Valle de los Caídos

Colas enormes para visitar la tumba de Franco gracias a Sánchez: «Esto antes era un desierto»

El Valle de los Caídos no deja de hacer caja y se convierte en uno de los monumentos turísticos más rentables de España

Colas enormes para visitar la tumba de Franco gracias a Sánchez: "Esto antes era un desierto"
Franco, el Valle de los Caídos, Zapatero y Pedro Sánchez. EP

Un patoso al que le ha salido el tiro por la culata (El Vaticano deja claro a Sánchez que no le ayudará a exhumar la momia de Franco).

Si quieres conseguir un efecto concreto, sólo deber prohibirlo o crear un halo malo sobre ello, para que los humanos hagamos exactamente lo contrario. (El vídeo de la bomba sobre el Valle de los Caídos cuya mecha encienden Torra y Sánchez)

«Es nuestra primera vez en el Valle y venimos porque queremos ver la historia de España antes de que se la lleven. La entrada es cara, nuestra familia ha pagado 60 euros por ver la tumba de Franco.

Queremos verlo antes de que se lo lleven, no somos franquistas pero como españoles queremos ver nuestro pasado.

Y es Pedro Sánchez quien ha provocado las colas que aquí hay».

Eso  afirma contundente Sonsoles, una señora de 65 años que viene desde Albacete a visitar, junto a su familia, la Basílica donde descansan 33.000 caídos de ambos bandos de la Guerra Civil (Compromís pide al Gobierno que expulse a los benedictinos del Valle de los Caídos)

Apenas son las doce del mediodía y la afluencia de visitantes y turistas no cesa en el monumento erigido por el Caudillo en el año 1960.

La insistente amenaza de exhumación de los restos de Francisco Franco por parte del Gobierno ha provocado una oleada de turistas y visitantes ansiosos por ver el cementerio más famoso de nuestro país, según recoge Elena Berberana en libremercado.

El Gobierno de Sánchez ha puesto de moda el franquismo y está funcionando como su mejor agencia de publicidad.

Así lo corroboran los trabajadores y agentes de seguridad del mausoleo al asegurar que hacía mucho tiempo que no veían interés público semejante:

«Antes en el Valle no había nadie. Esto era un desierto con cuatro gatos que venían de vez en cuando. Había alguna que otra excursión de alemanes o británicos, pero poco más. Los socialistas han reactivado el Valle e incluso se ha tenido que contratar más personal de vigilancia».

Eso cuenta uno de los encargados de velar porque nadie haga fotos dentro de la capilla donde descansan los restos del dictador y José Antonio Primo de Rivera.

Bien es cierto que algunos se saltan esta norma que viene «de arriba», informa otro de los vigilantes. «La gente quiere hacer fotos a lo que considera su historia reciente y está fatal que lo quieran ocultar. Esto forma parte de España y, aunque no nos guste, pasó. Hemos pagado nueve euros por persona sin audioguía, pero si hubiera habido que abonar más dinero lo hubiéramos hecho. No tiene que ver con la ideología, es cuestión de cultura y saber lo que ocurrió en España. Hay que recordarlo para tenerlo presente y los socialistas son los primeros en incentivar la visitas a este museo funerario de la guerra», nos explica un empleado de banca que ha aprovechado las vacaciones navideñas para acudir al Valle con sus hijos.

Mientras tanto, aparcar cerca de la Basílica resulta imposible. El trasiego de vehículos que circulan hasta la explanada del Hospedaje situado dentro del complejo resulta desesperante. Los coches guardan fila en la entrada. Abajo, billetes que van y vienen. Por cada ventanilla asoma una mano que paga religiosamente lo que haya que pagar. «Hay que ver a Franco antes de que se lo lleven», es la frase que más nos repiten los conductores. «Hay que reconocer que el Estado se va a llevar un buen pellizco con el rollo de la exhumación», recalca otro de los funcionarios que reparte tickets a diestro y siniestro con una sonrisa de oreja a oreja. Hasta 30.000 entradas más se han dispensado a primeros de diciembre en comparación con el mismo periodo de 2017, antes de que Sánchez llegara a la Presidencia, según los datos aportados por Patrimonio Nacional.

