A los médicos y el personal sanitario de la Sanidad Pública, les paga las nóminas un mecenas de Marte, una especie de Madre Teresa de Calcuta extraterrestre que decidió ocuparse de la salud de los pobres españoles. Los sofisticados medios de diagnosis de última generación los dona una corporación de beneficencia con domicilio social en la Nube póstuma de Steve Jobs. Las camas, las sillas de ruedas, las ambulancias, las UCIS, los box de urgencias, los quirófanos, cosas de esas, caen del cielo esas noches en las que se anuncian mágicas lluvias de estrellas. Los profesionales de la limpieza pertenecen a desinteresadas ONGs dedicadas a mantener los hospitales y los centros de salud como los chorros del oro. La comida de los pacientes la cede amablemente una generosa cadena de supermercados que se expande por la Vía Láctea.
Esa es la única explicación que podría justificar la solemne declaración de que la Sanidad Pública española es gratuita. Sólo un pueblo afortunado como el nuestro, puede acostarse por las noches con la tranquilidad de que el sistema nacional de salud no nos cuesta un euro. Para que luego digan que el pueblo elegido de Dios eran los israelitas ¡Cuánta ignorancia hay en el mundo! ¡Cuánto envidia el personal que habita más allá de los Pirineos, a éste pueblo que habita más acá al que le sale gratis la Sanidad, la Educación, la Dependencia y todo eso a lo que llaman el Estado de Bienestar!
Hace algo menos de dos años, o sea, en la prehistoria en la que Trinidad Jiménez todavía era Ministra de Sanidad y más cosas, descubrieron a través de una consulta demoscópica que sólo 27 de cada 100 españoles sabían que la Sanidad Pública se financiaba con impuestos. Más de un 60% vivían convencidos de que era el Estado, o sea, Zapatero, sus ministros, los altos cargos y demás personal concienciado, los que se rascaban los bolsillos para que la Sanidad y todo el Estado de Bienestar les saliese a los ciudadanos por la cara. Y sobre esa mentira cochina, como dirían nuestros hijos, se ha levantado el imperio ideológico de la progresía como dique de contención contra la amenaza permanente de una invasión conservadora: ¡qué viene la derecha!.
Esa consigna, ése aviso permanente a navegantes, quiere decir que vienen los “cobradores del frac”. Que si no está la izquierda en el poder, prepárense ustedes para pagar lo que antes les salía gratis. Que tipos como Rajoy, como Montoro, y señoras como Ana Mato, no están dispuestos a pagar el Estado de Bienestar de sus bolsillos, como venían haciendo Zapatero, Elena Salgado, Rubalcaba, Pepe Blanco y todos esos mecenas que, casualmente, han coincido en el PSOE en el reciente periodo de historia de España.
La derecha española es tan zote, está tan acomplejada, le atormentan tantos remordimientos históricos, que es incapaz de desmontar la leyenda sobre el Camelot del Estado de Bienestar español. También a ella, cuando está en el poder, le conviene que los españoles sigan creyendo que el Estado es Papa Noel. Pero, en pleno y estéril debate entre lo público y lo privado, entre lo “gratuito” y las tentaciones de “copago”, entre la hermosa utopía y la cruel realidad, empieza a ser urgente que los “niños perdidos” españoles hagan las maletas para abandonar el País de Nunca Jamás:
1.La Sanidad Pública española no es gratuita. La pagamos todos, entre todos y, en una proporción que no está suficientemente explicitada, a través del sistema más injusto y menos equitativo de impuestos indirectos, sobre hidrocarburos y con sibilinos céntimos sanitarios ¿Acaso los jubilados, los ciudadanos de rentas más bajas, no tienen que rellenar de vez en cuando los depósitos de sus automóviles?
2.Los fondos de la Seguridad Social están absolutamente desvinculados del gasto en Sanidad desde los Pactos de Toledo. Lo que se retiene para Seguridad Social garantiza las prestaciones económicas, pero en ningún caso (salvo que se hagan trampas) se desvían para financiar la Sanidad.
3.De los Presupuestos Generales del Estado, de recaudación progresiva según las rentas, se transfieren partidas a las diferentes Comunidades Autónomas titulares de las competencias en Sanidad. Esa es la aportación más justa y equitativa, pero no dejar de salir, proporcionalmente, de los bolsillos de todos los españoles.
4.Si todo esto mezclado no es una fórmula consolidada de “copago”, que baje Dios y lo vea. Los españoles llevamos décadas “copagándonos” nuestro Bienestar.
¿Acabamos ya con el mito de que la Sanidad Pública española es gratuita, o seguimos mareando la perdiz? ¿Qué parte de que los servicios de salud de España los pagan, directa o indirectamente los ciudadanos, no se quiere entender? ¡Que levanten la mano los que crean que el Estado de Bienestar no se lo costean todos y cada uno de los españoles, con un porcentaje de sus ingresos y con el sudor de sus frentes! ¿Nos gusta nuestro Estado de Bienestar? Y conviene recalcar la palabra “nuestro”, para que los Rubalcaba y los Rajoy, los unos y los otros, no sigan intentado seducirnos con la idea de que es un regalo del Estado, una concesión a sus súbditos por parte de los generosos y sucesivos inquilinos de La Moncloa.
¿Nos gusta nuestro Estado de Bienestar?, volvamos a entrar en materia. Pues es el momento de no dejarse arrastrar por los sibilinos cantos de sirena. Es de los españoles, lo pagan los españoles y el debate debe quedar entre los españoles. Para mantenerlo, para garantizar que los más desfavorecidos puedan disfrutar de Sanidad, de Educación, de Dependencia, de servicios sociales gratuitos, ¿es justo o injusto que los más favorecidos, a partir de una renta predeterminada, aporten solidariamente incrementos progresivos para que no acabe cerrando por insolvencia?
Esa es la cuestión. Unos alarman anunciado que viene el lobo del “copago” y los otros se aferran a la vanidad de su gestión, en vez de apelar humildemente a la solidaridad de los españoles. Desgraciadamente, la solución no la van a aportar los políticos, enrocados en su eterna partidita de ajedrez electoral y electoralista.
La solución flota en el viento, entre la gente corriente, si media España, por una vez, decide aportar un plus para que a la otra media no se le congele el corazón contemplando la demolición del Estado de Bienestar.

