No somos Más frívolos porque no entrenamos

Volvemos a ofrecerle al mundo postales de una España en blanco y negro

Una pachanga entre "amigos de Messi" y "amigos de Cristiano"

¿Quién le ha dado vela en ese entierro a la «España caqui» en la reserva, a la Conferencia Episcopal, a los graderíos del Nou Camp, algo más que un Estadio, donde juega algo más que un club, ante algo más que una afición que de mayor quiere vivir en algo más que una Comunidad Autónoma?

Un partido que se debería jugar sobre el terreno de juego constitucional, se ha convertido en una «pachanga» mediática, tuitera, con sus «boixos nois» y sus «ultra sur» echándole todo el día más leña al fuego.

El sentido común castellano y el seny catalán están entrando al trapo, y volvemos a ofrecerle al mundo postales de una España en blanco y negro, con su Guardia Civil invocada por Vidal Quadras, su gitana sentada ante un Tribunal de Málaga, Pilar Rahola en plan Pasionaria, Estopa interpretando «Suspiros de España», tertulianos emulando a «El verdugo» de Berlanga, simulacros de semanas trágicas de Cataluña, invitaciones retro a bajar del desván obsoletos «pactos de San Sebastián» o mítines de Mario Conde con gomina, como una reencarnación de José Antonio Primo de Rivera.

No somos Más frívolos porque no entrenamos

A España se le ha estropeado la marcha adelante y camina hacia atrás, como los cangrejos. El mundo debe estar escoñándose de risa de nosotros. ¡Qué pueblo tan curioso estos españoles, que se creen que han presenciado un partido entre la selección de España y la de Cataluña y, en realidad, han malgastado tanta pasión, tanta energía agitando banderas, por un encuentro de trámite entre «amigos de Messi» y «amigos de Cristiano»!

¡Qué ridículos La Moncloa y el Palau de la Generalitat, los medios de Madrid y los medios de Barcelona, intentando pervertir los fundamentos del fútbol: ése añejo deporte que consiste en que una bola muy pequeña ruede sobre una bola muy grande! Han sido tantos los ciudadanos del Estado suspirando con que su equipo metiese un gol en la portería contraria con la bola grande, ante Dios, la historia y el mundo, que todavía se escuchan las carcajadas en los cuatro puntos cardinales del planeta.

Al margen de ser catalanes o del resto del Estado, más allá de lo que depare un referéndum unilateral o consensuado, un debate sobre la reforma constitucional y la propia historia, los habitantes europeos del sur de los Pirineos no somos más frívolos, más autodestructivos, más tontos, porque no entrenamos.

Es imposible saber las aspiraciones que tienen cada uno de los catalanes que reclaman el divorcio de España. Pero no resulta difícil intuir las aspiraciones de Artur Más en su desesperada huída hacia adelante:

Cataluña: un Puerto Rico en Europa

Convertirse en un Estado libre asociado de Los Estados Unidos de Europa. O sea, un Puerto Rico a la europea, con cooficialidad de idiomas (excluido el español, naturalmente) y ondeando juntas en los cielos de Cataluña la Estelada y la bandera de la UE. Para ese viaje no hacían falta alforjas independentistas, Honorable President. Juegue limpio después de las elecciones y pregúntele a su pueblo en la consulta «clandestina» que propone: ¿a quién queréis más: a Mama España o a Papa Europa?

Todo consiste en un cambio de cromos, cortar un cordón umbilical para seguir dependiendo de otro, divorciarse de Madrid para echarse en los brazos de Bruselas, esa amante posesiva que siempre acaba intentando devorar a sus amados, Sarkocy, Passos Coelho, Samaras, Monti, Rajoy, como una Mantis Religiosa.

Eso no es in-inde-independecia, por mucho que resuene en los graderíos del Nou Camp, sino la obsesión histórico-traumática del pueblo catalán de librarse de la custodia a España y entregarse incondicionalmente a la custodia de Europa, esa severa madrastrona con su Constitución, su férrea unidad fiscal, sus fisgones e implacables hombres de negro, su control bancario, su mono enfermizo de «meterse» dosis de soberanía de los llamados estados miembro.

El antiespañolismo no deja ver la selva de Europa

Si a ese plan de Artur Más le siguen llamando independentismo un gran número de catalanes, va a ser que su ofuscación antiespañola no les permite ver la selva europea en la que pueden meterse. O eso, o que son unos incautos dispuestos a morder la manzana envenenada que les ofrece el Honorable ¿Pacto fiscal con Bruselas, barra libre de endeudamiento, presupuestos «made in Cataluña», un Banco Central Catalán con libre albedrío, acuerdos del Consell de la Generalitat sin supervisión previa, reformas del Estatut a la seva manera…?

No se lo cree ni Pilar Rahola, la nueva «tamborilera del Bruch» que aprovecha los ecos de la Diada, del Nou Camp, de «El Gran Debate», para intentar acojonar al personal constitucional dándole al tambor desde las páginas de La Vanguardia.

Si algo ha quedado demostrado en Europa es que el tamaño importa. Que si la tienes pequeña (la economía, la población, la extensión territorial, naturalmente) como Portugal, como Grecia, la Troika siempre acaba llevándote al huerto y situándose encima. Pero Bruselas, esa depravada económica, se lo piensa un par de veces antes de dejarse llevar por sus instintos básicos con Estados al filo de los 50 millones de habitantes.

Los cantos de sirena de Bruselas

¿Por qué no le explican eso Urkullu y Más, Bildu y Esquerra, a vascos y catalanes? Dentro del Estado de la Autonomías, de la Constitución de 1978 y del espíritu reformista que se respira en 2012, hay margen de maniobra identitaria, vista gorda para los juegos de patriotas lingüísticos y mano ancha para desahogos nacionalistas, discriminación de banderas y uso y abuso de competencias.

La musica celestial de Europa, en cambio, es como el mortífero canto de sirenas en la Odisea de Homero. Ulises se salvó porque se dejó atar al mástil de la nave que navegaba hacia Ítaca. Pero los héroes actuales de las odiseas de Euskadi y Cataluña, Más y Urkullu, no sólo no se dejan atar a sus mástiles, es que ni siquiera protegen con tapones de cera los oídos de sus tripulaciones ante el irresistible y perverso influjo de Bruselas.

Por donde está pasando Europa, Portugal, Grecia y estos primeros pinitos en España, es evidente que no crece la hierba de la independencia, de la soberanía, ni siquiera de la esperanza de la gente corriente.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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