Zapatero: el presidente sin respuestas

Zapatero: el presidente sin respuestas


(PD).- Fue media hora casi mágica. Ocho o diez ciudadanos, apenas una docena, desenmascararon la logomaquia del presidente, lo pusieron contra las cuerdas, a la defensiva, agarrado al torpe negacionismo de sus propias palabras recientes.

Como explica Ignacio Camacho en ABC, lo encerraron en un discurso vacío donde sólo parecían caber excusas y autodesmentidos: no engañé, no sabía, no tengo la culpa, no he dado dinero a los bancos, no quise ofender a la bandera americana, no vendemos armas a Israel.

Sus frases huecas -«la economía es un estado de ánimo»- rebotaban contra un auditorio impasible que ya conocía el truco. «Palabras bonitas», le dijeron, «espadachín del verbo».

Los quiasmos presidenciales, ese fatuo hablar sin decir, esa pantalla verbal de la nada, se desmoronaron ante una audiencia aferrada a la crudeza pragmática de una realidad yerma, desoladora. Llegó asfixiado al intermedio, nervioso y torpe, como un boxeador acorralado que escucha con alivio el sonido de la campana.

Le habían preparado un soliloquio obamiano, lleno de apelaciones al nuevo patriotismo, a recuperar la confianza y el esfuerzo. Pero el adalid de las políticas indoloras y deconstructor del concepto -«discutido y discutible»- de nación no está ahora en condiciones de liderar la ética del sacrificio ni el sentido colectivo de un país que ha fragmentado en miniestados taifales.

El fervor patriótico de Obama suena desleído en labios de Zapatero, como una mala imitación impostada; después de tanto pensamiento débil y de tanta cultura del subsidio no es el líder adecuado para llamar al compromiso y pedir a la gente que apriete los puños.

Los ciudadanos ya tienen apretado el cinturón, y no están cómodos con el talle tan ceñido.
Si la economía es un estado de ánimo, el de los españoles está en situación de ansiedad depresiva.

El presidente salió en la tele para administrar ansiolíticos verbales, diazepán retórico a falta de mejor terapia. No anunció una sola propuesta, una medida que fuese más allá del plan municipal de obras públicas; no ofreció un consuelo que no fuese su abstracta verborrea.

Tras la primera media hora de castigo se sintió más cómodo, aflojó la tensión y se envolvió en su hábil facundia palabrera. Cuando el interrogatorio remitió su inicial dureza recuperó la sonrisa y distendió la imagen, siempre su mejor arma: el gesto amable, el traje flexible, la mirada líquida.

Pero ya había quedado desnudo ante su propio espejo, el de la negación de la crisis, el de la promesa del empleo pleno -que ahora resulta que sólo era… ¡un deseo!-, el del apóstrofe de antipatriotas a quienes cuestionaban su ciego optimismo.

Y sobre todo ante su falta de pulso para reactivar la economía, un asunto sobre el que sólo supo divagar entre vagos consejos y la esperanza de que escampe. Fue a la tele en busca de bálsamo populista y se retrató en su más inane liviandad, sin energía ni empuje para galvanizar a un país acuciado.

Dejó una sensación desalentadora: los ciudadanos tenían preguntas para las que él carecía de respuestas.

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