Vidal-Quadras: «Los gudaris tienen tendencia a salir huyendo cuando silban las balas»

(PD).- «La Guerra Civil fue el escenario de episodios penosos en los que el aguerrido ejército de nacionalistas vascos se apresuraba a esfumarse en el momento en que peligraba su integridad física. La versión criminal del gudari, que es el etarra, sigue la tradición de cobardía marca de la casa».

Aleix Vidal-Quadras, en La Razón, escribe una memorable columna sobre el episodio del pis del etarra:

Jamás arriesgan sus repugnantes vidas y desde el mismo instante en que son detenidos cantan todo el repertorio. Matan siempre por la espalda y a traición. A la hora de liquidar inocentes, mujeres y niños incluidos, utilizan sistemáticamente medios que les dejan a ellos perfectamente resguardados. La dinamita detonada a distancia, la bomba lapa, el tiro en la nuca, ponen en evidencia no sólo su falta de agallas, sino su vileza. Sin una gota de coraje, asesinan a sus indefensas víctimas y corren a esconderse como ratas.

Jamás se enfrentan cara a cara con sus adversarios demócratas o con las fuerzas de seguridad que pueden recurrir legítimamente a la violencia para hacer respetar la ley y proteger las libertades constitucionales. Nunca se les ha visto un gesto de nobleza, de compasión o de humanidad, tan sólo saben reptar hacia sus hediondas guaridas donde se regalan con manjares y vinos exquisitos, copulan a destajo y se regodean con el dolor que siembran por doquier.

Peores que alimañas, son la degeneración extrema de nuestra especie y su mera existencia deshonra y mancha a la sociedad vasca. Hay buenas gentes que se preguntan cómo la ciudadanía de los tres históricos territorios no reacciona y les escupe en sus rostros patibularios su asco y su desprecio, cómo no irrumpen en las herrikotabernas y las desinfectan después de haber sacado a la calle a puntapiés a la escoria que pulula en su interior.

Y concluye:

La respuesta está en las miradas vacías de los compañeros de tute de Ignacio Uría mientras reparten naipes con el cadáver de su paisano aún caliente y se orinan debajo de la mesa soltando el mismo líquido fétido que Aitzol Iriondo al ser detenido, la excreción reveladora de la degradación sin límite de un hatajo de gallinas.

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