Somos un país de Simpons con capital en Springfield

España sigue con sus peleas de niños mientras Europa nos cerca

Los conservadores "made in Spain" se aferran a De Guindos, Sorayas, personajes que se alimentan de la soberbia de sus currículos

Es aquí donde la Zona Euro ha decidido montar su Stalingrado. Se cedió mucho territorio, Grecia, Irlanda, Portugal, como la madre Rusia fue cediendo terreno, cosechas, seres humanos ante el avance relámpago de una Alemania que sólo podía huir hacia adelante. Pero, justo en España, se ha decidido dilucidar el todo o la nada del sueño de los Estados Unidos de Europa.

A los españoles nos ha tocado el chino de estar en el lugar equivocado en el momento más inoportuno. La dichosa burbuja inmobiliaria es una disculpa que suena ya como un disco rayado. El sistema financiero es una inmensa cortina de humo que mantiene ocupados a los estadistas del momento, que parecen dioses en las cumbres televisadas, pero sólo son efímeras aves de paso. La Banca está formada por ejércitos de señores con manguitos, soldados, oficiales, altos mandos, que sólo estaban preparados para contar billetes, y no han podido adaptarse a la nueva contabilidad global del «debe» y el «haber» virtuales.
 
Las manos que mecen la cuna
 
Esta es otra guerra de los mundos de Orson Wells radiada, televisada, descrita con todo lujo de detalles en la prensa escrita. Pero el problema es que no es una ficción, sino que va en serio. El drama es que, los que parece que mandan, los Obamas, las Merkel, los Putin, los Hollande, gente así, se acuestan todas las noches preguntándose qué manos están meciendo sus cunas. Y los famosos mercados, con sus siniestros lacayos de traje y corbata en las Citys, sólo son la placenta sociológica donde unos cuantos Caines se dedican al exterminio en masa de miles de millones de ingenuos Abeles que, entre ellos, o sea, entre nosotros, practicamos el «canibalismo» financiero: fondos de pensiones de padres y abuelos que condenan al paro a sus hijos y nietos, intereses de ahorros invertidos en Bolsa, en deuda, que convierten a hermanos en verdugos de hermanos. El hombre contra el hombre, los pobres mortales contra los pobres mortales, mientras unos cuantos dioses se frotan las manos en su Olimpo inexpugnable, inaccesible e inmune.

La batalla de España es la batalla de Stalingrado en versión occidental. Rajoy ni siquiera es Presidente, sino el modesto alcalde desbordado de una enorme ciudad de 46 millones de habitantes en la que, dos bandos minoritarios y desconocidos, con intereses inescrutables, han decidido hacer un ajuste de cuentas, caiga lo que caiga y caigan las decenas de millones de seres humanos que caigan. Rubalcaba es un charlatán de feria cuya única obsesión es acabar gobernando un país en el que no va a quedar piedra sobre piedra. Los conservadores «made in Spain» se aferran a De Guindos, Sorayas, personajes que se alimentan de la soberbia de sus currículos, que sólo son papel mojado en esta noche de los tiempos. Los progres anónimos son conmovedores miembros de una tribu de galos, dirigidos por Astérix y Obelix, Rubalcabas y Valencianos, que ya no tienen druidas y han perdido la receta de su «pócima mágica».
 
Un País de Simpsons con capital en Springfield

Cándido Méndez y Fernández Toxo son ridículos señores de la guerra sindical callejera, que intentan convencer a los trabajadores de que sus enemigos son gigantes del IBEX 35, de Moncloa, cuando en realidad son molinos de viento cuyas aspas se mueven por lejanos e inaccesibles controles remotos. Los ciudadanos caen como conejos, pero ni siquiera tienen el consuelo de saber quiénes están apretando los gatillos. Los indignados se indignan con las marionetas que tienen al alcance de su mano, de sus pancartas, de sus megáfonos, pero vuelven siempre a casa sin saber quiénes manejan los hilos. Los predicadores mediáticos nos hemos especializado en reflexiones, informaciones, crónicas y entrevistas a dibujos animados, pero no acabamos de encontrar la pista que nos conduzca a los guionistas de esta serie de los Simpson españoles, cuya capital se ha convertido en un Springfield donde no predomina el amarillo, sino el color zaino de los pueblos de lidia condenados a ser toreados.
 
España parece el problema, pero quieren que sea la solución a cualquier precio
 
No es que España sea el problema. Es que se ha convertido en el campo de batalla de la guerra terrenal de las galaxias. No es que los españoles nos hayamos convertido en los malos de la película, es que en nuestro territorio se está dirimiendo el ser o no ser del euro. No es que Berlín no sea la réplica moderna de la antigua Roma, es que han aparecido síntomas que predicen una nueva caída del nuevo imperio romano. Los cañones de los mercados, mercenarios de otro Atila al frente de otros Hunos, apuntan a España, nos acribillan a intereses y primas de riesgo, porque nos hemos convertido para Europa en lo que fue Stalingrado para la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas: el territorio en el que, a cualquier precio humano, se va a decidir quiénes ganan y quiénes pierden una guerra que no es la guerra de centenares de millones de anónimos y simples seres humanos.

Pero sigamos a lo nuestro, con Nadal, con la Eurocopa, el futuro penal de Divar y La Pantoja, si el CIS se inclina por el PP o el PSOE, si Rajoy es menos malo que Rubalcaba o viceversa, quién gana el pulso entre las cavernas mediáticas conservatas y progres, si Javier ha empezado a moverse por Arenas movedizas, si la Chacón le va a robar la cartera a Alfredo, cuánto AVE puede volar todavía por España, cuánto banco zombi podemos mantener como decorado de cartón piedra, cuántos votos están en juego en el pulso semántico del estigma del «rescate», qué Españita se va a llevar a los españoles al huerto de las urnas…

Sigamos siendo un pueblo de niños, caprichosos, rencorosos, pretenciosos,  encerrados en nosotros mismos y peleándonos por el juguete roto de España.

 

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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