Un nuevo Gobierno ZP que nace viejo y achicharrado

(PD).- Como algunos dioses antiguos, este gobierno acaba de nacer y ya está viejo. Y no sólo porque su principal novedad, el vicepresidente Chaves, sea un político sin pujanza amortizado por la larga galbana del poder andaluz, ni porque el otro vértice de su arquitectura institucional, Elena Salgado, resulte una superviviente reciclada del tardofelipismo; se trata de que el nuevo equipo, que viene a sustituir a otro quemado en tiempo récord, puede quedar achicharrado en dos meses si el PSOE pierde las elecciones europeas de junio.

Afirma Ignacio Camacho en ABC que su presunto efecto revulsivo ha quedado, en todo caso, limitado por las filtraciones que Zapatero dejó brotar en su entorno, un caso significativo de pérdida de control de la principal prerrogativa de un presidente.

Es un Gobierno alumbrado a partir de un fracaso sin paliativos, tan evidente que ha mermado de forma manifiesta la contrastada capacidad de maniobra de su líder.

Apenas veinticuatro horas después de consumado el cambio, la metralla de la crisis volvió a salpicar al presidente con la dimisión del secretario de Estado de Economía, cuya continuidad acababa de ser anunciada.

Despechado por la marginación de sus expectativas ministeriales o empujado por falta de sintonía con la flamante vicepresidente económica, David Vegara ha prolongado la inestabilidad de la situación más allá de los cálculos de Zapatero, triturando sus planes y salpicando de incógnitas el ámbito más delicado de esta operación de relevo torcida desde su propia gestación.

El diseño inicial, pensado para resolver las dudas que suscita la nueva responsabilidad de Salgado mediante el apoyo de un economista solvente y experto, se ha roto a las primeras de cambio con la marcha de su principal punto de anclaje.

La sustitución de Solbes, inevitable por su absoluta falta de pulso, se ha convertido en un salto al vacío que abre toda clase de incertidumbres en torno a la cuestión clave: la lucha contra la recesión y el desempleo.

En estas circunstancias, la crisis de Gabinete aparece como una bomba de racimo que va explosionando en sucesivos fragmentos. El siguiente será el inevitable pulso de poder entre Chaves y Fernández de la Vega, de quien Zapatero no se ha atrevido a prescindir por un cierto «horror vacui».

Como no se ha decidido a suprimir esos Ministerios ornamentales -Igualdad, Ciencia, Vivienda- desprovistos de competencias que constituyen las principales aportaciones de su concepto de la política. La realidad es que el problema está en la cúpula del organigrama: un gobernante visiblemente desconcertado al que se le han empezado a atascar los trucos superficiales con que venía manejando el poder.

Si con el viento a favor se las apañaba para complicar las cosas, produce pavor pensar cómo las puede enredar ahora que las circunstancias se han vuelto comprometidas de veras.

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