Han bastado unas pocas semanas y la eficacia del monarca para disolver en la nada ansiosos sueños de verano

El Rey Felipe VI disipa todas las dudas… en apenas dos meses

Unos analistas analistas que, más que análisis, no hacían sino formular malos deseos

@CasaReal: «El Rey Juan Carlos conoció en la sede de Wayra/Amerigo en Bogotá proyectos de emprendedores».

Tras la abdicación del Rey no fueron pocos los que sugirieron que su marcha marcaba el inicio del fin, tal vez no inmediato pero desde luego sí inexorable, de la Monarquía española. En pocas palabras, que se había acabado la función.

Los argumentos esgrimidos por los eternos agoreros del apocalipsis monárquico hacían referencia al quién, al cómo y al qué de la renuncia. Y los tres visiblemente comentados con un regocijado detalle, no exento de una poco menos que sádica satisfacción.

El quién: según ellos se iba la astucia del superviviente nato y la autoridad de quien ya formaba parte de la Historia y hasta de la iconografía del siglo XX, y entraba la liviandad de la más absoluta inexperiencia y falta de carácter.

El cómo: la abdicación no tenía lugar por la puerta grande de la generosidad y la decisión meditada, sino por la salida de emergencia de una institución en llamas por la corrupción, la complacencia, la ineptitud y la desidia.

Y el qué: el presente era el de un rey saliente frustrado y resentido por la naturaleza forzada de su marcha, más dispuesto a la rabieta infantil de llevarse con él la pelota que a la colaboración imprescindible para evitar el naufragio de su dinastía; y el de un rey entrante sin el más mínimo proyecto de futuro, ni presencia de ánimo para llevarlo a cabo y dar continuidad a una singladura de tres siglos por la Historia de España.

Pero ocurre que, como decía el paisano, «la realidad se impone», y en este caso han bastado unas pocas semanas para disolver en la nada los ansiosos sueños de verano de unos analistas que, más que análisis, no hacían sino formular deseos.

Eficacia, ilusión, planificación y aplomo. Esto es lo que define el presente del reinado de Felipe VI o, para ser más precisos, el presente de ese calculado reparto de papeles en el que aquél se ha convertido.

Efectivamente, la eficacia empieza a ser palpable, a decir de los concernidos por sus resultados. Hace unos días, un alto ejecutivo de una multinacional española comentaba a sus íntimos la definitiva intervención que el Rey Juan Carlos había tenido en la renovación de un multimillonario contrato internacional de su empresa, amenazado por una inesperada resolución.

Probablemente, a don Juan Carlos le bastó un comentario en la sobremesa de una cena de amigos para lograrlo.

Cuarenta años de contactos, confidencias y favores al más alto nivel dan para mucho, y no ser ya Jefe de Estado, sino un rey sin corona, permite aprovecharlos sin temor a los escrúpulos éticos de los exquisitos de la cosa pública.

La ilusión por el nuevo papel asumido es también visible. Para sorpresa de muchos, al rey padre se le ve contento.

Contento porque, más allá de un evanescente papel institucional, puede seguir ayudando a su país de una forma manifiestamente tangible; y quizás también porque se siente menos presionado, sabiendo que el foco de la atención pública se ha alejado de él una generación.

La existencia de una minuciosa planificación es también demoledoramente protagonista. Lo mismo que el aplomo con el que el nuevo rey la está ejecutando. Para tranquilidad de todos, resulta que el Príncipe Felipe sí tenía pensado al detalle lo que hacer cuando la Historia le diese el turno.

Como un experimentado general en batalla, ya rey ha desplegado sus iniciativas conforme a un plan meditado al milímetro con mucha antelación: transparencia en los dineros de la Casa, prohibición de cualquier género de promiscuidad con el mundo de los negocios, recuperación del contacto con la gente; y sobre todo división clara de funciones en la Familia Real: Felipe VI, rey de todos, por todos y para todos, y por eso mismo alejado de cualquier compromiso o concreción terrenal que pueda poner en peligro la pureza de la institución.

Doña Letizia, lo mismo, pero un paso atrás y cubriendo las casillas vacías del tablero del juego «una monarquía comprometida y moderna»; y don Juan Carlos, un esencial doble papel: el de brega diaria, como embajador de lujo de las empresas españolas, y el de fondo, como recordatorio vivo de la Transición y el 23 F, fuentes de la legitimidad política (ya imprescindible, junto con la constitucional y la histórica) de la Monarquía española.

Nada ni nadie es invulnerable. Y muchos menos a los propios excesos de confianza. Si esta lección se ha aprendido, larga vida espera a la Corona… afortunadamente para todos, porque la Historia nos dice que sus mejores momentos también han sido los de España.

 

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