Dívar inició sus 'escapadas' por la cara a Marbella en 2008

La ceguera bien administrada de los jueces izquierdistas con Carlos Dívar

¿Estaban ciegos, sordos, los vocales progresistas que ahora practican la cinegética en el CGPJ?

Podría llenarnos de orgullo y satisfacción, como tantas veces le ocurre a su Majestad el Rey, que la presión de la opinión pública y la opinión publicada obligue a Carlos Dívar a hacer las maletas, hacerse la última foto con el príncipe (al que su padre le dejó el marrón) y sacarse un billete sólo de ida a casa o a Marbella, donde prefiera el hombre, con tal de que cargue los gastos a su cuenta.

El rostro visible del Consejo General del Poder Judicial, sonrisilla estudiada frente al espejo y mirada de no haber matado una mosca, empezaba a producirles indigestas comidas a los españoles, cada vez que los telediarios lo incluían, día tras día, en el menú casero, entre los austeros platos de la mayoría de familias sin poder generalizado adquisitivo.

CLARO QUE PARTE DE LA SOLUCIÓN ES QUE SE VAYA

«Si la solución es irme no pondré el menor obstáculo», ha declarado el Presidente de Consejo General del Poder Judicial, con un verbo conjugado en futuro («pondré») que mantiene un grado de ansiedad en los que tienen más propensión a la taquicardia. Pero se va. Entre otras cosas porque tiene menos que perder que si se queda. Porque, como le decía el otro día un ilustre jurista a Periodista Digital: «si ese señor fuese mi padre no sabría dónde esconderme de vergüenza». Se va tras haber agotado todos los intentos de inmunidad que subyacen en los subsuelos del Sistema, con más pasadizos secretos que la casa de Godoy o las selvas del Vietnam en los que esfumaban los ‘charlies’.

Naturalmente que es la solución, por lo menos una parte de la solución, aunque el país tenga que digerirla varias semanas después de traspasar su fecha de caducidad. Lo grave es que un señor con las luces de Carlos Dívar, con su formación, con sus «méritos» para ejercer la responsabilidad de presidir nada menos que el CGPJ, llegue a esa conclusión con tanto retraso, por otro lado, algo congénito, en un país en el que sus ciudadanos, con todas las honrosas excepciones, han renunciado a utilizar sus eficientes neuronas y han desarrollado su ancestral aptitud para echarle cara a la vida.

¿Muerto el perro, se acabó la rabia? Quizá. Pero quedan millones de españoles preguntándose en qué país vivimos, en manos de quién depositan nuestras instituciones, cómo es posible que un alto representante de la Justicia, en toda su dimensión técnica, filosófica y social, pueda considerar calderilla, gastos sin importancia, 30 mil euros que muchas familias españolas tardarían en ingresar, con suerte, casi tres años. Va a ser cuestión de empezar a someter a los candidatos a cualquier cargo de responsabilidad, no sólo al criterio del Parlamento, sino a un test psicotécnico que garantice que están en perfecta condiciones mentales.

DE AQUELLOS POLVOS VIENEN ESTOS LODOS

Y luego, ¿qué? Cuando Carlos Dívar sea devuelto a corrales habría que hacerle un chequeo al Consejo General del Poder Judicial. Fundamentalmente a sus índices de independencia, a la naturaleza pública ideológica de sus vocales, al margen de lo que cada uno pueda pensar, sentir y defender de la puerta de sus casas para adentro. Es obscena esa división permanente entre miembros progresistas y conservadores de las diferentes instituciones judiciales, que fomentan los partidos políticos y etiquetan los medios de comunicación con conocimiento de causa. Es un escarnio a Montesquieu y un gol por toda la escuadra al gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

CINEGÉTICA IDEOLÓGICA MADE IN SPAIN

La cacería de Carlos Dívar ha sido muy higiénica en esta España que empieza a descubrir la cinegética del cargo institucional, del jeta financiero, del chorizo político, del empresario corrupto, del gestor público ‘manirroto’ con familiares y amigos o intercambiando ‘cromos’ en sastrerías, gasolineras o en los descansos del palco del Bernabéu.

Pero, después de Dívar, queda una pregunta por despejar: si se gasto esa pasta en viajes a Marbella desde 2008 a 2012, ¿Por qué nadie, ningún José Manuel Gómez Benitez, ningún vocal ni conservador ni progresista, dijo ni pío hasta que Zapatero abandonó La Moncloa? ¿Es mera casualidad que se haya levantado la libre en los primeros seis meses de gobierno de Rajoy? ¿Estaban en Babia todos esos vocales de Jueces para Democracia, mientras su presidente iba y venía de Marbella a cuenta del dinero de los españoles?

Si alguien entre todos esos vocales, repentinamente justicieros, éticos y persistentes en solicitar la dimisión de Carlos Dívar, no aclara los motivos de sus tres años de silencio y sus seis meses de acoso y derribo, van a dejar a la opinión pública con la duda de si hay gato encerrado. El fin, la dimisión del persistente turista en Marbella, es intrínsecamente bueno. Pero no cualquier medio puede justificar un fin. ¿Por qué el sector progresista del CGPJ no levantó la liebre antes, entre la primera y el trigésima segunda espada de su presidente a Marbella?

Si llegan a pararlo antes, eso que nos habríamos ahorrado, aunque marrón le hubiese caído al gobierno Zapatero en vez de caerle al gobierno Rajoy. Ahora resulta que, la independencia judicial, además de ofrecer más garantías democráticas, añade la ventaja de que podría salirnos más barata a los españoles, con la falta que nos hace.

Con todos los respetos para los vocales progres del CGPJ que han tirado de la manta, habrá que reprocharles que no hayan reaccionado al tercero, al cuarto, al quinto viaje, haciéndose de tripas el corazón (comprensible en plena era de la ‘ceja’), pero ahorrándoles a los españoles los gastos de las otras dos docenas de dispendios de un caradura. La cinegética ideológica made in spain enciende luces, pero deja muchas sombras.

Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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