La necesidad del PP… hace milagros

La necesidad del PP... hace milagros

(PD).- MarianoRajoy podría cerrar este domingo el Congreso de Valencia parafraeando a Shakespeare y proclamando solemne como Ricardo II: «Somos hermanos inseparables de la dura necesidad y estamos unidos hasta la muerte».

Como escribe Manuel Martín Ferrand en ABC, ha quedado claro que en el PP no hay liderazgo, ideología, proyecto, ambición alternativa ni ganas de pelea; pero hay eso que dicen aparato.

Y «aparato», en los hechos, es la sopa boba con la que se nutren unos cuantos millares de militantes con cargo y representación, influencia, concejalía, sinecura, asiento autonómico, notoriedad, bicoca o escaño nacional y, en suma, quienes han hecho oficio, con más o menos beneficio, del servicio a la gaviota y, por supuesto -¡no faltaba más!- a la España que les mantiene con la teta del Presupuesto.

En el PP hay necesidad y eso no es poco. De ella surge el progreso con mucha más fuerza y raíz que de unos vagos e imprecisos ideales. Ya puede irse atando los machos la gente del PSOE, que anda sobrada y que por no tener necesidad manifiesta se puede quedar en nada.

O, si medimos con la escala propia para tallar a Zapatero, en menos que nada.

Explica Ignacio Camacho en ABC que a la derecha le encanta discutir de fundamentos. Lo llaman, como ayer Aznar y Mayor Oreja, principios, o esencias, o referencias morales, pero viene a ser lo mismo: una discusión constante sobre sus bases de identidad colectiva.

En su esperado -y temido- discurso ante el XVI Congreso del PP, José María Aznar descargó un chaparrón de fundamentos sobre la cabeza, seria y silente, de Mariano Rajoy.

En realidad, fue un turbión de críticas, una tunda en toda regla, una impugnación a la totalidad de la estrategia marianista de renovación del liderazgo.

Le dio fuerte y flojo; cada consejo o advertencia era un zurriagazo. Punto a punto, el ex presidente hizo suyos los argumentos de quienes han cuestionado a Rajoy en los últimos tres meses, recreándose con esmero en la suerte de varas.

Fue tal la reprimenda, tan potente el varapalo, que sólo podía tener un final: el anuncio de su negativa a votar a la nueva dirección. Pero la política de partido tiene una lógica muy rara, en la que resulta posible defender una cosa y su contraria.

Así que Aznar, después de ponerlo a parir y enmendarle la plana, dijo que era «el más disciplinado de los militantes» y que daba a su sucesor su «respaldo responsable».

Después, ya por la tarde, habló Mayor Oreja. Otro trueno contra el tacticismo: «es mejor estar solo que mal acompañado». Era día de tormentas dialécticas, pese al sol luminoso e implacable que lucía en Valencia. Rajoy tenía puesto el impermeable, y no movió un músculo; se limitó a seguir su imperturbable bitácora y practicar una limpia de los esencialistas en el nuevo comité ejecutivo.

Los compromisarios de base, que se hacen muchas fotos de recuerdo con los líderes y hasta con tertulianos de la tele, aplaudían a unos y a otros, encantados y sin asomo de contradicción, imbuidos de ese patriotismo de partido que es común en todos los congresos.

Quizás ésos sean los verdaderos fundamentos de estas reuniones: un sentimiento difuso de adhesión colectiva. En el bufé, a 24 euros, los militantes comían una sustanciosa paella, carne y pescado mezclados con el arroz de la tierra. Estaba rica; un plato con mucho fundamento.

Al PP le hace fuerte la necesidad. Ella es la que ha convertido a su nueva cúpula en gente de talento unánimemente reconocido, reconducido la rebeldía de Esperanza Aguirre, enjugado las lágrimas de Alberto Ruiz-Gallardón, olvidado la memoria de María San Gil e, incluso, diseñado un engarce capaz de construir un collar con cuentas de agua y aceite.

Lo que está por ver es lo que dura el encantamiento. La falsa humildad de Mariano Rajoy, gran soberbio vergonzante, anticipó a la jornada de ayer, sin glorias de clausura, la intervención de José María Aznar, el hombre del dedo milagroso y capaz de convertir a un gallego tímido y desconfiado, lector de Marca e indeciso patológico, en líder carismático con diez millones de seguidores.

Aznar, desgolletado y con la melena al viento, rabiosamente asido a la juventud que le queda, dio en el centro de la diana retórica: «Somos el partido de la gente normal».

Dicho por quien es, de oficio, inspector de Hacienda y en referencia a un líder artificial con congrua de registrador de la Propiedad al que asisten dos abogadas del Estado y otros altos y meritorios funcionarios no queda muy claro lo que es la normalidad; pero, para eso está la buena voluntad, se le entiende.

Y así, a la chita callando, se cierra un Congreso en el que el candidato único, sin méritos notables ni apoyos entusiastas, se sale con la suya. Ya es candidato a la presidencia del Gobierno de España en los próximos comicios.

Quiere dejar demostrado que no hay dos sin tres.

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