Sabino Fernández Campo, ex jefe de la Casa Real

«El error de Suárez fue la forma de legalizar el Partido Comunista»

El periodista Manuel Campo Vidal narra la última entrevista que concedió para un documental sobre Adolfo Suárez

Dice Javier Cercas en el libro Anatomía de un instante que el Elefante Blanco era el general Armada. "Pues es problable"

Fue jefe de la Casa Real entre 1977 y 1990. Falleció el 26 de octubre de 2009 a causa de una neumonía que contrajo durante una intervención quirúrgica a la que fue sometido unos días antes.

«Sabino le decía al Rey siempre la verdad, por dura que ésta fuera», cuenta Pilar Urbano.

Y sobre el papel del Rey versó la entrevista que el periodista Manuel Campo Vidal le realizó hace unos meses para un documental sobre Adolfo Suárez en la que repasó algunos aspectos del 23-F.

Ésta es la transcripción de una parte de la conversación mantenida con el periodista Manuel Campo Vidal.

¿Estaba Suárez informado antes de dimitir de que había movimientos militares? Recordemos que un mes después se produjo el 23-F, el intento de golpe de estado. ¿Intentó con su dimisión frenar ese golpe?

El caso es que meditando sobre lo que pasó, al repasar su discurso de dimisión, hay un párrafo muy significativo que dice que su presencia en el Gobierno no quiere que signifique una interrupción, un lapsus, en el desenvolvimiento democrático de España y que debe apartarse para impedirlo. Es decir, que ahí se puede interpretar que él sabía algo de eso. Verdaderamente el malestar era exagerado porque se consideraba que hubo un desprecio -debo de decirlo, yo era militar también- cuando se legalizó por sorpresa el Partido Comunista.

Él se había reunido con los militares en septiembre del año 76, ocho meses antes de la legalización del PCE para explicarles la reforma. ¿Cómo discurrió aquella reunión?

A Alfonso Osorio, que era ministro de la Presidencia, y a Andrés Reguera, que era el ministro mío, de Información y Turismo, yo les sugerí: «¿Qué tal si Adolfo reúne a los altos jefes militares y les explica su plan, para hacerles ver que es necesario cambiar, con toda prudencia? Y que les pida su ayuda para mantener la tranquilidad y el orden». Les pareció muy bien conociendo a Adolfo, que tenía una gran habilidad para hablar con la gente y convencerla de lo que fuera, porque era muy hábil en eso, muy simpático, muy agradable. Adolfo tuvo esa reunión con los tres ministros militares que había entonces y con los capitanes generales y almirantes de departamento marítimo. Acudieron con cierta reserva, con cierto recelo, «¿qué nos va a decir este muchacho, qué nos va a contar? Si él viene del Movimiento y ahora está destrozándolo todo». Había una prevención lógica en personas que llevaban tiempo viviendo un sistema y una situación. Pero salió todo estupendamente: les convenció, les pidió el favor de que le ayudaran, salieron diciendo que había que ayudarle… el entusiasmo fue enorme. Salieron dando vivas a Suárez y a su familia. Eso bien se supo.

Pero no contaban con la legalización del PCE más adelante…

Creo que el error estuvo, no en el reconocimiento del Partido Comunista, sino en la forma de hacerlo por sorpresa. En aquella reunión taxativamente dijo: «Se van a reconocer los partidos políticos pero de ninguna manera se va a reconocer al Partido Comunista». Entonces, salieron todos encantados porque la guerra había sido contra el comunismo y demás. Hubo unanimidad.

¿Dónde estaba usted en aquel momento tan delicado, la Semana Santa de 1977, cuando se legalizó el PCE?

Yo estaba todavía en Información y Turismo. Me llama el ministro Reguera, que estaba fuera de Madrid, y me envía a una reunión con Rodolfo Martín Villa. Allí me dijo: «Desde la Dirección General de Prensa, preparar la forma de decir que mañana sale el reconocimiento del Partido Comunista». Para mí fue una sorpresa y dije: «¿Pero se ha dicho a los militares que no se cumple aquella promesa?». Él se quedó un poco parado. Me dijo que esperara; se marchó a hablar con alguien y al volver afirmó: «Está todo arreglado, no te preocupes». Pero no estaba arreglado. No sé qué pasó, el caso es que alguien aconsejó que, o se hacía de esa manera, por sorpresa, o podía haber dificultades.

Pero esas dificultades se hubieran producido…

No las hubiera habido. Eso respondo, porque yo hablé con muchos de ellos o con casi todos porque los conocía por haber estado en el ministerio muchos años. La desilusión fue enorme. Más que ofensa, lo consideraron desprecio. Es decir, reunir a todas las cabezas más importantes de las fuerzas de Tierra, Mar y Aire, hacerles una promesa seria y luego que se enteren por la prensa de que no se ha cumplido, lo consideraron un desprecio, una tomadura de pelo por lo menos. Y de ahí vinieron muchas cosas, no sé hasta dónde, pero yo creo que muchas.

