Los dirigentes del PP están dando un espectáculo penoso

(PD).- El sábado abrió el fuego Mariano Rajoy en Elche, contundente en sus afirmaciones, muy polémicas, más en tono de candidato a la presidencia del PP que de presidente de la alternativa a Zapatero.

Le había precedido Pío García Escudero, al dar pábulo a un debate ideológico dentro del centroderecha sin explicación y sin que los electores lo pidan, porque no les importan las etiquetas de liberal, socialdemócrata, conservador o democristiano que cada uno se quiera poner.

Entró al trapo Esperanza Aguirre, dejándose querer diciendo sin decir que ella también estaba en el juego.

Le siguió Eduardo Zaplana criticando sin criticar lo que se ha hecho tanto en Madrid como sobre todo en Valencia. Ha proseguido este martes Soraya Sáez de Santamaría, refiriéndose jocosa a que Aguirre podría envidar a Rajoy.

Y muchos más, barones, diputados y senadores, hasta Manuel Fraga: el PP ha convertido su XVI Congreso de junio en ocasión de exhibir ante los españoles unas debilidades que ni se le suponían.

Y afirma con gran sensatez Elsemanaldigital que, mientras tanto, diez millones trescientos mil ciudadanos que votaron al PP hace mes y medio viven, unos, de espalda a aquellos a quienes votaron y, otros, sumidos en dudas.

Creyeron desde luego que Rajoy y su equipo eran una alternativa preferible a Zapatero y el suyo; el PP logró el mejor resultado en números totales de toda su historia, aunque no en porcentaje, y esto se logró gracias al esfuerzo y a los sacrificios de muchas personas, empezando por más de setecientos mil militantes populares.

Ahora mismo, sin embargo, es inevitable que más de uno suspire aliviado: los hombres y mujeres que pretendían ser la solución moderada, eficaz y sensata a una legislatura para olvidar están demostrando un nivel deplorable en sus cuestiones de partido. Para ser precisos, una muy escasa altura de miras.

Los dirigentes populares, todos ellos sin distinguir facciones o tendencias, deben una explicación urgente a su gente.

La gente normal, de los pueblos y barrios de España, que se ha movilizado, ha viajado, ha trabajado y ha gastado su dinero para que ellos sustituyesen a Zapatero, no merecía este trato.

Podría dar la impresión de una locura colectiva, pero en realidad se trata de una manera de hacer política que ya se ha experimentado en el centroderecha español. Las corrientes y los barones arruinaron la UCD en la Transición, que pasó del Gobierno monocolor a una docena residual de diputados y después a la nada.

El PP refundado por JAznar heredó de la pequeña Alianza Popular de Manuel Fraga un orden y una cohesión internos que hasta ahora habían prevalecido.

Es muy complicado ganar la confianza de los ciudadanos, y muy fácil, demasiado, perderla. En unas semanas de triste espectáculo interno el PP ha puesto en peligro todo lo construido en décadas de excelente trabajo democrático.

El PSOE está satisfecho, sin duda, porque gobernar sin oposición o con una domesticada ha sido siempre la situación preferida por la izquierda española, como recordará Felipe González.

Pero el pueblo español en su conjunto no puede estar contento: además de los votantes y afiliados del PP, este partido es necesario para que nuestra democracia funcione. No es posible una democracia sin una oposición capaz de convertirse en Gobierno, y va a resultar muy complicado volver a transmitir esa imagen de sí mismos para unos mandatarios populares que han demostrado sus peores vicios con las actitudes de los últimos tiempos.

Estos diigentes del PP ya han agotado con creces la paciencia de la gente, que hasta ahora les ha apoyado sin pedir nada a cambio, y merecen una censura ejemplar.

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