Con los fantoches de ERC en un homenaje a Companys

Laporta se apunta al vudú antiespañolista

Lleva camino de convertirse en una caricatura de Gil con barretina

Por eso aspira a la política, un ámbito en que la vanidad suele ir pareja con la incompetencia y donde la falta de talento o de profesionalidad siempre encuentra disimulo en una buena máscara de radicalismo

Que un tipo así pueda presidir una institución civil con la solera del Barça es una circunstancia que forma parte de la condición misteriosa del fútbol, cuya influencia social y sofisticación deportiva crecen en proporción inversa a la idoneidad y el prestigio de la mayoría de sus dirigentes.

Ahora que a Carod lo van a jubilar sus compañeros camisas grises, Arzallus es una vieja gloria gruñona y Fraga se remansa en su provecta lucidez soltando incómodas verdades a media voz, la plaza de tocapelotas oficial ha quedado vacante en la política española y los más espabilados han comenzado a opositar para ocuparla.

Escribe Ignacio Camacho en ABC que el que más ventaja lleva por ahora es Joan Laporta, que aún no es exactamente un político aunque aspira a serlo si encuentra un partido en el que quepa un desmesurado ego que de momento desborda las descomunales dimensiones del Camp Nou.

Convergencia i Unió no parece lo bastante independentista ni imprudente para aceptar su fichaje, Esquerra teme por la cohesión de su vestuario y sólo el pequeño Reagrupament del ex terrorista Carretero parece dispuesto a acoger a un crack mediático capaz de ponerlo en el mapa con su tendencia a la sobreactuación exaltada, al gamberrismo dialéctico y al exabrupto malcriado.

Laporta está en la puerta de salida de su brillante mandato futbolero, en el que ha cosechado tantos más éxitos cuanto más callado permanecía. Los triunfos del equipo han coincidido con los momentos en que ha logrado quedarse en un discreto segundo plano dejando hacer a los que saben, pero es un hombre al que le puede su instinto protagonista.

Por eso aspira a la política, un ámbito en que la vanidad suele ir pareja con la incompetencia y donde la falta de talento o de profesionalidad siempre encuentra disimulo en una buena máscara de radicalismo. El soberanismo catalán, que abunda en fantoches expertos en la provocación agitadora, le ofrece campo para explayar su propensión a la insolencia.

Como entrenamiento en esa esgrima bronca ha utilizado de sparrings a un par de presidentes autonómicos -el populista Revilla y el ponderado socialista Fernández Vara- pateándolos verbalmente con soez descaro, y luego se ha puesto a hacer músculo en rituales de vudú antiespañolista para forjarse una reputación a la medida de su impetuoso arribismo.

En esa carrera equinoccial está arrastrando la nombradía de un club que aunque presume de ser un símbolo de la catalanidad se proyecta también en la universalidad de una enorme masa de seguidores a los que se les dan una higa las obsesiones identitarias porque creen que Companys es una promesa de la cantera.

Laporta, que como promesa ya queda algo mayorcito, tuvo un comienzo prometedor; por su irrupción carismática lo compararon con un Kennedy soberanista, pero su inclinación al desafuero lleva camino de convertirlo en una caricatura de Jesús Gil con barretina.

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