¿DÓNDE ESTÁN LOS CADÁVERES?

El crimen más oculto de ETA: tortura y muerte de tres chavales gallegos

La historia de tres jóvenes gallegos residentes en Irún que cruzaron la frontera para ver «El último tango en París» y desaparecieron para siempre.

El crimen más oculto de ETA: tortura y muerte de tres chavales gallegos
Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García, los tres jóvenes gallegos secuestrados, torturados y asesinados por ETA en 1973. PD

Es una historia que encoge el alma, un crimen tan repugnante que cuesta creer que haya ocurrido. Y ahora, coincidiendo con los patéticos paripés montados por el PSOE con los sucesores de los terroristas de ETA, en sitios como Navarra, es imprescindible recordarla.

Una ventosa tarde de marzo, tres muchachos gallegos que habían llegado a la localidad guipuzcoana de Irún buscando trabajo y horizontes más amplios, deciden pasar a Francia para ver una de esas películas que la censura prohibía en España.

A la vuelta, en el lado izquierdo de la carretera que serpentea desde San Juan de Luz a la frontera, los chicos vislumbran las luces parpadeantes de una discoteca. Uno de esos antros de atmósfera densa, donde se puede tomar una copa, escuchar música y ver cimbrearse a alguna mujer de falda corta y ropa apretada.

Los gallegos se acodan en la barra y comentan, con la desinhibición que estimulan la juventud y un puticlub donde no te conoce nadie, algunas de las ardientes escenas vistas en el cine un rato antes.

Es sábado, pero el local todavía no está muy lleno. Suben el tono, se ríen e intercambian bromas, ignorantes de que en una esquina, parapetados tras unos vasos de güisqui, varios pares de ojos les observan.Uno de los que mira, el más excitado por el alcohol, es Tomás Pérez Revilla, gerifalte de ETA.

Fernando Veiga, Jorge Juan García y Humberto Fouz.

Con él hay otros cuatro, que también beben a sorbos y, sobre todo cuando las risas de los gallegos se sobreponen a la música y se hacen audibles, mascullan entre dientes palabras como «hijos de puta», «cabrones» o «txakurras». Pérez Revilla y sus compinches se convencen de que los de la barra son policías camuflados y urden a toda prisa un plan.

Media hora después, cuando los gallegos salen al oscuro aparcamiento, justo cuando están a punto de encaramarse al Austin 1300 en que salieron de España, los cinco etarras los interceptan a punta de pistola.

Al ver el arma, dos de los gallegos se quedan estupefactos.Humberto, el mayor, se yergue peleón pero antes de que pueda mover un dedo recibe un tremendo botellazo en el cráneo.

Nadie oye nada, porque la brisa que llega del cercano acantilado ahoga los ruidos. Todo ocurre muy rápido. Los etarras amarran a la espalda las manos de sus prisioneros, incluidas las del malherido Humberto. Los introducen a empellones en el maletero y parten con ellos, usando el Austin y su propio vehículo. Enfilan hacia Saint Palais, en pleno corazón del País Vasco francés, a medio centenar de kilómetros de distancia.

Allí, protegidos por sus cofrades de Iparraterrak y amparados por la simpatía que despertaba la oposición a Franco, los etarras tienen una estructura que permite albergar, dar trabajo y hasta entrenar a los que salen de España para integrarse en la banda o huyen de la policía. El centro del entramado es un vivero al que los lugareños llaman La Serra, donde en los momentos álgidos labora hasta una treintena de personas.

Es en el vivero, en uno de los barracones, entre tenazas de podar, martillos, carretillas y aperos de labranza, donde Pérez Revilla y sus colegas inician el interrogatorio. La tortura se prolonga hasta el amanecer. El que Fernando Quiroga, que aparece domiciliado en La Coruña, lleve en el bolsillo un salvoconducto de 48 horas y no el preceptivo pasaporte estimula las suspicacias y el celo inquisitorial de los etarras.

Al cabo de una noche agónica, en la que lo único que logran arrancar de la boca de sus cautivos son gemidos, gotas de sangre, dientes y la desnuda verdad, Pérez Revilla y los suyos comienzan a sospechar que se han equivocado. No han capturado a unos policías, enviados desde España para husmear en el santuario etarra. Aquellos tres seres desmadejados, hechos pedazos, que respiran inermes en el húmedo suelo del invernadero no son agentes camuflados.

