Hay mentiras que se sostienen durante meses porque nadie tiene la prueba que las derrumba. Y hay momentos en que esa prueba aparece en forma de chat y convierte en papel mojado el relato que un político ha construido con paciencia y ha repetido con convicción ante cámaras, micrófonos y el Congreso de los Diputados.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido con los mensajes intercambiados entre Pedro Sánchez y José Luis Ábalos, revelados por Irene Tabera en OKDiario.
Desde que el caso Koldo estalló y especialmente desde que el Tribunal Supremo condenó a Ábalos a 24 años de prisión, Sánchez ha intentado construir la imagen de un presidente que apenas conocía a su exministro en términos personales, que la relación era estrictamente institucional y que la corrupción de Ábalos fue un asunto individual que no tenía nada que ver con él ni con el funcionamiento interno del PSOE.
Los chats dicen exactamente lo contrario. Y los dicen con fechas, con el tono afectuoso de quien trata a un amigo y con instrucciones políticas concretas que solo se dan a alguien de absoluta confianza.
Uno de los mensajes más reveladores de la colección publicada por el digital de Inda es también el más aparentemente banal. Sánchez escribe a Ábalos durante una tertulia televisiva: «¡Qué paciencia tienes!». No es un mensaje de trabajo. No es una instrucción política. Es exactamente el tipo de mensaje que se manda a un amigo al que estás viendo en la televisión y con quien tienes suficiente confianza como para comentar en tiempo real lo que está ocurriendo en el plató.
Ese tono coloquial y afectuoso, combinado con el contexto de que Ábalos ya era exministro cuando se envió, destruye la narrativa de la distancia personal con una eficacia que ningún argumento jurídico puede replicar. Sánchez no le escribe a alguien que apenas conoce. Le escribe a alguien con quien tiene la confianza suficiente para enviar mensajes espontáneos durante una tertulia de televisión.
En otro mensaje de la misma colección, el presidente escribe: «Eres de lo mejor que tiene el Gobierno, gracias por tu lealtad y brillantez». Ese elogio llega después de intervenciones parlamentarias de Ábalos que Sánchez valora como brillantes. No es el lenguaje de un jefe que mantiene una relación estrictamente profesional con un subordinado. Es el lenguaje de alguien que aprecia genuinamente a la persona que tiene al otro lado del teléfono.
La comunicación que continuó hasta finales de 2024
Un detalle fundamental que los chats revelan y que el relato oficial de Sánchez nunca ha explicado satisfactoriamente es la cronología. Según OKDIARIO, Sánchez y Ábalos mantuvieron comunicación telefónica y por mensajes hasta finales de 2024, mucho tiempo después de la destitución del exministro del Gobierno y mucho tiempo después de que el caso Koldo empezara a generar titulares.
Eso significa que Sánchez siguió en contacto habitual con Ábalos mientras las investigaciones sobre la corrupción en el ministerio que él dirigía estaban activas. Mientras la UCO reconstruía la red de comisiones. Mientras el caso escalaba hasta el Tribunal Supremo. Mientras el propio Sánchez construía públicamente la narrativa de la distancia y el desconocimiento.
La coartada del desconocido tiene un problema estructural: no sobrevive a la evidencia de una comunicación constante y afectuosa durante años que solo termina cuando el costo político de mantenerla se vuelve insostenible.
«Dale un pescozón»: Ábalos como operador político fuera del Gobierno
Pero los mensajes más políticamente explosivos no son los afectuosos. Son los que muestran a Sánchez utilizando a Ábalos como instrumento de presión política sobre los barones del partido después de su salida del Gobierno.
Sánchez escribió a Ábalos sobre Emiliano García-Page: «Si puedes dale un pescozón, es lamentable». Ese mensaje se produce en el contexto de 2024, cuando García-Page era el barón más incómodo para Ferraz: exigía debate interno, criticaba las concesiones a los socios nacionalistas y cuestionaba públicamente la gestión del Gobierno en materia de corrupción.
La respuesta de Sánchez ante esa disidencia interna no fue el diálogo ni la apertura. Fue la disciplina delegada. Y el instrumento elegido fue Ábalos, ya fuera del Consejo de Ministros pero todavía con influencia en las federaciones y crédito entre los cuadros medios del partido.
Eso significa que Ábalos no era para Sánchez un exministro del pasado sino un operador político activo en el presente. Alguien con quien mantenía comunicación constante, a quien elogiaba con sinceridad y a quien encargaba misiones concretas de presión interna sobre los díscolos. No es la descripción de alguien que «apenas conocía» a su exministro. Es la descripción de alguien que lo seguía usando como pieza clave del aparato de control del partido.
La mentira que los chats han derrumbado
Sánchez presentó a Ábalos ante la opinión pública como una figura casi periférica de su proyecto político, cuya corrupción fue una decisión individual que no tuvo nada que ver con él ni con las estructuras del partido que dirige. Es el único relato que le permite mantener la ficción de que el PSOE tiene un problema con una persona y no un problema con su cultura organizacional.
Los chats derrumban ese relato en varias dimensiones simultáneas.
Derrumban la distancia personal: Sánchez elogiaba la «lealtad y brillantez» de Ábalos, le escribía durante las tertulias televisivas y mantuvo contacto habitual con él durante años después de su destitución.
Derrumban la distancia política: Ábalos seguía siendo usado como operador de disciplina interna después de salir del Gobierno, encargado de «dar pescozones» a los barones críticos.
Derrumban la narrativa del desconocimiento: nadie encarga misiones políticas concretas ni mantiene comunicación constante durante años con alguien que apenas conoce.
Y derrumban la credibilidad del presidente en un sentido más amplio: si Sánchez mentía sobre la naturaleza de su relación con Ábalos, ¿qué otra parte del relato sobre la corrupción en su entorno está construida sobre la misma base de negación conveniente?
Lo que los chats dicen sobre el PSOE como sistema
La secuencia completa de los mensajes, examinada en su conjunto, describe algo que va más allá de la relación entre dos personas concretas. Describe un partido donde la lealtad personal al líder es el activo más valorado, donde la disidencia se gestiona mediante presión y disciplina delegada, y donde la distinción entre la función pública y la utilidad política se ha borrado hasta el punto de resultar invisible.
Ábalos fue ministro mientras era útil. Siguió siendo operador político después de serlo. Y siguió siendo el receptor de los mensajes afectuosos del presidente mientras era el acusado de un proceso que el propio presidente decía no tener nada que ver con él.
Es una narrativa de lealtad exigida, disidencia castigada y cercanía negada cuando la cercanía se convierte en condena. Es el sanchismo como sistema descrito desde dentro, por accidente, por los propios protagonistas que nunca pensaron que sus mensajes llegarían a ser públicos.
Porque en el PSOE de Sánchez, como en todos los sistemas de poder que priorizan la lealtad sobre la integridad, todo queda registrado.
Y eventualmente, todo termina saliendo.
