Así se comporta la confidente de Leire Díez, la fontanera del PSOE.
La imagen institucional, el uniforme y los galones de directora general de la Guardia Civil no logran ocultar del todo el perfil político y el carácter vulgar que Mercedes González Fernández ha exhibido a lo largo de su trayectoria.
Una periodista reconvertida en política de aparato del PSOE que, antes de llegar a lo más alto del Instituto Armado, dejó muestras claras de un estilo directo, combativo y, en ocasiones, considerado por muchos como grosero y partidista.
El episodio más recordado, y que mejor ilustra esa verdadera cara, tuvo lugar el 12 de mayo de 2021.
Por entonces, Mercedes González era la recién nombrada delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid. Junto al alcalde José Luis Martínez-Almeida, debía comparecer en rueda de prensa para coordinar medidas ante las Fiestas de San Isidro y la situación de la pandemia. Lo que empezó como un acto institucional acabó convertido en un rifirrafe público.
Almeida criticó la gestión del Gobierno central. González no se mordió la lengua:
Querido José Luis, yo estoy aquí como delegada del Gobierno y voy a defender al Gobierno cada vez que le des una patada.
Interrumpió al alcalde en varias ocasiones, subió el tono y zanjó la cordialidad con frases que sonaron más a militante en campaña que a representante institucional neutral.

Aquel día quedó patente un estilo: ordinario en las formas, partidista en el fondo. No era la primera ni sería la última vez que González mostraba esa faceta combativa.
Como concejala del PSOE en el Ayuntamiento de Madrid o como secretaria general del partido en la capital, su perfil siempre fue el de una esbirra fiel al sanchismo, dispuesta a defender al Gobierno con uñas y dientes, incluso cuando el cargo exigía neutralidad y altura de miras.
Hoy, al frente de la Guardia Civil, esa misma actitud genera inquietud en amplios sectores del Cuerpo y de la opinión pública. Una institución que debe estar por encima de la política se ve dirigida por alguien cuya biografía está marcada por la militancia y por episodios que revelan poco tacto institucional.
La ordinariez con la que despachó al alcalde de Madrid no fue un desliz puntual: fue la expresión de un carácter y una concepción del cargo público entendida como trinchera partidista.
Hasta tal punto que no dudó en mantener contactos con alguien tan sórdida como la fontanera del PSOE.