Subsidios y burocracia

Subsidios y burocracia

Con los 400 euros per cápita que regaló tan graciosa como indiscriminadamente en su irresponsable promesa de 2008, el Gobierno ZP tendría ahora fondos para sufragar al menos una remesa de subsidios para los parados de larga duración sin tener que improvisar sobre la marcha -en vergonzante y chapucera comparecencia del presidente desde su retiro veraniego- el modo de cumplir sus propias ocurrencias.

Afirma Ignacio Camacho en ABC que aquel rumboso brindis al sol de las expectativas electorales no sólo consumió de golpe el superávit ahorrado en los tiempos de bonanza, sino que abrió la espita de un gasto desbordado que ahora amenaza con romper el techo de desequilibrio financiero de la eurozona.

Incapaz de encontrar soluciones que activen la economía y reduzcan el desempleo, Zapatero sólo alcanza a rebuscar en los bolsillos del Estado fondos con los que aliviar el desastre social que no sabe combatir, y como no hay manera de hallarlos ya se anuncia -ayer por boca de Pepe Blanco– una subida de impuestos que quedó pendiente en el aire de junio por un inesperado ataque de lucidez del nacionalismo catalán.

Nadie nos librará en otoño de ese ajuste fiscal envuelto en la retórica demagógica de un populismo que saca dinero a los ricos para repartirlo entre los necesitados, como una Cáritas laica con vitola de añeja socialdemocracia.

Desde los mandatos de Aznar, sin embargo, ya no es posible sostener el rígido argumentario sobre la presión fiscal como clave del gasto público. Si algo demostró la gestión del añorado Rodrigo Rato es que unos impuestos más bajos generan mayores ingresos a través del dinamismo económico que propician.

Bien es verdad que el aznarismo dispuso de un patrimonio de reserva -las empresas públicas- con cuya privatización ayudó a enjugar el déficit que había heredado, pero el impulso esencial de su éxito se basó en una intensa reactivación productiva.

Y aunque ahora no queden empresas que vender -ya es dudoso que, en todo caso, este Gobierno ideológicamente prejuicioso emprendiese ese camino-, existe aún un margen sobre el que actuar si el zapaterismo tuviese la voluntad política de hacerlo: el fastuoso gasto corriente del aparato del Estado, convertido en una máquina de poder sin otro objetivo que el de alimentarse a sí misma.

El viejo dilema samuelsoniano entre cañones o mantequilla se ha convertido en la sociedad moderna en una elección entre asistencia o burocracia. Si disminuye la segunda queda más dinero para la primera.

El Gobierno socialista considera intocable el aparato de poder y para mantenerlo intacto elabora un sofisma político: va a pedir un esfuerzo extra a los ciudadanos diciéndoles que hay que recaudar más para hacer frente a los subsidios.

Pero éstos ya los costean los contribuyentes; lo que ahora les quieren hacer pagar es el coste de una administración hipertrofiada que no sabe sacarlos del círculo vicioso.

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