Se trata quizá, como los muchachos han jurado desde el primer momento, de simples emigrantes gallegos. Todo indica que residen en Irún, cruzaron para ir al cine y entraron en La Lycorne casi por azar, pero los terroristas deciden que ya es muy tarde.

Pérez Revilla sale a llamar por teléfono y retorna un cuarto de hora después con el gesto más endurecido que de costumbre. Es él, con fría parsimonia, quien señala el paraje donde deben ser conducidos los desventurados y se encarga de rematarlos con un tiro en la nuca. Deja a los otros la ingrata y sudorosa tarea de cavar la fosa y deshacerse de los cadáveres.

Las gemelas que ETA asesinó en la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza..

Isabel, la hermana de Humberto en cuyo piso de Irún vivían los tres jóvenes, se inquietó al ver que no regresaban. Pero era fin de semana y al final, tras aguardar en vela bastantes horas, se dijo a sí misma que se habrían quedado de juerga. El domingo cobró cuerpo la idea de que habían sufrido un accidente y el lunes, ya con el alma en la boca, comenzó a indagar.

Cesáreo Rodríguez, su marido, hasta cruzó al otro lado y se dedicó a otear cunetas y escudriñar barrancas con la vana esperanza de dar con el coche. No podía sospechar que el Austin circulaba sin problemas por las carreteras del suroeste francés, con matrícula distinta de la C 2143-B original, pegatinas y toques de pintura sobre la chapa blanca, y gente ajena al volante.

Hasta 21 días después, como refleja en el atestado un puntilloso funcionario de la comisaría de Irún, Cesáreo no se presentó a denunciar la extraña desaparición. En el escrito, mecanografiado en líneas apretadas y estilo rancio, se hace constar el estupor de la familia, que seguía sin tener noticias a pesar de los anuncios y fotografías publicados en la prensa española y francesa.

«Ante el temor de que el vehículo ocupado por los jóvenes hubiera sufrido un accidente, cayendo al mar por la llamada Cornisa del Cantábrico», reza un apéndice, pegado al final del atestado, «la Comandancia Naval Francesa ha realizado rastreos, con resultado igualmente infructuoso».

El escrito concluye destacando que los tres jóvenes «carecen de antecedentes desfavorables en los archivos de la Comisaría».

Los cuerpos de Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García nunca han aparecido. Ni siquiera un fragmento de hueso, unos dientes o unas briznas de pelo. Tampoco el renqueante Austin.

Durante 44 interminables años, sus familias han sobrellevado en silencio la tragedia, estrellándose unas veces contra el muro de la desidia burocrática y otras contra el desprecio de los compañeros de viaje de los asesinos.

Aquel verano, en una de las casas se recibió una llamada de teléfono en la que una voz anónima se limitó a decir:

«No hagan nada, peligra la vida de los tres chicos».

Pero las familias comenzaron a percibir la magnitud del drama en diciembre, cuando Alfredo Semprún, padre del actual reportero de La Razón, publica en ABC un artículo estremecedor. Acertaba en lo crucial, revelaba el nombre del bar y enumeraba a los asesinos.

A Pérez Revilla lo mató el GAL en 1984 y se fue a la tumba con parte de su macabro secreto, pero su férreo silencio no es el único factor que explica que nunca se hayan esclarecido los hechos.Nueve años antes de que estallara la bomba que abrasó y terminó acabando con la vida del autor de los tres tiros de gracia, los jueces habían archivado el caso de los «tres gallegos desaparecidos».

TRES POLICÍAS GALLEGOS

El sumario, sepultado durante años en el sótano de un juzgado de San Sebastián, es sorprendentemente corto. Consta de 142 folios y está constituido sobre todo por recortes de prensa: ABC, El Ideal Gallego, El Alcázar, Informaciones, La Voz de España…

Hay también una carta, de alguien que firma «Leal español» y que cuenta que un fraile residente en Inglaterra, en The Saint Gregory’s College, se ha vanagloriado ante sus alumnos de la «liquidación» de tres policías gallegos que querían infiltrarse en el sur de Francia. Las diligencias son escasas y las investigaciones brillan por su ausencia.

