Un Gobierno de chichinabo

Un Gobierno de chichinabo

(PD).- «Quienes tenéis la posibilidad de influir en la opinión pública, me decía con aire severo un notable del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, deberíais asumir la responsabilidad pública de pensar y expresaros «en positivo». Incluso llegó a decirme, muy convencido, que en momentos de crisis y tribulación, como el que vivimos, el más mínimo sentimiento patriótico obliga a un periodista consciente a rebajar su nivel crítico frente al Ejecutivo. Ni que decir tiene que, quizás en abuso de confianza, mandé a mi interlocutor a hacer puñetas.»

Manuel Martín Ferrand, en una magnífica columna en Estrella Digital, escribe:

Ante la posibilidad de que pudiera tener en su planteamiento un ápice de razón, le he tomado prestado al Evangelio de San Lucas una de las Bienaventuranzas. Así, en positivo, si nos resignamos mansamente a la incapacidad de Zapatero y los miembros y miembras de su equipo, mereceremos el reino de los cielos. Quizás no sea nada desdeñable; pero no es de este mundo y, en tanto en cuanto ciudadanos responsables, tenemos el compromiso de exigir a los poderes del Estado, aunque vivan amancebados, lo mejor para la Nación y para quienes la integramos.

La degeneración partitocrática a la que nos ha conducido la Transición nos ha instalado en una falsa democracia, prendida con alfileres, en la que se ha vaciado el sentido del Estado y, después de trocearlo en diecisiete porciones ?manantiales de un gasto público tan superfluo como insostenible?, nos tiene inermes frente a una catarata de crisis, no solamente económicas, que, a partir de una insoportable cuota de paro, doble de la media de la que padece la UE, nos empobrece y debilita al tiempo que se reducen nuestras libertades ciudadanas.

Una de los efectos de esta situación, que es a su vez causa de los males que nos afligen, es el de padecer un Gobierno de chichinabo. Repásense, más que sus nombres, los hechos y dichos de sus titulares a lo largo del año que llevamos de legislatura. La contemplación invita a tomar en serio lo que, en broma, dijo Antonio Cánovas: «Es español todo el que no puede ser otra cosa».

Con el epicentro de un presidente hueco y resentido, mentiroso e incapaz de reaccionar ante los más graves problemas, confederal de espíritu y dispuesto a vender su continuidad en la Moncloa por una cucharada de lentejas ?ni tan siquiera por un plato de tan humilde legumbre?, tenemos el terremoto de un vicepresidente, Pedro Solbes, que, después de haber arruinado a la Nación con la crisis que se llevó por delante a Felipe González, está superando ahora su propio récord y una vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, a la que ya conocemos, sobradamente, por su gran capacidad de transferir a los demás lo que es responsabilidad, y culpa, de su jefe.

Añádase a ese trío cualquiera de los restantes nombres que, sin más explicación que la de los intereses internos del PSOE y sus franquicias regionales, integran el Ejecutivo. Sería imposible discernir cuál, entre todos ellos, resulta más risible. Confieso una especial debilidad por Miguel Sebastián, un señor que me debe una bombilla y que incumplió su compromiso con el pueblo de Madrid de hacerse cargo de la oposición en el Ayuntamiento; pero, si de reír se trata, da lo mismo seguir el orden alfabético de sus apellidos que el de la rotulación de sus distintas carteras. No sería justo afirmar que Bibiana Aído, por ejemplo, es más cómica que Magdalena Álvarez.

Si el momento no tuviera la gravedad que se define con las crisis, más de una, que atravesamos, la circunstancia no sería dramática e, incluso, podría resultar divertido, como ir al zoo, la contemplación de semejante tropa; pero la solidaridad con cuatro millones de parados, más los que están por venir, exige enfadarse un poco y, cuando menos, ejercer el derecho al pataleo.

Y concluye Martín Ferrand:

A corto plazo, sólo al PSOE, con una radical y severa contestación interna, correspondería enmendar la situación; pero una característica clave del zapaterismo es la de haber barrido del mapa, por los más diversos procedimientos, a quienes, con la rosa en el puño, podrían enmendarle la plana. La otra opción para la salvación nacional podría llegar, dada la mayoría minoritaria que asiste al Gobierno, con una eficaz moción de censura; pero conocida es la incapacidad del PP para entenderse con los demás partidos en presencia. En resumen: la Bienaventuranza que va en el penacho de estas líneas es el más asequible consuelo a nuestro alcance. Tal y como cantaba Antonio Machín, espérenme en el cielo.

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