Lorena Pouso Míguez (A Coruña, 1985) lleva el compás en las venas. Con 40 años y más de tres décadas vinculada al mundo de la danza –15 de ellos como profesora–, su vida es un testimonio vibrante del poder transformador del baile. Desde las tablas de los teatros hasta las aulas donde enseña a alumnos desde los 5 hasta los 67 años, Lorena ha visto cómo la danza española y el flamenco no solo mueven cuerpos, sino que forjan carácter, superan barreras y crean familia.
Una Vida Entre Zapatillas y Tacones
La historia de Lorena con la danza comenzó a los 6 años en el colegio, con danza española. Su talento y pasión la llevaron pronto al Centro Baby Study en Juan Flores, el Joven Ballet de A Coruña, donde se examinaba de ballet clásico y danza española. A los 8 años, su camino profesional quedó marcado. Los cambios normativos (la LOGSE) la llevaron a continuar sus estudios en ACADE, examinándose en Santander y culminando su carrera en Madrid. Como bailarina, recorrió los teatros y pueblos de Galicia, actuó en Ribadesella, Portugal y pisó el emblemático Teatro Apolo de Madrid.
La Enseñanza: El Verdadero Escenario
A los 18 años, ya titulada, dio sus primeros pasos como profesora enseñando sevillanas a adultos en el Sporting Club Casino de A Coruña. Tras siete años viviendo en Madrid, regresó a su ciudad natal con 25 años. Fue entonces cuando comenzó en el Liceo La Paz, impartiendo danza española y flamenco a niños y adolescentes (de 5 a 17 años). Poco después, retomó las clases para adultos, ámbito en el que sigue inmersa hoy. Su abanico es amplio: ballet clásico, danza española, flamenco y sevillanas, abarcando una asombrosa diversidad de edades.
El Milagro de Ver Crecer: De Niñas a «Hijas»
«Lo que más me gusta de trabajar con niños pequeños es verlos crecer y poder enseñarles desde el principio», confiesa Lorena. El vínculo que se crea es único: «Tengo un grupo de alumnas que comenzaron conmigo hace 15 años, con 5 años. Ahora tienen 20 y siguen siendo mis alumnas. Verlas crecer hace que, más que alumnas, sean como mis hijas». Este acompañamiento vital es una de sus mayores satisfacciones.
Adultos: Superando Inseguridades, Creando «Familia Flamenca»
Trabajar con adultos es «otro mundo, pero que cada vez me gusta más y más». Lorena destaca la motivación de sus alumnos: «Gente que empieza por hacer una actividad para conocer gente, o tener la oportunidad de bailar que no tuvieron de pequeñas. Es muy gratificante». Reconoce las barreras iniciales – «inseguridades, falta de confianza, timidez, miedo al ridículo» – pero subraya el poder liberador del baile: «Intento explicarles que esos pensamientos bailando se nos van. Y suele ser siempre así». Su orgullo es ver cómo evolucionan, cómo «acaba animándolas a bailar en un teatro» y cómo, una vez subidas al escenario, «ya no quieren bajarse». En sus clases, añade, «hacen piña, se crea como una pequeña familia flamenca».
La Danza Inclusiva: Un Lenguaje Universal
Lorena enfatiza el poder integrador y terapéutico de la danza: «He dado clases a niñas con autismo y síndrome de Down. La danza y la música son la unión perfecta para estas personas. Disfrutan y evolucionan de una manera alucinante, mejorando su psicomotricidad y trabajando la memoria coreográfica». El baile se convierte en una herramienta de desarrollo y alegría.
Historias de Pasión y Entrega
Su trayectoria está salpicada de anécdotas que hablan de dedicación absoluta: alumnas embarazadas de 7 meses subiendo al escenario en la gala de fin de curso, niñas lesionadas esforzándose al máximo en su recuperación para no fallar a sus compañeras. «Lo que más les preocupa cuando bailan es no defraudarte», dice Lorena. «Y como les digo siempre: para mí, que se suban y lo den todo, ya son unas campeonas».
Retos, Premios y una Lucha Pendiente
El camino no está exento de dificultades. Lorena admite que su «propia autoexigencia» por innovar cada año, sin repetir coreografías, le genera «mucho estrés y hasta ansiedad». También menciona el desafío económico de participar en concursos, donde sus grupos de primaria, avanzado de danza española y flamenco han logrado premios y segundos puestos. Pero hay una batalla social que le duele especialmente: el prejuicio contra los niños que bailan. «He tenido niños muy buenos en danza española y ballet, pero lo que tenían que escuchar de sus compañeros… Es una pena que en pleno siglo XXI esté mal visto que un niño baile». Una realidad que espera cambiar.
El Baile: Salud, Vida y Escape
Para muchas de sus alumnas adultas, las clases son una terapia vital. «Una siempre me dice: ‘Si me quedo sin mis clases de baile, tendría que intensificar mis tratamientos y fármacos ‘», relata Lorena. Y ella lo resume con convicción: «Para mí el baile es salud, vida y escape a todos los problemas cotidianos».
El Legado: Más que Pasos, Alas
Lorena Pouso Míguez no solo enseña pasos y coreografías. En su estudio, en A Coruña, cultiva un espacio donde la inseguridad se transforma en confianza, donde el miedo al ridículo se disipa con el taconeo, donde niñas, adolescentes, mujeres y hombres encuentran no solo una afición, sino una comunidad, una expresión y, en muchos casos, una razón para sentirse fuertes y libres. Como mariposas que despliegan sus alas al ritmo del compás, sus alumnos aprenden a volar sobre el escenario de la vida. Porque cuando bailan las mariposas, tejen una red de vida, resiliencia y alegría que trasciende el aula.
