La comedia del G-20 y la "tragedia griega"

¿Pegarse un tiro o subsistir hurgando en el contenedor de basura?

Los "elegidos" pasan olímpicamente de los electores

El resultado de las elecciones griegas ha provocado un sonoro alivio político, económico, mediático y civil en Europa y en el occidente. Las cabezas más lúcidas del primer mundo y sus masas de gente corriente «políticamente correcta» se han levantado esta mañana exclamando: ¡buenos días, esperanza!

Y sólo los bobos, los utópicos, los ciudadanos afectados por la terrible enfermedad crónica de la cándida adolescencia democrática, han plagiado a Françoise Sagan frente al espejo, mientras se acicalaban para su cita cotidiana con la vida, y han lanzado un susurro, un grito del silencio con la mirada: ¡buenos días, tristeza!

Porque la supervivencia del euro será buena para Europa, lo que es bueno paras Europa ser bueno para Grecia, lo que es bueno para Grecia será bueno para España, y así sucesivamente, en un mundo de inescrutables vasos comunicantes financieros.

Pero si ayer no quedó abolida la empatía en Europa; si algunos europeos fueron capaces de ponerse en la piel de los helenos, contra viento, marea y profecías que anunciaban el fin del mundo, quizá se hayan acostado con el amargo sabor de la democracia adulterada, de urnas rellenas de votos del miedo, de la supremacía de los mercados sobre los seres humanos y de la arriesgada libertad como moneda de cambio para abrigarse en el puerto ¿seguro? del euro.

5 mil millones de moscas no pueden equivocarse

Hubo un tiempo, antes del euro, de la crisis, de los rescates, de las Merkel, de los Obamas, de las primas de riesgo, de las deudas soberanas y las guerras economicistas entre seguidores y detractores de Krugmnan, en el que la gente se paraba a reflexionar unos segundos ante irónicos grafitis urbanos que exponían una obviedad zoológica, para intentar evitar que la humanidad cayese en una paradoja antropológica: «cinco mil millones de moscas no pueden equivocarse: ¡coma mierda!

La pregunta que quizá se estén haciendo en voz baja millones de europeos, que jamás se atreverían a proclamarla en voz alta, en plena euforia global y sin la presencia de sus abogados, podría ser parecida a esta: ¿y si hemos empezado a comer mierda?

Sería terrible que el alivio de la población occidental esta mañana del «día después» de Grecia, éste lunes que arrecia el penetrante olor a euro mezclado con diarrea sociológica, tuviese alguna semejanza con el alivio de las moscas ante el paisaje «alentador» de una plantación de boñigas. Pero incluso en estas circunstancias, con todas las enmiendas a la totalidad que puedan estar haciendo las minorías compuestas por los más tontos de la clase, hay que aceptar los principios democráticos de que las mayorías tienen razón.

Se puede no compartir la forma y el fondo que ha conformado en Grecia la «mayoría del miedo», pero nada tendría sentido si no se aplicase la tesis de Voltaire para esas ocasiones: «estoy dispuesto a dejarme matar para que todo el mundo, bajo cualquier circunstancia, exprese sus ideas». Lo que sale de unas urnas, con miedo o sin miedo, va a misa.

Y la alegría de los observadores políticos, económicos, mediáticos y civiles, podrá herir la sensibilidad de algunos espectadores, pero el personal está en su derecho de apostar por «europan» para hoy sin parase a pensar si a sus descendientes les costará el hambre democrático del mañana.

Cumbres para hablar de las personas

Sólo una cuestión, una humilde sugerencia, de esas que están condenadas a caer en saco roto. Ahora que se inicia el viacrucis de los dioses de la Tierra, el G-20, la Cumbre del Crecimiento, un nuevo paripé del Consejo de Europa y a las dichosas videoconferencias, que deben ser como réplicas virtuales de la Torre de Babel resueltas con traductores, que tengan al menos la decencia de iniciar todas las sesiones, en cualquiera de los rincones elegidos en el planeta, con un acto preliminar de obligado cumplimiento: la lectura de un párrafo de la carta póstuma de un ser humano griego, ex farmacéutico, que dejó de llamarse Dimitris Christoulas a principios de ésta abril de 2012, segundos después de sonar un disparo y desplomarse como un muñeco roto ante el Parlamento Helénico:

«El gobierno de Tsolaskaglou ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ningúna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego cogiera un kalashnikov, yo le apoyaría) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para poder subsistir. Creo que los jóvenes sin futuro cogerán algún día las armas y colgarán boca abajo a los traidores de este país en la Plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945»

Que la lea Emily, su hija huérfana, y que vayan traduciéndola simultáneamente a todos los idiomas de los sesudos políticos, asesores, enviados especiales mediáticos, observadores e invitados que asisten a esas funciones de teatro en clave de comedia. No les vendría un poco de tragedia griega.

Sería un detalle que, antes de ponerse a hablar de macroeconomía, de deuda soberana, de déficit, de mercados, de recortes, de disciplina fiscal, de la salud financiera, de austeridad, de crecimiento, de IVA, de intervención, de cesión de soberanía y de euro como unidad de destino en lo universal, dedicasen unos minutos a hablar del ser humano.

Los «elegidos» pasan olímpicamente de los electores

Porque, en esas cumbres, en esas videoconferencias, en esos shows itinerantes que van montando los «elegidos» por todo el planeta, siempre se olvidan de hablar de las personas, de los electores, de los anónimos habitantes de sus respectivos países que son los que les han legitimado, los que les han expedido las credenciales para que los representen, los que han convertido a hombres y mujeres en todopoderosos, durante una legislatura, para que pongan los Estados al servicio de las personas y no las personas al servicio de los Estados.

Está muy bien que quieran salvar a EE UU, a Alemania, a Francia, a España, a Grecia, a todas esas grandilocuentes palabras con himno y con bandera. Pero nada tiene sentido si no salvan a sus habitantes. 1.800 griegos, por ejemplo, ya se han aplicado a sí mismos la eutanasia. Y debe miles de Dimitris Christoulos dándole vueltas a sus cabezas, en decenas de idiomas, para despejar el paradigma que les consume: morir de pie o vivir de rodillas hurgando en los contenedores de basura.

Es difícil saber si hay pan para tanto chorizo. Y empieza a ser muy complicado prever si habrá balas para tantos seres humanos deshojando siniestras margaritas.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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