Banderas de nuestros padres

Banderas de nuestros padres

Nadie elige a sus padres. Por eso, aunque Freud estableciese en el parricidio psicológico un requisito irrenunciable de la independencia individual, la mayoría de las personas tiende a ennoblecer el recuerdo de sus ascendientes como una manera de embellecimiento de su propia identidad.

Como subraya magistralmente Ignacio Camacho en ABC, por tortuosas que hayan resultado las relaciones paternofiliales el tiempo tiende a sedimentar su memoria desde la reconciliación, y los sentimientos imponen la lógica del orgullo afectivo.

A veces hasta los límites de la impostura, que si en torno a uno mismo resulta una forma de hipocresía se vuelve más perdonable cuando la mueve el impulso póstumo de la indulgencia o el cariño.

Se entiende, pues, que la vicepresidenta De la Vega prefiera resaltar un rasgo objetivo de la biografía de su padre -el de funcionario represaliado por el franquismo- frente a la también objetiva evidencia de su posterior rehabilitación en un cargo público de la dictadura.

Siendo ambos datos ciertos y de dominio público, el uno no borra el otro sin que ello suponga un juicio de valor al que nadie tiene, en realidad, derecho.

Ocurre que De la Vega se siente más cómoda estilizando a su medida una genealogía que contradice aparentemente el discurso ideológico de limpieza de sangre que el zapaterismo quiere imponer con su revisión de la memoria histórica. Y su encomiable afecto filial le empuja hacia una especie de maquillaje retroactivo.

En el franquismo hubo excelentes personas y excelentísimos canallas. Don Wenceslao Fernández de la Vega pudo perfectamente pertenecer al primer grupo sin avergonzarse de nada, porque la calidad humana no depende, como pretende a menudo el sectarismo de la ideología, de una convicción política sino de una estructura moral.

Los franquistas no lograron en su mayoría transmitir su fe ideológica a la siguiente generación, y es un hecho que gran parte de la izquierda actual es hija de padres que como mínimo vivieron conformes con la dictadura. No pasa nada. Salvo que se pretenda reescribir la Historia, como ha hecho este Gobierno, desde un ficticio maniqueísmo prejuicioso.

El padre de José Bono, por ejemplo, fue un convencido falangista, y el hijo asume ese dato incamuflable con una limpia y acogedora nobleza, bien distinta a la simulación torticera de aquel ex ministro que se proclamaba dispuesto «a luchar contra los hijos como antes contra los padres» siendo vástago de un dirigente del régimen.

Las cosas son como son, y no tiene sentido disimularlas desde una óptica distorsionada que enfoca el pasado con el prisma miope de un presente dogmático, proselitista y ofuscado. Simplemente, cada uno es hijo de su tiempo y nuestro privilegio es el de vivir en una época mejor que la de nuestros padres.

No la vayamos a estropear levantando de nuevo las banderas bajo las que ellos fracasaron.

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