Camino de pobreza

(PD).- Austeridad es una palabra polisémica que suena mejor, con más propiedad, en el claustro de un convento de los inspirados por San Benito que en las reuniones de un Gobierno de corte socialdemócrata.

Afirma Manuel Martín Ferrand en ABC que el escenario marca distancias entre los posibles entendimientos que le caben a la palabra. Dicha por un eremita -¡no digamos por un estilita!- como proyecto de vida y conducta es síntoma de virtud y sacrificio; pronunciada por alguien como Pedro Solbes, acreditado promotor de crisis económicas en los distintos gobiernos socialistas, de Felipe González a José Luis Rodríguez Zapatero -de mal en peor-, que llevamos padecidos en el turno partitocrático que aceptamos como sucedáneo democrático, suena a cachondeo barato y engañoso.

Solbes, que no es Enrique Fuentes Quintana, ni Miguel Boyer, ni Rodrigo Rato, que es sólo un obediente y rutinario vicepresidente para un presidente que desentierra cadáveres con más alegría y aplicación de las que utiliza para anticiparse al futuro, ha preparado unos Presupuestos Generales del Estado para 2009, los que acaba de aprobar el Consejo de Ministros, que contemplan, en el más favorable de los casos, un déficit de 17.000 millones de euros.

Para quienes siguen calculando en pesetas, que no son pocos: 3 billones muy largos. Eso, después de un incremento fáctico del IRPF y de, si hablamos en serio, no reducir un ápice el gasto público prescindible, que es mucho en las cuentas de la Administración central y muchísimo en las de las Autonomías.

El zapaterismo, tan torpe en el trazado de rumbos nacionales como hábil en su comunicación con la ciudadanía, habla de austeridad en los Presupuestos. Con la misma ligereza e inexactitud podría hacerlo de su condición electromagnética.

En Economía, según precisa el siempre útil Diccionario de Ramón Tamames, la austeridad es una situación concreta, en territorios de consumo, en la cual éste se restringe conscientemente para frenar ciertos déficit (presupuestarios) o desequilibrios graves (de la balanza de pagos) y posibilitar el aumento del ahorro y, subsiguientemente, de la inversión.

Unos Presupuestos Generales que no son el esquema de un enérgico y decidido plan de Gobierno, sino el resignado balance anticipado de una situación que no se sabe, quiere o puede tratar de enmendar, son la medida de la pequeñez de un líder y las escaseces complementarias de su equipo.

Llamarle a eso austero, en lugar de decirle torpe, débil, falto de ideas o sobrado de resignación, es una forma de engañar a una población que, precisamente por esa línea de acción gubernamental, incrementa su condición de contribuyente al tiempo que disminuye la de ciudadana.

A la austeridad que no se busca como virtud y se acata como necesidad, como imposición de las circunstancias, es más razonable llamarle pobreza.

VIA ABC

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