Bono, el padre Maravillas, confiesa al primario Tardá

(PD).- Desde que preside el Congreso, Bono mantiene con su grey de diputados una relación sacerdotal que administra con benevolencia el castigo de los díscolos. Después de proferir su «¡Muerte al Borbón!», Tardà le visitó en el confesionario, hizo acto de contricción, y de ahí salió perdonado por un eufemismo, el que le define como «primario», con el que Bono intentó rebajar sus hechuras lombrosianas y la agresiva soberbia de su ignorancia.

Subraya David Gistau en El Mundo que, después de haberse dejado contagiar por tanta ira juvenil como había en el mitin donde la Constitución fue quemada en un auto de fe nacionalista, a Tardà aún debió de sorprenderle que una baladronada de consumo interno trascendiera al ámbito nacional incrustada en los titulares.

Si no midió las consecuencias, acaso sea porque aún tiene el hábito del partido residual que era ERC antes de que lo cebara Zetapé, cuando aún habrían podido gritar mueras al Borbón sin que nadie se enterara siquiera ni se esforzara en singularizar a semejantes personajes del subsuelo.

Dicho en breve: Tardà no está acostumbrado a ser tan importante como para dar que hablar, pues no hace ni cinco años que pasó de bruto anónimo a bruto en portada, y ni de tiempo ha dispuesto, antes de acceder al escaño, para homologarse con las más sencillas exigencias parlamentarias mediante el estudio y un aprendizaje de maneras comparable al que educó a Audrey Hepburn en My Fair Lady.

Ni la aerofagia verbal de Tardà ni sus lagunas culturales vienen a descubrirnos, a estas alturas, el material zafio del que están hechos ERC y su noche de los cristales rotos en eterno proyecto.

Tampoco necesitamos el recordatorio de las aventuras a lo Rompetechos de Carod-Rovira, Josep aquí y en la China popular, ni las políticas de asfixia totalitaria, ni los coches tuneados por la pasión por el lujo de los parvenus.

Pero, cuando ERC hace el ridículo como ahora con Tardà, cuando destapa su vocación de exclusión institucional, regresa la sensación de escándalo por todo aquello en que Zetapé lo convirtió por cálculo electoral.

Nada menos que la bisagra que aseguraba la gobernabilidad española a cambio de una enorme capacidad de coacción. Nada menos que el ejemplo de virtudes progresistas a partir del cual se llevó a cabo la fusión de izquierda y nacionalismo que aspiraba a un monopolio del poder. Nada menos que las siglas integradas en la democracia y en la oficialidad del Régimen según un canon que exigía el destierro del PP al otro lado del cordón sanitario.

Fue la obsesión anti-PP, la del pacto de Tinell, la que ascendió a personajes como Tardà a una categoría que no mereceían y en la que no han sabido corregir ni los odios cacófonos ni el nihilismo incendiario. Para apuntalar el tripartito que aún le sostiene en Cataluña, a Montilla corresponde ahora emular de My Fair Lady las lecciones que permitan hacer pasar a cafres residuales por estadistas.

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