La cabeza de Bárcenas

(PD).- Cuenta Edurne Uriarte en ABC que topó esta con la maravillosa «Caballero sin espada» del gran Frank Capra, donde se retratan las intrigas de Washington, a través de las peripecias de un honrado, idealista e ingenuo joven senador encarnado por James Stewart, víctima de una red empresarial, mediática y política que le inventa un delito para acabar con su carrera política.

Ni Bárcenas ni los otros, Saiz, Chaves, cuyas cabezas se reclaman éstos días, tienen nada que ver con el pobre Stewart, ni en su ingenuidad, ni en su idealismo, ni, posiblemente, en su inocencia. Pero la jauría mediático-política que en España exige piezas inmediatas de sacrificio en el altar público sí me recuerda a aquella maquinaria feroz y sin escrúpulos, retratada por Capra en el año 39.

De la impunidad de la corrupción, uno de los extremos de este problema, hemos pasado al otro extremo, a la impunidad de la persecución. A la elevación inmediata de todas las sospechas y acusaciones, incluidas las mediáticas, a pruebas de culpabilidad.

A la culpabilidad preventiva. A la destrucción de la presunción de inocencia que ya no significa absolutamente nada en nuestro país, más allá de la muletilla obligatoria utilizada por todos los defensores de la culpabilidad preventiva antes del dimita usted, que luego ya veremos.

Un columnista muy cercano a Zapatero, de los que ni se molesta en utilizar la consabida muletilla, escribía ayer que si Bárcenas se resiste a dimitir es porque es culpable y que si Rajoy no lo destituido es porque Bárcenas conoce secretos inconfesables de él.

Aún no he leído que la resistencia de Chaves y Saiz a dimitir sea una prueba de su culpabilidad y la negativa de Zapatero a echarlos una consecuencia de un chantaje. Y es que la izquierda lleva por el momento la delantera en la impunidad de la persecución.

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