El efecto llamada ha llegado hasta los países nórdicos. Un autobús lleno de finlandeses acaba de llegar y el conductor maniobra al lado de otras cocheras, también procedentes del Norte de Europa. Francisco, chófer con una experiencia de más de veinte años en empresas de tours turísticos, confiesa que «jamás he hecho tantos viajes al Valle desde hace unos meses a ahora». El conductor no alberga ninguna duda en describir la visita de la tumba de Franco como «un negociazo» que, por fin, «está siendo explotado como dios manda», sentencia Paco mientras se fuma un cigarro esperando a que sus finlandeses terminen su visita.

Llama soberanamente la atención las decenas de jóvenes que aguardan deseosos de entrar a la Basílica. José Miguel y Daniel, ambos estudiantes, esperan su turno: «Hemos venido porque queremos conocer la historia de nuestro país. Sánchez ha conseguido que muchos de nosotros queramos venir a ver lo que vivieron los españoles. No estamos de acuerdo con su política. ¿Por qué entonces tenemos que aguantar que haya una plaza que se llame Emilio Castelar? No tiene sentido. De aquí no se van a llevar a Franco porque si no tendrían que remover calles y otros lugares turísticos que suponen una atracción y economía para el país», explica José Miguel mientras avanza lentamente en la cola. Su compañero asiente con la cabeza convencido. Están a punto de pasar ya el control de seguridad antes de acceder al recinto.

Dentro, uno de los vigilantes que se sitúa cerca de la tumba, compara la gran afluencia con la fecha de la muerte del dictador. «Esto a veces me recuerda al día que murió, los fines de semana ni te imaginas cómo se pone», murmura este trabajador que prefiere mantenerse en el anonimato.

Flores frescas rojas y amarillas yacen encima de la lápida del Caudillo, síntoma inequívoco de cómo el sanchismo ha revivido su figura. Un joven se remanga el abrigo: «Tío, se me han puesto los pelos de punta. ¡Qué impacto!», le dice a su amigo mientras leen la esquela de Franco. Una mujer, de repente, se arrodilla y se agacha a dar un beso a la piedra donde se circunscriben las letras y fecha de la muerte. Otra se persigna y unos niños al lado miran con cara de asombro: «Debajo está Franco», susurra una chiquilla a otra más pequeña.

Ya a la salida, como cualquier atracción turística que se precie, se encuentra la tienda de souvenirs del Valle. Sí, aquí también se llevan recuerdos para casa, y, por cierto, nada baratos. Las dependientas no paran de teclear en sus cajas registradoras los códigos de barra de relicarios y camisetas serigrafiadas con la afamada cruz del Valle.

Varias cajas de cartón con nueva mercancía se apilan a la entrada del comercio. Las trabajadoras intentan desembalar y reponer rápido los productos porque los clientes están arrasando en las estanterías. Apenas se cabe dentro: «7,95, por favor», solicita la empleada a un joven muchacho universitario que se lleva una taza con el dibujo de la Basílica del Valle.

Camisetas, gorras, turrones de chocolate, libros sobre la guerra civil, rosarios, figuras de cerámica… Hasta disfraces de época se venden en el establecimiento en el que casi nada vale menos de veinte euros. Pero, en vista del gentío que se concentra en los dos mostradores, el precio para los visitantes parece ser lo de menos.

«Esta pequeña cruz tallada en madera es mucho más que un mero símbolo religioso, representa lo que vivieron mis abuelos y eso que ellos eran republicanos», cuenta una chica feliz de haber podido visitar la Basílica «antes de la exhumación». Y recalca: «Yo no sé si Sánchez conseguirá que se lo lleven de aquí, pero está claro que el marketing que le ha dado ha causado este revuelo. Yo vine hace cinco años cuando estaba en el instituto y aquí no había nadie. Era un desierto», garantiza esta madrileña de 24 años.

No cabe duda que el franquismo está de actualidad y así de claro lo especifica Daniel, un madrileño que «nunca había subido al Valle» y ahora se ha apresurado a hacerlo: «La entrada es cara, no hay guías, pero merece la pena verlo. Hemos venido como turistas y no para exaltar ni rendir homenaje a nadie», señala el joven. Un hombre exclama al pasar: «No hay nada mejor que hablen de uno, aunque sea para mal»…

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