Pero, ¿realmente ellos hubieran aceptado en otras circunstancias la legalización del Partido Comunista?

Si los vuelve a llamar, conociendo a Adolfo, a pesar de haber hecho esa promesa, y les dice: «Tengo que hacer una rectificación. Lo he meditado mucho y lo de reconocer al Partido Comunista va a ser indispensable para que la democracia sea plena y para conocer las posibilidades electorales de ese partido. Mantener ese grupo en la clandestinidad sería mucho peor. Mejor tenerlos controlados, con unos estatutos…». Los convence. Estoy completamente seguro. Fue una pena. Le aconsejaron, no sé exactamente quién, que, o se hace por sorpresa o no se hace, porque se van a oponer. Pero la sorpresa se consideró eso, un desprecio. Ahí comienza un malestar que se fue arrastrando. Los que estaban conformes con esa transformación empezaron a no estarlo tanto y creo que se fue transmitiendo ese malestar que pudo dar lugar, entre otros motivos, a un acontecimiento tan extraño y tan penoso como el golpe del 23 de febrero. Creo que no se hubiera llegado al 23-F sin ese malestar militar al que se unían muchas otras cosas.

¿Qué otras cosas? El terrorismo…

Sí y la sorpresa de un cambio radical para unos señores que estaban acostumbrados a un sistema y de repente se abren las puertas a una democracia que se había considerado siempre peligrosa. Pero los hubiera convencido, porque Adolfo tenía unas condiciones para eso extraordinarias. Para eso y para muchas otras cosas. Yo lo admiro mucho y siento muchísimo la situación en la que ahora está porque es verdaderamente penosa. Pregunto al hijo, pero… Incluso un día habíamos preparado que yo fuera a almorzar con Adolfo y luego me dijo que no, porque no iba a saber quién era yo, y que lo íbamos a pasar mal todos. Le tengo un cariño enorme, admiración y agradecimiento. Pero creo que ahí estuvo mal aconsejado. Mal aconsejado porque cuando yo me entrevisté con Rodolfo Martín Villa, él fue a hablar con alguien que le dijo que estaba todo solucionado. Y se equivocó.

¿Y no sabe con quién habló Martin Villa?

No. Yo me imagino que con un militar porque, claro, en aquel tema la opinión de un militar era muy importante. No lo sé y no se pueden hacer especulaciones porque a mí no me lo dijo Rodolfo Martín Villa.

¡Qué suerte que estaba usted en la Zarzuela la noche la tarde del 23-F!

No, suerte no. Se hizo… vamos, el Rey es el que lo hizo todo. El Rey fue el que llamó a todos los capitanes generales. Algunos acataron inmediatamente las órdenes. El capitán general de Valencia, Milans del Bosch, también retiró los carros que había sacado a la calle. En fin, el Rey lo hizo todo, pero hubo que hacerlo.

De aquella noche del 23-F viene aquella frase que se le atribuye a usted desde Zarzuela: «El general Armada ni está, ni se le espera». ¿Fue exactamente así?

No es que yo buscara una frase histórica para grabarla en letras de bronce. Era la verdad. A mí, la conversación con el general Juste, de la Acorazada Brunete, me había hecho pensar que la presencia de Armada en Zarzuela era una cosa convenida entre ellos. Es decir, cuando eso se produzca, cuando Armada esté ahí, es que las cosas están en forma. Por eso la insistencia de Armada en ir a Zarzuela, pero yo ya empecé a aconsejar al Rey para hacer lo imposible para que Armada no subiera a Zarzuela. Porque no hay que olvidar que la organización de los golpistas fue bastante mala, por cierto, porque hasta las cosas malas hay que hacerlas bien.

¿Qué otras cosas hicieron mal?

Pues el mismo Tejero entró diciendo en el Congreso «en nombre del Rey». Llamé a Tejero y le dije: «¿Qué haces ahí?». «Yo no recibo órdenes más que del capitán general de Valencia». Digo: «Sí, pero has entrado diciendo ‘en nombre del Rey’. No vuelvas a utilizar ese nombre porque no estás autorizado». Se quedó un poco sorprendido. Luego yo creo que sí había un afán de implicar, de hacer creer que se hacía con consentimiento, o por lo menos con conocimiento, del Rey.

Dice Javier Cercas en el libro Anatomía de un instante que el Elefante Blanco era el general Armada.

Pues es probable. Ahí claro, sería muy largo detenerse en todo esto, pero había un plan primitivo que no tenía nada que ver con lo que sucedió. El general Armada, que seguía teniendo mucha relación con Zarzuela y con el Rey, un día mandó -me lo mandó a mí para que se lo hiciera llegar al Rey- un plan que decía que estaba hecho por un constitucionalista importante español, donde se hablaba de que, dada la situación difícil en que se encontraba Adolfo y el Gobierno, lo que convendría era hacer un gobierno de concentración. Daba incluso las normas. Sería un gobierno con personas de todos los partidos, de todos, porque el propio Felipe iba a ser vicepresidente, pero luego el presidente era una persona neutral, no política. Podía ser, decía, un general, un catedrático, un historiador. Realmente estaba previsto para el propio Armada.

