Hollande defiende en Londres una Europa de varias velocidades

El ‘primo de Zumosol’ galo deja a Rubalcaba con el culo al aire

En el europaisaje que diseña Asterix, España viajaría en carro de bueyes

Monsieur Hollande, cuyo poster quizá había sustituido ya al tradicional poster del Che en el corazoncito de Rubalcaba, se ha ido a Londres a abortar, como en tiempos de infausto recuerdo tantas jóvenes españolas. Llegó a orillas del Támesis preñado de una Europa alternativa, solidaria, justa, tras un corto período de gestación en el que un emocionado Secretario General del PSOE se brindaba a ser el padrino de la futura criatura, pero ha vuelto convicto y confeso de una interrupción voluntaria de embarazo.

El feto de la Europa de Hollande yace desde hace 24 horas en algún contenedor británico de residuos políticos biodegradables. Esa Europa ha muerto antes de haber nacido: ¡Viva la nueva Europa de varias velocidades! La que ha presentado en sociedad Hollande, con luz y taquígrafos, utilizando un sutil eufemismo, «que cada Estado tome lo que quiera de la UE» que, en román paladino, significa ¡sálvese el que pueda!
 
Cada perro que se lama sus heridas
 
La tesis de le petit Napoleón francés, hace mención a los pocos Estados que todavía pueden permitirse el lujo de tomar lo que quieran de la Unión Europea, pero marca una línea divisoria, dibuja la siniestra silueta de un «apartheid» para los Estados a los que no les queda más remedio que tomar por donde quieran los promiscuos Hombres de Negro que, generalmente, ateniéndonos a la experiencia adquirida, casi siempre eligen esa parte donde las espaldas pierden su noble nombre.

Personas que pasaban por la calle Ferraz, a los pocos minutos de haberse extendido el conjuro de Monsieur le President de la Republique por toda la orbe socialdemócrata, aseguran que se escuchaba un lamento a través de la ventana del despacho de Rubalcaba: «¡Hollande, Hollande!, ¿por qué nos has abandonado?». A España es que la ha dejado talmente abandonada a su suerte, prisionera de la «herencia recibida» y a merced de un gobierno de bomberos sin recursos para extinguir los incendios provocados, los incendios fortuitos y los incendios por imprudencias que asolan a la economía española.
 
Europeos en AVE, en tren convencional o en carros de bueyes
 

El «primo de Zumosol» de Rubalcaba acaba de dejarlo sólo ante su pasado con antecedentes penales, ante su presente amenazado por sesiones clandestinas de vudú de distintos y distantes compañeros de partido y ante un futuro con menos porvenir que ZP si se ofrece a presidir una comunidad de vecinos. El «efecto Hollande» desaparece como placebo para el PSOE y para la socialdemocracia europea. Ya no se trata de aspirar a seguir el ritmo de Bruselas, aunque sea en los vagones de cola. Es que algunos europeos viajarán en AVE, otros en expresos de esos de media noche y otros (entre los que pueden quedar incluidos los españoles) en carros de bueyes, contemplando cada vez más lejos la tierra prometida del progreso.

El «aborto» de Hollande en Londres, es la primera interrupción de embarazo que ha herido la sensibilidad del socialismo español. Les han dejado solos, como a los de Tudela, y ni siquiera tienen ánimo para cantar de cualquier manera. Se han quedado en silencio, demudados, aferrados al pírrico consuelo de cantarle hoy las cuarenta a Mariano Rajoy en el Congreso y rasgarse mañana las vestiduras en emisoras de radio, platós de televisión y páginas de papel periódico.
 
Rubalcaba llegó a creerse que los «niños» venían de París
 
Pero el trauma de los «besos de Judas» de Hollande, que les ha vendido por treinta monedas de plata tras sus últimas confidencias con Ángela Merkel, conmemorando, como una profecía, el 50 aniversario de la reconciliación franco-alemana entre Charles De Gaulle y Konrad Adenauer, le ha dejado «groguis», sin la pócima mágica de Asterix que les permitía crear confusión europeísta en las poderosas legiones Populares, con su euromantra caducado y un cortocircuito en el cordón umbilical que les unía a París.

En lo bueno y en lo malo, en la enfermedad y en la salud, en la riqueza y en la pobreza, los que los españoles han unido: al inquilino de La Moncloa con la Unión Europea, no puede separarlo el hombre, aunque se llame Rubalcaba. Sobre todo desde que su ídolo pagano Hollande ha demostrado en Londres que tenía los pies de barro.

Por lo menos es de suponer que Rubalcaba y sus cortesanas y cortesanos de Ferraz, han aprendido una lección: que las ideas, los argumentos, las estrategias de oposición, las reconquistas, nunca pueden venir de París. Siempre ha sido un mito, un recurso, como aquel que utilizaban nuestros mayores cuando de chiquillos les poníamos en aprietos sobre la reproducción humana: «Los niños vienen de París»

 

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído