Nuestros jóvenes vivirán peor que sus abuelos. Nuestros políticos los nuevos ricos, una clase dirigente llena de incompentes.

España no es de los políticos.

Es tiempo de militancia cívica activa para derribar el sistema podrido y crear uno democrático, eficiente, solidario y justo expulsando a los corruptos de las instituciones y de la política.

España no es de los políticos.
España arruinada por nuestra casta política indecente.

Hace unos días, el jefe del Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos dijo: “El Ejército jura defender a la Constitución y no a un dictador”. ¿Se imaginan al rey o al jefe del Estado Mayor del Ejército español diciendo esto? Una declaración contra Trump, si se niega a reconocer los resultados legítimos, como contra Biden si se acredita que el globalismo ha hecho trampas. Es opinable si este gobierno populista y los bolcheviques del odio están vulnerando la Constitución.

El Tribunal Constitucional español sanciona que aplicando la Constitución hay que impartir mínimo un 25% de la enseñanza en la lengua común y oficial del Estado, el castellano, y el Gobierno decide incumplirlo mediante una ley. ¿No se está vulnerando la Constitución? Que políticos que quieren derribar el Estado nación que es España dispongan de miles de millones del presupuesto para actuar contra España solo ocurre en un vodevil como el que vivimos aquí, con una casta política corrompida (salvando honrosas y pocas excepciones: Margarita Robles, Arrimadas, Ana Pastor…).

Lo mismo ocurre con las sentencias del Tribunal Supremo sobre los independentistas encarcelados. No son presos políticos, son políticos presos por cometer delitos. El Gobierno de España se dispone a modificar el Código Penal para que las conductas que eran delitos cuando se cometieron, tratando de romper la unidad territorial y a pesar de un trato jurídico benévolo, sean modificados, incurriendo en un acto político de corrupción al crear una legislación ad hoc, específica para los independentistas, que es incompatible con nuestra Constitución, con la democracia, con la justicia, con el Estado de derecho y con la elemental ética política  exigible a los gestores públicos.

España es, por su clase dirigente, una sucia cloaca. Aunque los últimos 40 años de partitocracia la sociedad ha avanzado, ese espejismo nos impide ver la realidad en la que habitamos.

Somos un país de los más ricos del mundo (10º, con el 2,2% de la riqueza mundial), pero con bolsas de pobreza que llegan al 30% de su ciudadanía, en el furgón de cola de la UE con la mayor tasa de paro, de jóvenes en desempleo, de niños, ancianos y familias bajo el umbral de la pobreza, mientras nuestra clase dirigente nada en la abundancia. Vivimos de espaldas a la realidad desde que perdimos los últimos territorios en América en 1898; la Primera República con la guerra entre cantones (cc.aa.), el intento de imponer una dictadura comunista en la Segunda, la Guerra Civil, 38 años de dictadura y esta partitocracia corrupta con un Estado fragmentado, insostenible, hecho para la clase política que condena a millones de españoles a la pobreza más miserable. No hemos encontrado el camino que merece esta sociedad.

Solo hay que desproveerse de las gafas ideológicas que todos llevamos y saber que desde la década de los 90, cada generación de españoles vivirá peor que sus padres (así lo recoge en Informe Petras, encargado por el gobierno socialista al sociólogo norteamericano que da nombre al mismo y que fue escondido en un cajón en 1995); la reconversión industrial, la crisis económica mundial de 2008 y ahora la pandemia, sumado a un Estado mastodonte, insolidario y corrompido por los partidos son un lastre insostenible.

La Constitución española es de las más avanzadas del mundo. ¿Hasta cuándo vamos a permitir la ciudadanía que traidores, corruptos, aspirantes a dictadores roben la riqueza del país y nuestros derechos? Es tiempo de militancia cívica activa para derribar el sistema podrido y crear uno democrático, eficiente, solidario y justo expulsando a los corruptos de las instituciones y la política.

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