Que a veces tiene que ser el Excelentísimo Señor Rodríguez Zapatero con todas las consecuencias.

Que es perfectamente compatible ser de izquierdas y compartir el código político, moral y hasta protocolario de una nación institucionalmente asentada.

Que el presidente de un país moderno no sufre desdoro por asumir principio y ceremonias preexistentes en la articulación de un Estado. Y que, más al fondo de todos sus reparos y dudas, más allá de sus cuitas y titubeos relativistas, España existe, no sólo para los militares y las derechas, sino para todos los ciudadanos, como algo mucho más profundo que una necesidad táctica o un maquillaje electoral.

Que incluso aunque se tratara, en efecto, de una nación de naciones, o de un pueblo de pueblos, o de un país de países, esa cosa cualquiera que fuese también se llamaría España.

Y merecería un «viva», siquiera de rigor, delante de quienes con su vida han jurado defenderla. Aquí, en el Líbano o en ese País de Nunca Jamás en el que parece querer habitar este huidizo Peter Pan con sus éticas indoloras y sus retóricas de «flower power».

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