La alcaldesa Ana Botella no tiene ya otra salida que sacrificar algún chivo expiatorio

El ‘buque insignia’ municipal del PP encalla en la tragedia del Madrid Arena

En la sede central de la calle Génova se exigen medidas rápidas al Ayuntamiento de Madrid

Quienes pensaron que la retirada -al menos sobre el papel- de Alberto Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre de la primera línea de la política madrileña mejoraría la obligada convivencia entre el Ayuntamiento de la capital y el Gobierno regional pecaron de ingenuos.

Subraya ‘El Semanal Digital’, diario online que dirige Antonio Martín Beaumont, que la tragedia del Madrid Arena ha desenterrado viejas cuentas pendientes en el PP madrileño, donde las etiquetas de aguirristas y gallardonistas siguen estando a la orden del día.

La maniobra a la desesperada del Consistorio de derivar -al menos en parte- las culpas al «vacío legal» de la Ley 17/1997 de Espectáculos públicos y actividades recreativas de la Comunidad de Madrid ha provocado un enfado mayúsculo en la Real Casa de Correos -sede de la Presidencia de la Comunidad-, con Ignacio González al frente.

Ha querido la casualidad, o el destino, que la primera gran crisis a la que le ha visto los dientes la alcaldesa Ana Botella se haya producido coincidiendo con el tercer aniversario de un hecho que en su día el aguirrismo interpretó como la prueba definitiva de que la mujer de José María Aznar nunca sería una de los suyos.

A pesar de sus constantes intentos de nadar entre las dos aguas del PP de Madrid, casi siempre con la fortuna de cara.

El 28 de octubre de 2009, y en plena batalla campal entre Cibeles y la Puerta del Sol por una entrevista de Manuel Cobo -entonces lugarteniente de Gallardón- a El País en la que bramó contra el equipo de Aguirre, el ahora ministro de Justicia sometió a votación entre sus concejales la continuidad de su número dos.

Botella que hasta entonces no había tenido que elegir padre o madre, le demostró a Gallardón su lealtad votando a favor de la continuidad de Cobo. Obras son amores.

Es posible que si aquel día se hubiera alineado con los concejales aguirristas no habría acabado recibiendo en herencia un Ayuntamiento y un equipo que no eligió ella, sino Gallardón.

Porque a su llegada las fichas eran las que eran, por mucho que cambiara algunas de sitio para demostrar su nuevo mando en plaza. Como colocar a Miguel Ángel Villanueva como número dos y ascender a Antonio de Guindos.

La Dirección nacional del PP, que en su día no se entrometió en la decisión cantada de Gallardón de entronizar a Botella -como tampoco lo hizo con Aguirre y González-, mira ahora con suma preocupación lo corneada que está saliendo la alcaldesa madrileña de la crisis del Madrid Arena.

No es para menos, puesto que la experiencia les dice que vendrán más en los casi dos años y medio que le quedan de mandato. Y les entran los temblores.

El buque insignia del poder municipal del PP está en manos de una mujer cuyo cuestionado olfato político falló estrepitosamente el jueves, cuando no supo valorar la magnitud del desaguisado.

Ni ella ni su hombre fuerte, Villanueva, ni tampoco su directora de comunicación, Elena Sánchez, recordada por haber estado al lado de Eduardo Zaplana durante sus cuatro años como portavoz del PP en el Congreso, llenos de claroscuros.

Le falló el olfato en el primer momento y la capacidad de gestión en los días posteriores, marcados por la toma de decisiones precipitada y a trompicones.

Como prohibir las macrofiestas en los recintos de titularidad municipal en caliente, una medida ha provocado división en el propio seno de su equipo municipal y un encontronazo con el Gobierno regional.

Porque a González le faltó tiempo para desmarcarse, indignado por que la tragedia del Thriller Music Park le acabe salpicando sin haber tenido arte ni parte.

Aunque en público Ana Botella ha respaldado a Miguel Ángel Villanueva -por haber actuado con «máximo rigor y responsabilidad», afirmó este lunes- y por extensión al resto del gabinete de crisis, el ambiente se ha enrarecido en su equipo.

Los hay que creen que es de manual pensar que la alcaldesa ofrecerá en sacrificio algún chivo expiatorio para apaciguar a la opinión pública.

Pero la mancha que va a quedarle a la alcaldesa en su hoja de servicios no hay destitución que la quite.

 

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