Thomas Jefferson escribió una frase tan incómoda como eterna: “El árbol de la libertad debe ser regado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos”. https://www.uniongc.org/
Recuerdo, en mi adolescencia, haber leído esta frase y el impacto que tuvo en mi. Es tal la huella que dejó que siempre que cae un compañero en acto de servicio, la recuerdo como una especie de profecía, una constante que me recuerda la idiosincrasia de este trabajo.
Más allá de su interpretación histórica, pocas imágenes resumen con tanta crudeza el precio de la seguridad y de las libertades civiles. La libertad rara vez es gratuita. Casi siempre descansa sobre renuncias, sacrificios y, en demasiadas ocasiones, sobre vidas entregadas en silencio.
Desde la creación de la Guardia Civil en 1844, se estima que más de 5.700 guardias civiles han fallecido en acto de servicio. Son cifras que, por repetidas, corren el riesgo de convertirse en estadística; pero detrás de cada número hubo una familia, un compañero, una llamada que nunca llegó, una patrulla de madrugada, un rescate, una persecución, un atentado, un temporal en el mar o una intervención en la que alguien decidió ponerse delante del peligro para que otros no tuvieran que hacerlo.
Si quisiéramos traducir ese sacrificio a algo físicamente imaginable, el cálculo resulta sobrecogedor: hablamos de aproximadamente 28.000–30.000 litros de sangre derramada al servicio de España. Una cantidad capaz de llenar una gran piscina doméstica, cientos de bañeras o el equivalente al consumo de agua de una familia durante meses. La comparación puede parecer fría, pero precisamente por eso ayuda a entender una realidad difícil de dimensionar: la libertad, el orden y la seguridad que tantos dan por descontados han tenido un coste humano tangible.
Y, sin embargo, quizá Jefferson omitió un matiz esencial. El árbol de la libertad no solo se riega con sangre; también se sostiene sobre la vocación silenciosa de quienes, generación tras generación, aceptan el riesgo como parte de su deber. Porque detrás de cada uniforme hay personas corrientes que, llegado el momento, hacen algo extraordinario: asumir un peligro ajeno como propio.
Hoy, cuando se discuten con ligereza conceptos como seguridad, autoridad o servicio público, conviene recordar que muchas de las libertades que ejercemos sin pensar han sido custodiadas, y a veces pagadas, por quienes nunca regresaron a casa. En el caso de la Guardia Civil, ese precio histórico no es una abstracción: son miles de vidas y decenas de miles de litros de sangre vertidos para mantener en pie, con todas sus imperfecciones, el árbol común de nuestra convivencia.
Pero toda frase poderosa merece también una pregunta incómoda. Si aceptamos la idea de Jefferson de que el árbol de la libertad necesita ser regado con sangre, entonces conviene preguntarse: ¿por qué parece que siempre son los mismos quienes deben derramarla?
Porque quizá el verdadero debate no sea si habrá hombres y mujeres dispuestos a asumir riesgos —la historia de la Guardia Civil demuestra que siempre los habrá—, sino si una sociedad democrática puede resignarse a que ese sacrificio sea recurrente, previsible e incluso asumido como parte inevitable del paisaje.
Más de 5.700 guardias civiles fallecidos en acto de servicio desde 1844 no son solo una cifra de heroísmo; también obligan a una reflexión sobre la responsabilidad colectiva. Cada agente caído merece honor, sí, pero también una pregunta que rara vez se formula con suficiente honestidad: ¿podría haberse evitado?
Porque homenajear a los muertos sin proteger mejor a los vivos corre el riesgo de convertirse en una liturgia vacía. Las medallas, los minutos de silencio y los discursos institucionales reconfortan, pero no sustituyen embarcaciones adecuadas, protocolos eficaces, medios suficientes, respaldo jurídico claro, inteligencia operativa, coordinación real ni reformas estructurales que reduzcan riesgos evitables. Ninguna corona de flores reemplaza aquello que pudo haber evitado una tragedia.
Y aquí la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre el poder político. También interpela a la sociedad. Resulta cómodo admirar el sacrificio desde la distancia, exigir seguridad absoluta y, al mismo tiempo, mostrar indiferencia cuando se discuten los recursos, la protección o las condiciones de quienes la garantizan. Existe una contradicción silenciosa en pedir que otros asuman riesgos extremos mientras se normaliza que vuelvan a casa —si vuelven— con medios insuficientes o enfrentándose a amenazas crecientes en condiciones discutibles.
El patriotismo auténtico no consiste únicamente en honrar a quien cae; consiste, sobre todo, en hacer todo lo posible para que no tenga que caer. Porque el árbol de la libertad quizá haya necesitado sangre en determinados momentos de la historia, pero una democracia madura no debería acostumbrarse a regarlo con la de los mismos una y otra vez mientras quienes tienen capacidad de reformar, prevenir y proteger miran hacia otro lado.
Si realmente creemos en el valor del sacrificio de quienes sirven, la pregunta no puede terminar en el homenaje. Debe continuar en una exigencia serena pero firme: ¿qué estamos haciendo, como sociedad y como Estado, para que la próxima sangre no tenga que ser derramada?
