La banalización ventajista de la tragedia

(PD).- No hay un muerto más célebre que Lorca en toda la guerra civil española ni en su larga y funesta secuela de represión y de sangre. El asesinato de Federico es el siniestro símbolo de esa tragedia y de su herida maldita en nuestra conciencia colectiva, pero además representa el icono a través del que el imaginario universal continúa contemplando el drama irredento de España, el logotipo de una quijada de Caín levantada sobre las sombras de los demonios de la Historia.

Y afirma Ignacio Camacho en ABC que por eso Garzón quiere desenterrar su esqueleto ceniciento en el barranco de Víznar, aunque primero tendrá que encontrarlo. (Le ayudará Ian Gibson y en todo caso no hay muchas alternativas: sólo dos, separadas entre sí por unos quinientos metros).

Esa fotografía vale una portada de The New York Times, y el juez mediópata lo sabe y pretende escenificar ante los focos de las televisiones de medio mundo su particular «Antígona», o acaso su propia versión de un Hamlet en improbable diálogo con la calavera del poeta: ser o no ser juez, servir a la justicia o servirse de ella.

Todo lo demás -el requerimiento masivo a las parroquias, el Valle de los Caídos, las fosas comunes, el maestro y el banderillero paseados en la misma noche de infamia- no es sino pretexto, circunloquio y farfolla: lo único que importa es esa foto de triunfal arqueología funeraria ornamentada con análisis de ADN y maquillada con el oportunismo de la memoria histórica; cuando llegue la ocasión podría comparecer ataviado, en vez de con la toga, con un batín de CSI y un sombrero a lo Indiana Jones.

Para montar ese macabro espectáculo de fuegos fatuos a la mayor gloria del revisionismo hemipléjico, los levantahuesos han expropiado incluso la voluntad de los herederos de Lorca, pasando por encima de sus razonables reparos con una apisonadora de presiones.

Al menos Gibson ha tenido la honestidad de reconocer que su porfía obedece a la posibilidad de alcanzar «la obsesión» de su vida; no es difícil entender lo que significa para un tenaz historiador comprometido con una causa la oportunidad de enfrentarse cara a cara con el fantasma que ha perseguido durante décadas de silencio.

Pero hay más obsesiones en este ruidoso forcejeo de cadáveres, en este ahínco de remover tumbas y perseguir rastrojos de difuntos; hay patologías mediáticas y enfermizos rencores políticos.

Hay una banalización ventajista de la tragedia, disfrazada de vaga justicia retroactiva. Y hay un manoseo arribista, un poco desvergonzado, nada inocente, de la propia gloria de Federico, cuya estela inmortal ha sobrevivido por sí sola al olvido en el que sí yacen tantos muertos arrumbados en el horror encarnizado de aquella masacre, que ahora sólo parecen importar como anónimo telón de fondo de una pasión morbosa, exhibicionista, ciertamente obsesiva, por el espectáculo cementerial de un lúgubre revanchismo mortuorio.

VÍA ABC

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