El coche fantástico de Benach

El coche fantástico de Benach

(PD).- ¿A quién no le gustaría tunear su coche? David Hasselhoff, en aquella mítica serie de los ochenta, tenía un coche que hablaba e incorporaba los gadgets más abracadabrantes. Y Almodóvar, en «Mujeres al borde de un ataque de nervios», hizo famoso el Mambo Taxi, apoteosis del tuneado castizo-kitsch, con tapicería de leopardo sintético y chirimbolos casposos colgando por doquier.

Escribe Juan Manuel de Prada en ABC que el último grito en tunning lo ha dado el catalán Ernest Benach, que ha mandado instalar en su coche oficial, entre otras delicatessen del confort, un escritorio de madera y un reposapiés.

Ha causado mucho revuelo que el tuneador o tunante Benach haya introducido estas mejoras en su coche a costa del contribuyente, que es tanto como si nos causara revuelo que un vampiro se mantenga lozano chupando la sangre de sus víctimas.

Si mañana supiéramos que un vampiro se mantiene lozano bebiendo horchata de chufa, o si nos enterásemos de que un político gasta la herencia que le dejó su abuela en tunear su coche, habría que dedicarles las portadas de los periódicos.

Pero que un vampiro desangre a sus víctimas para alimentarse o que un político ordeñe a los contribuyentes para pagarse sus caprichos es una rutina biológica: el depredador siempre vive a costa de sus presas.

Este caso reúne, sin embargo, particularidades que exceden la mera rutina biológica. A mí no me sorprende ni una pizca que el tuneador o tunante Benach haya mangoneado el erario para mejorar su coche; a mí lo que me tiene obnubilado es que se haya hecho instalar un escritorio y un reposapiés.

¿Para qué demonios querrá este buen hombre un escritorio y un reposapiés? A la legua se le nota que es ágrafo; y, por la pinta de echao p´alante que se gasta, no creemos que padezca gota.

El tuneador o tunante Benach, al elegir un escritorio y un reposapiés para su coche, se ha dejado traicionar por el subconsciente, como el novio de Falete cuando, reconstruyendo su secuestro ficticio, le dijo a la policía que el automóvil donde lo transportaron sus captores tenía colgado del espejo retrovisor un muñequito de El Fary.

Quizá Falete habría estado dispuesto a disculpar que su novio hubiese sacado el ídem de paseo y que, para ocultarlo, se hubiera inventado ese secuestro rocambolesco, ¡pero lo del muñequito de El Fary es que no tiene perdón de Dios!

Una cosa es que te pongan los cuernos con una pelandusca o pelandusco y que se inventen una coartada desquiciada para encubrir el desliz; y otra muy distinta es que, teniendo en casa a un señor de muchas arrobas y mucho cante, tengas fantasías necrófilas con El Fary, que estaba más escuchimizado que el espíritu de la golosina.

Al novio de Falete lo traicionó el subconsciente; y algo similar le ha ocurrido al tuneador o tunante Benach, sólo que sus fantasías -que también se ambientan en un coche- no son necrófilas, sino megalómanas.

El oficinista de medio pelo sueña con montárselo en una limusina con un par de conejitas de Playboy; pero tiene que conformarse con su coche angosto y su novia fondona, porque el dinero de los contribuyentes no subviene sus fantasías.

El tuneador o tunante Benach, a diferencia del oficinista de medio pelo, puede costearse sus fantasías a costa del contribuyente; y entonces, para sentirse el puto amo del mundo, una especie de Bush de las Ramblas, instala un escritorio y un reposapiés en su coche.

Así el tío puede, mientras el chófer le da un garbeo, rellenar la quiniela; y, una vez concluida tan ardua labor de escritura, repanchingarse con los pinreles encaramados en el reposapiés, como Bush se repanchingaba con Aznar en aquella foto famosa.

Si yo fuera Zapatero, en lugar de andar lloriqueando por las esquinas porque Bush no lo quiere incluir en esa Cumbre refundadora del capitalismo, me compraba unas cervecitas y le pedía al tuneador o tunante Benach que me permitiera repanchingarme en su coche oficial, con los pinreles encaramados en el reposapiés.

Y así, repanchingados ambos, podrían darse un garbeo por las Ramblas, sintiéndose los putos amos del mundo. Refundar el capitalismo tal vez no lo refundaran; pero al menos podrían echarse unas risas, a costa de los pobres pringados que reclaman en vano enseñanza en castellano para sus hijos, los mismos pobres pringados que apoquinan el dinero para que Benach tunee su coche y Zapatero deje encendidas por la noche las lámparas de palacio.

VÍA ABC

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