La España kaki se enfrenta al enemigo invencible de la crisis

Pedro Morenés deshoja la margarita de un ERE en Defensa

48 mil mandos militares para 86 mil soldados. El ratio es insostenible

Se alquilan buques de guerra; se anuncian retiradas anticipadas de militares desplegados en misiones en el exterior, Afganistán, el Líbano, lugares calientes del planeta; se hacen cábalas sobre el ratio de oficiales por tropa, y la cosa sale a 1 mando por cada 1,8 soldados; se deja en el dique seco al Juan Sebastián Elcano; se reducen los simulacros navales y aéreos al compás que marcan los precios del combustible; se mantiene un ejército homologable entre las potencias europeas, en un país que cada semana se somete a la subasta al alza de sus incrementos de deuda soberana…

La España kaki tiene que izar bandera blanca

La España kaki, que tampoco ha hecho alardes de «pijerío» militar, ni ha practicado la reciente moda friki del «culturismo» bélico, tiene que izar bandera blanca ante la crisis. Probablemente este país necesite los 134 mil efectivos que conforman su ejército. Seguramente le sobran muchos de los 1.500 coroneles, 220 generales y un conjunto de 48 mil mandos que hibernan en la cúpula de una pirámide, en cuya base, se ganan la vida y a veces la muerte 86 mil hombres y mujeres que conforman la clase de tropa.

Una de las empresas con mayor plantilla del Estado español, todo eso que en su conjunto llamamos Defensa, estaba preparada para ganar batallas en misiones de guerra y misiones de paz convencionales, pero resulta vulnerable a la guerra fría y calculadora del invisible enemigo de los mercados.

Y Pedro Morenés, el ministro de la cosa, podrá disfrazar sus reflexiones, sus predicciones, del color de rosa del «Wellcome home» anticipado de nuestros muchachos esparcidos por el mundo preguntándose si esas son sus guerras. Pero en realidad está deshojando la margarita de un ERE.

Más del 70% del presupuesto de Defensa, unos 4.600 millones de euros, se consume en gastos de personal. Hay coroneles al mando de dos o tres operarios que mantienen piscinas, bibliotecas o pequeñas residencias militares. Hay generales contemplando durante horas las paredes de un despacho en el que no se recuerda la última vez que llegó y se tramitó un informe.

Hay mandos que ya han olvidado la última vez que dieron una orden. Es improductivo, insostenible y paradójico en un país, en estado de emergencia, en el que duele pero se puede llegar a asimilar la reconversión de la minería, la reducción de la administración pública, la dieta sanitaria y educativa, las técnicas de ordeño masivo e indiscriminado a través del IVA, de las últimas gotas de leche que le van quedando a millones de españoles.

El mantra a la desesperada de Rubalcaba

Allá ellos, los pacifistas creyentes y los «posturitas» pacíficos si hacen una lectura interesada. Allá Rubalcaba si se apunta el tanto político y parlamentario con el mantra demagógico de la disminución de los gastos de Defensa que se ha sacado a la desesperada de la chistera vacía de conejos.

Cuando la proa del A-15 Cantabria, el segundo buque más grande de la Armada española ponga rumbo a Australia, cedido en régimen de alquiler a un Estado que todavía puede permitirse el lujo de jugar a la guerra en maniobras navales, seremos un poco más conscientes de que la «fiesta se acabó» para todos y para todo.

Es verdad que se corre el riesgo de que los magrebíes vuelvan a invadir la isla de Perejil, pero siempre nos quedará la OTAN, como a Bogart y Bergman siempre les quedará París en el celuloide.

Una OTAN que, por cierto, le sigue pidiendo a un país como el nuestro, en la cuerda floja del Rescate, 30 millones de euros al año para mantener los gastos de intervención en misiones de paz, de intermediación, en los más remotos territorios del planeta.

La incoherencia del club selecto de Occidente

En qué quedamos, responsables de los siniestros «señores de negro» que nos envían para supervisar a la irresponsable España: ¿no es éste un país en quiebra al que hay que inyectar euros en vena?

Resulta paradójico e incoherente que, al menos hasta que regularicemos el déficit, estabilicemos la deuda, rebajemos el desempleo y descubramos la hormona del crecimiento económico, no nos eximan de las cuotas como socios de la OTAN, de la Unión Europea, del FMI, de la UNESCO, de todos esos clubs selectos del nuevo orden internacional que, en estos últimos tiempos, se ha encargado de divulgar por el planeta que España está en alarmantes números rojos, que presenta síntomas inequívocos de poder llegar a la morosidad soberana y que, cualquier años de estos, se pueden ver obligados a enviarnos a «cobradores del frac», en vez de a supervisores vestidos de negro.

Parece evidente que aquí hay gato encerrado. Que por un lado no encajan las cuentas, pero por otro no encajan los cuentos. Alguien está practicando juegos prohibidos con España, pero no acabamos de averiguar quiénes, por qué, para qué y hasta cuándo.

Mientras tanto, al mismo tiempo que Pedro Morenés deshoja la margarita del ERE (si, no, si, no…), coincidiendo con la impresión de que España es invencible en los terrenos de juego de fútbol, hay que resignarse a aceptar que el ejército español no le puede ganar la guerra a la crisis, los «muyahidines» de las agencias calificadoras y los terroristas de corbata de los mercados.

¡Lo que tenga que hacer el Ministro de Defensa, que lo haga pronto! Resulta imposible asimilar que por cada 1´8 soldados sea necesario un mando militar. Ese ratio, además de insostenible, es una provocación en un país en el que uno de cada cuatro españoles es laboralmente prescindible.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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