Leyes como salchichas

Leyes como salchichas

Cuando el maestro Mihura -¿o era Jardiel?- escribió aquello de que un articulista era un señor que se pone a escribir, no se le ocurre nada… y sigue, ni se le pasó por la cabeza que de ese modo se podía también gobernar un país. Zapatero es un presidente que se pone a gobernar -es un decir- sin que se le ocurra nada relevante y continúa gobernando.

Afirma Ignacio Camacho en ABC que luego, lo que resulta aún peor, gobierna con lo primero que se le viene a la cabeza, de tal modo que convierte la gobernanza en una sucesión de ocurrencias.

Hace leyes como los malos escritores: poniendo el título antes que el contenido, porque lo único que le importan de la política son los enunciados.

El resto es relleno, una morcilla conceptual redactada según el sofisticado procedimiento del «como sea». De cualquier manera, a la remanguillé, a la buena de Dios, que se diría si no fuese un Gobierno tan tenazmente laico.

Cuando el presidente anunció la Ley de Economía Sostenible, piedra angular de su segundo mandato y motor del «modelo económico alternativo», algunos críticos liberales sospecharon con recelo que pretendía imponer un sistema de producción planificada, un retorno a la más desusada ortodoxia socialdemócrata. Ingenuos.

Planificar es un verbo desconocido en el lenguaje zapaterista, donde sólo se conjugan derivados de la improvisación. Por un abracadabrante e-mail gubernamental revelado ayer en ABC –enhorabuena, Mariano Calleja– sabemos que la solemne ley de sostenibilidad era, como no podía ser de otro modo, un hueco epígrafe, un mantra de usar y tirar, un kleenex político, un disfraz ideológico comprado en el todo a cien de la esquina.

Y que la Presidencia, ya con el tiempo encima, requería de sus ministros ideas urgentes -«propuestas imaginativas», es decir, inventos del tebeo- para trufar a toda prisa su flamante embutido. Con razón decía Bismark que hay dos cosas que la gente nunca debería ver cómo se hacen: las leyes y las salchichas.

Pero esta vez lo hemos visto. Hemos visto que este Gobierno hace las leyes como salchichas, embuchando quincalla política en envases de apariencia comestible. Si al menos pretendiese de veras volver a la planificación económica se trataría de un designio, de un modelo; discutible, quizá pernicioso, aunque un modelo al fin.

Pero el planificador que no planifique, mal planificador será. Para planificar se requiere una voluntad de esfuerzo, una convicción asentada, un sesgo doctrinal sólido. Y lo que hace Zapatero es improvisar, acumular repentes alumbrados al calor de un nominalismo vacío, diseños efímeros propios de una insustancial política-relámpago.

El presidente ha transformado por su cuenta el sobrevalorado lema de la revolución del 68, y en vez de la imaginación ha trasladado la improvisación al poder. Quizá porque desde el primer momento el suyo no ha sido más que un poder improvisado.

VÍA ABC

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