El rey de la pirueta

El rey de la pirueta

(PD).-Cuesta entender la pasividad colectiva de la sociedad española ante las piruetas de contradicción con que ZP danza ante una opinión pública anestesiada, que no es que haya olvidado el pasado remoto de hace setenta años, sino que se desentiende de lo que ocurrió ayer por la tarde.

Consciente de esa amnesia voluntaria, -escribe Ignacio Camacho en el ABC– de esa abulia entreguista del espíritu crítico, Zapatero se rectifica a sí mismo con una naturalidad risueña y desenfadada, como si los problemas que él mismo crea o propicia fuesen setas recién brotadas tras una tarde de lluvia de otoño. Y lo asombroso es que las cabriolas cuelan. Vaya si cuelan.

En esa pizarra húmeda en que parece haberse transformado la memoria reciente del cuerpo social, el presidente escribe a su antojo un discurso elástico, relativista, paradójico hasta la incoherencia, y sale impune. El hombre que ahora se ofrece como salvador de una banca en apuros no sólo es el que hace tres semanas defendía la pétrea solidez del sistema financiero, sino el que hace tres años maniobró con contumacia para introducir en el núcleo duro del BBVA… ¡a una constructora!, rapto de lucidez que de prosperar hubiese conducido a consecuencias catastróficas.

El flamante paladín del rescate socioeconómico es el orgulloso gobernante que llevaba un año insultando o denigrando -antipatriotas, catastrofistas- a quienes se limitaban a constatar una realidad visible para todos menos para su autosatisfecha miopía. El tipo que hace surf sobre las olas de la crisis sacando pecho de su capacidad de iniciativa es el mismo que negaba mil veces la existencia de problema significativo alguno.

El orgulloso develador socialdemócata de la falsa prosperidad del mercado es el tribuno que blasonaba, un debate sí y el otro también, de los logros fehacientes de la política liberal de su ministro de Economía. Y todo ese alegre minueto de rectificaciones sin asomo de vergüenza, esos desacomplejados brincos de turbocorrección ejecutados con enorme desparpajo ante una nación atribulada por el colapso, tiene lugar sin el más mínimo rubor ni la más escueta autocrítica. Pero, inexplicablemente, cuela. Vaya si cuela.

Como coló el brusco y tardío, aunque afortunado, volantazo de responsabilidad que devolvió a su antigua condición de despiadados terroristas a aquellos bienintencionados «hombres de paz» que merecían una oportunidad histórica. Como coló el repentino orgullo que el «Gobierno de España» sintió de golpe por el destino de una nación «discutida y discutible».

Como han colado tantas mentiras, tantas imposturas, tanta gestualidad huera y tanto parche improvisado con la complicidad esponjosa de una mórbida indiferencia ciudadana. Está por ver que tengamos un conflicto de memoria pretérita, pero si pasamos por alto este turbión reciente de cinismo y arrogancia estará claro que existe un problema de retentiva crítica. Y es de temer que esa sensible disfunción colectiva tenga que ver no con el entendimiento, sino con la voluntad.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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