El inevitable peso de los nacionalismos.

MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Lamento que, cada vez que abordo este tema, haya de comprobar la diferencia de sentimientos y sensibilidades -vamos a llamarlo así- entre los diversos territorios de este gran territorio que es España. Comprendo y comparto plenamente el amor a la patria, a esta gran nación. Y, sin embargo, no entender que el nacionalismo, que es un estado de espíritu más que algún tipo de doctrina política, existe, sin más, es vivir en el error. Y, así, no se piensa de la misma manera sobre unas cosas -pongamos Bildu, por ejemplo- en muchos puntos del País Vasco que en Madrid, Huelva, Gijón, Valencia o Zamora, pongamos por caso. Convertir por ello al PNV en cómplice de las demasías de sal gorda de algún bildutarra es, así, una simplificación excesiva. Y lo mismo podríamos decir respecto de Cataluña en temas de su incumbencia, como el Estatut.

No queda otro remedio que afrontar con realismo esta situación de hecho: los conceptos de bandera, de territorio y hasta la forma del Estado, comenzando por la Monarquía, son contemplados de manera diferente desde el mundo nacionalista. Y todo estadista demostrado en el debate sobre el estado de la nación, ahora mismo la convocatoria o no de elecciones adelantadas depende de que el Partido Nacionalista Vasco decida, o no, apoyar los Presupuestos del Gobierno de Zapatero. O, lo que es lo mismo, nadie sabe en estos instantes si se anticiparán o no las elecciones de marzo; ni siquiera José Luis Rodríguez Zapatero, que es a quien correspondería la decisión última, porque aún desconoce con qué apoyos contará en el momento decisivo.

Esta no es debilidad exclusiva del Gobierno del momento; le ocurrió lo mismo a José María Aznar en su primera Legislatura -incluso llegó a ofrecer una vicepresidencia del Gobierno central a alguien de CiU– y, antes, también Felipe González debió depender de los nacionalistas a la hora de hacer aprobar algunos de sus proyectos.

Y es que lo que ocurre, qué le vamos a hacer, es que los nacionalismos son la fuerza más votada en sus respectivas comunidades autónomas. Resulta inútil, y hasta contraproducente, hostigarles; véase, si no, la espléndida campaña de publicidad que, entre todos, le hemos regalado, involuntariamente desde luego, a la coalición Bildu, que es una pesadilla mucho mayor, contemplada desde Madrid y otros puntos, que los nacionalismos ‘clásicos’. Pero que acabarán, es de temer, aliados con el PNV en las próximas elecciones autonómicas vascas.

Pienso que, en ocasiones, desde el corazón del Estado, o sea de España, algunos, emplazados en el extremismo, califican como ‘debilidad’ lo que debería ser tolerancia. Si queremos que algunas de las llamadas nacionalidades ‘históricas’ se mantengan sin desestabilizar (en demasía) el Estado, hay que lograr que los nacionalismos permanezcan sin traumas y suficientemente conformes dentro de lo que es la nación, es decir, España. Entonces, los nacionalismos, que naturalmente -cómo no- buscan su propio interés, se mantendrán en los límites del ‘statu quo’ sin provocar excesivos oleajes y sin que la ley deba caer en la maldición ‘summa lex, summa iniuria’: es, y para eso están los jueces, interpretable.

Complicado, ya lo sé, panorama. Una complicación que, por cierto, no viene de hoy, sino que ha ido tejiéndose a lo largo de ya casi dos siglos. Conciliar la fuerza del Estado con la disgregación innata a los nacionalismos no es fácil, ni el algo que pueda resumirse en apenas estas líneas. Simplemente, y pongo apenas otro ejemplo, creo que es una muestra del dislate en el que vive nuestra clase política el hecho de abandonar el hemiciclo cuando, en el debate del estado de la nación, concluye el rifirrafe Zapatero-Rajoy y ocupan el estrado Josep Antoni Duran i Lleida o Josu Erkoreka. Me parece que ambos merecen ser escuchados con atención, y no solamente por la calidad de su discurso: es que a todos nos va mucho en ello. ¿Cómo es posible que aún no hayamos llegado a entenderlo?

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