En este mundo analfabetizado del siglo XXI, no hace falta ya siquiera un orador, cualquier charlatán basta; o cualquier político de medio pelo

La vacuna ¿una inyección de optimismo?

En Noruega el Instituto de Salud investiga la muerte de 23 personas mayores, fallecidas pocos días después de haberles suministrado la primera dosis de la vacuna de Pfizer

La vacuna ¿una inyección de optimismo?

Hace algo más de un mes, ya advertía en uno de mis artículos intitulado “La Vacuna, Eficacia y Obligatoriedad”, que las vacunas se estaban presentando como un auténtico milagro contra el coronavirus, mientras se disparaban las cotizaciones bursátiles de las multinacionales farmacéuticas, dado que los gobiernos se apresuraban a su compra masiva, aún sin reparar en su eficacia y sus posibles efectos secundarios. Es decir, su seguridad. A tal respecto, citaba entonces diferentes declaraciones de expertos en enfermedades contagiosas, como Willian Haseltine “No hay ningún dato y no se especifica un desglose exacto de cuántas personas enfermaron al recibir la vacuna de Pfizer en comparación con el placebo”. También, Carmen del Val Latorre, química, viróloga e inmunóloga del CSIC, decía “No sabemos si la vacuna protege del contagio. Bajará la letalidad, pero el Covid seguirá entre nosotros”. En esos momentos se habían presentado algunas reacciones anafiláticas al suministrar dicha vacuna en el Reino Unido y otros países. Recordemos que muchos medios de comunicación presentaban y siguen haciéndolo a las vacunas como si fuera un milagro de la ciencia y políticos a gogó hablaban del comienzo del fin de la pandemia, luz al final del túnel y demás sandeces, aún sin saber su verdadera efectividad y efectos adversos.

Pues bien, aunque según la propia farmacéutica Pfizer- BioNTech su vacuna logra la inmunidad pasados unos siete días después de la segunda dosis, lo cierto es que en las últimas semanas se han declarado distintos brotes por Covid-19 entre los ancianos y trabajadores de las residencias justo después de suministrarles la primera dosis a finales de diciembre pasado. Para resumir, entre Castilla y León, Galicia, Baleares, Comunidad Valenciana, Navarra, Andalucía, Murcia, y más, se han registrado de momento un muerto y centenares de brotes en residencias de mayores y discapacitados, después de suministrarles la primera dosis de la milagrosa vacuna. Hasta el momento la administración central, tampoco la autonómica no han dicho ni mus. No digamos las televisiones que informan del proceso de vacunación, pero no hacen alusión a las personas contagiadas después de recibir la primera dosis. Eso sí, “informan” del comienzo de la segunda dosis de la vacuna y de las personas mayores que la reciben como si fuera un elixír de la inmortalidad que garantizara la vida eterna. “Es maravilloso”; “Animo a todo el mundo a que se ponga la vacuna”;  decían algunas respetables y ya ancianas señoras.  Se trata de una campaña mediática orquestada y cargada de optimismo. Pero ¿Por qué ocultan los nuevos contagios posteriores a la primera dosis de la vacuna, cuando están informando del proceso de vacunación? ¿No interesa? ¿Crea alarma social que los ciudadanos conozcan la realidad, sobre todo si está en juego su salud y/o su vida?

Por el contrario, en Noruega el Instituto de Salud está investigando la muerte de 23 personas mayores, fallecidas pocos días después de haberles suministrado la primera dosis de la vacuna de Pfizer. Después de las muertes, dicho Instituto de Salud ha actualizado su guía de vacunación y ahora los médicos tendrán que evaluar a cada paciente individualmente para determinar si los beneficios de la vacunación superan a los riesgos de los posibles efectos secundarios de la vacuna o timoteca de Pfizer, como bien dice Juan Manuel de Prada, compañía, entre otras, que posee un historial escalofriante de fraudes, que incluyen sobornos a médicos y funcionarios públicos, publicidad engañosa, prácticas ilícitas en la comercialización de sus productos. No estamos hablando de bulos, sino de fraudes probados por los que esta compañía, como otras farmacéuticas, ha tenido que pagar multas e indemnizaciones millonarias.

A mayor abundamiento, hace unos días el Catedrático de Microbiología de la UAM José María Almendral ya decía sobre la vacuna prodigiosa: “En la vacunación contra el Covid-19 hay dos formas de actuar. En la que parece implementarse se le atribuyen a la vacuna propiedades protectoras infinitas y una seguridad sin fisuras, y se critica la actitud de la población reticente en pos de una vacunación solidaria universal. Otra forma de actuar sería, como en el resto de las vacunas, analizar –ejercicio en desuso- la conveniencia de vacunar en franjas de edad de acuerdo con las características de la pandemia y la respuesta inmune natural, así como los datos disponibles de protección y toxicidad. Porque de la vacuna se puede hacer un mal uso o exigir unas expectativas que no puede alcanzar (…) la presencia de genomas del virus SARS-CoV2 y sus variantes detectados por PCR puede no ser la causante de la ocupación elevada de las UCI ni de la acumulación de fallecidos”.

Así las cosas, en este mundo analfabetizado del siglo XXI, no hace falta ya siquiera un orador, cualquier charlatán basta; o cualquier político de medio pelo. Televisores y redes sociales, los ahora dueños de la libertad de expresión, son suficientes para mostrar que es mediodía a medianoche. Pero, como dicen expertos en salud mental y social, la desesperanza, la fatiga emocional y el miedo al futuro es el precio que pagará una sociedad harta, ansiosa y desconfiada. Y, aún hay disminuidos, que piden un segundo confinamiento con medidas más duras. Nuestra ruina total. “…la ciudadanía está harta de tanta doble moral, de tanto cinismo, de tanto engaño con intolerables mentiras. Va a dar un golpe en la mesa y va a decir ¡basta! No llega a la categoría de amenaza, pero es algo más que una advertencia. Todo tiene un límite y ya lo hemos superado con creces. O reaccionamos o merecemos lo que nos pasa”, decía Antonio Garrigues Walker. En fin, espero que al final todo salga bien y las vacunas no originen efectos secundarios demoledores en unos ciudadanos con un macro estrés terminal.

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