Y ese proyecto, ¿tenía alguna viabilidad?

Eso no tenía forma porque, ¿qué es lo que se pretendía? ¿Que el Rey se presentara en el Congreso a decir que no cambiara el Gobierno? Eso era imposible. El hacerlo por las buenas… yo no encuentro forma de hacerlo. Y, además, lo que se jugaba el Rey… porque si el Rey hace una propuesta de ese tipo y no le hacen caso, pues queda completamente sin autoridad. No, eso no se hizo pero se mezcló con el asalto al Congreso por parte de Tejero. Y lo que iba a ser una propuesta pacífica, que no podía hacer más que el Rey y que por lo tanto era muy arriesgada, se convirtió en un golpe que ya derivó en la necesidad de salvar a los diputados que estaban en el Congreso. Y le puedo asegurar, firmemente, que se dio el discurso en cuanto se pudo, no esperando a nada. Quiero decir que desde el primer momento ya estaba decidida la postura del Rey, como es lógico.

Sabe bien que aquel retraso del discurso de don Juan Carlos dio pie a algunos a pensar que el Rey, antes de hablar, quería ver como acababa todo aquello…

Yo puedo asegurar rotundamente que desde el primer momento se había hecho ya el discurso, porque yo lo hice con el Rey. Cuando llamé para que mandaran una cámara -ahora hay cámaras, pero entonces tenía que venir de televisión- hablé con Fernando Castedo, el director general [de RTVE], y noté que no se expresaba bien. Yo le dije: «Mira, el Rey quiere lanzar un mensaje y ya lo tenemos hecho y tienes que mandar una cámara». «Sí, claro, pero es que…». En fin, empezó a demostrar que había dificultades. Ya deduje: «Pero, ¿es que tienes a alguien ahí?» Y dijo: «Sí». Claro, había una compañía, un regimiento de Transmisiones que había ocupado Prado del Rey. En vista de eso, el jefe de la Casa, don Nicolás Cotoner, el Marqués de Mondéjar, que era amigo del coronel al que pertenecía esa unidad, le llamó y le dijo: «Retira eso». Eso llevó tiempo. Después salió la cámara y tardó en llegar. Luego el Rey se fue a vestir de capitán general porque con todo ese apuro estaba con chándal. Hubo que devolver la cinta con todas las dificultades, que no sabíamos si la Zarzuela estaba rodeada. Es decir: no hay ningún interés y ninguna intención deliberada en que no se diera hasta la hora que se dio. Fue en cuanto se pudo dar. Luego se ha dicho que es que el Rey no daba el mensaje esperando cómo discurrían los acontecimientos en el Congreso con Armada… no. La verdad es que materialmente no se pudo hacer antes. El Rey reaccionó de una manera muy clara y muy rotunda y habló con todos los capitanes generales, aparte de dar el discurso en cuanto pudo.

General: muchas personas se sorprenden de que militares como usted o Manuel Gutiérrez Mellado, o antes Díez-Alegría, que venían de la dictadura, tuvieran tan claro que había que llegar a la democracia. ¿Quién les elegía a ustedes para puestos clave?

Eso no lo sé pero bueno, yo creo que, en definitiva, el Rey. Si yo fui a la Casa Real fue por el Rey. Pero antes de eso, pues no lo sé. De todas maneras, el general Díez-Alegría… le admiro mucho. Le admiré y creo que hizo una gran labor. No todo el mundo lo creía.

¿Quién fue el mentor de Sabino Fernández Campo?

Pues la verdad es que nadie. La situación. En fin, no sé. El ambiente, el instinto que aquello no podía seguir, que había que cambiar, que había que ir con prudencia a una transformación política.

Antonio Garrigues Walker nos dice en este documental sobre Adolfo Suárez: «España es que no sabe dar bien las gracias. Las da tarde y mal».

Es posible, porque el agradecimiento a Suárez tenía que ser enorme. Enorme. Para mí hubo ese fallo, pero claro, ahora es muy fácil analizar lo que son los fallos. Pero entonces estábamos metidos en plena vorágine y no era fácil discriminar lo que iba a tener malas consecuencias o las tendría buenas. En general, Suárez lo hizo todo magníficamente y con una gran habilidad y tenía una gran simpatía y un gran afán de servir a España. Así que yo le admiro mucho y siento horrores la situación en que se encuentra. El hombre ha tenido tan mala suerte familiar y después, esta enfermedad que es tan penosa… Yo lo siento tanto… porque quiero mucho a Adolfo, le admiro muchísimo, tuve con él mucha relación. Fundamentalmente esa confianza que tuvo en exponerme a mí antes que iba a dimitir y las razones por las que dimitía.

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