Era una época en que los etarras campaban a sus anchas en Francia, se calificaba a los terroristas vascos de «defensores de la libertad y la democracia» y la policía gala no sólo no colaboraba con la española, sino que hacía lo imposible para impedir la mínima indagación de la Guardia Civil.

Nadie reparó en que aquella ETA, que en 1973 hizo volar el coche del almirante Carrero Blanco, era la misma que ocho meses antes había torturado y «evaporado» a tres jóvenes gallegos, como nadie dio importancia a que matase en 1969 a Begoña Urroz, de 22 meses.

El afán por mantener su aureola de libertadores antifranquistas, que llevó a los terroristas a no atribuirse nunca la colocación de la bomba que mató a la niña, es el mismo que les ha hecho durante tres décadas negar hasta el paradero de Humberto, Fernando y Jorge.

Humberto era el único que hablaba francés y conocía un poco el mundo. Tenía 28 años y había viajado bastante antes de recalar en Irún y encontrar empleo como intérprete en una empresa de transportes. Los otros dos, apenas habían volado. Fernando tenía 25 años y había sido el segundo en desplazarse al País Vasco.Trabajaba en una agencia de aduanas. Jorge, de 23 años, acababa de llegar de Galicia. Estaba en paro.

Comenzaba la década de los 70, unos años prodigiosos en que la España de Franco, que 10 años antes había descubierto el maná del turismo, el biquini, la televisión y las cualidades épicas del Real Madrid, presentía su final. Habían desaparecido los emigrantes de maleta de cartón, que salían a Europa decididos a ahorrar para volver al pueblo y abrir un bar o adquirir un piso en las barriadas que surgían como hongos en los suburbios de Madrid o Barcelona.

Crimen de ETA en Beasain.

Los que dejaban su tierra alentados por la industrialización del País Vasco, como Humberto, Fernando o Jorge, eran de otra pasta y acudían para quedarse.

Aquel 24 de marzo de 1973 era sábado y los tres amigos almorzaron en casa de la hermana de Humberto. Echaron después la partida en el bar Castilla y sobre las cuatro y media de la tarde, dejaron a José Cesáreo, el cuarto jugador de tute subastado, en la empresa Decoexsa.

Retornarían, dijeron, pasadas las 10 de la noche. Todo el mundo se las daba de haber visto en acción al lóbrego Marlon Brando y a la voluptuosa María Schnneider en El último tango en París y ellos no querían ser menos. Ponían la película en los multicines de San Juan de Luz.

El antiguo Lycorne se llama ahora Pakaloko y abre como antaño de 7 de la tarde a 5 de la madrugada. Atrae a multitud de negros y prodiga la música exótica, pero en su época tuvo pretensiones y cierto postín. Allí alternaban los crápulas y desocupados de la comarca. El antiguo dueño, Jean Pierre Bernateau, sigue viviendo al lado y jura no recordar un ápice:

«Tuvo que ser en el aparcamiento; dentro no permitíamos peleas».

El Pakaloko queda a la salida de Bidart, al final de una larga cuesta. El aparcamiento no ha cambiado. Es igual que entonces y de noche, con el viento del mar ahogando los sonidos, es el sitio ideal para la emboscada.

A veces cambia algún nombre, pero todos los indicios señalan que los que estaban con Revilla aquella noche eran Ceferino Arévalo, alias El Ruso, Prudencio Sodupe, alias Pruden, Jesús de la Fuente Iruretagoyena, Basacarte, y Manuel Murua, El Casero.

Fernando Veiga, Jorge Juan García y Humberto Fouz

«MEJOR NO DECIR NADA»

De la Fuente, en libertad desde 1982, pasa los fines de semana en Zumaia, donde comparte casa con María Teresa Egaña. Dicen que sigue siendo un duro y que mantiene una gran amistad con Josu Ternera. Otros han fallecido, pero a Murua lo encontramos en Logroño. Duerme en la cárcel, pero sale a trabajar a Cáritas durante el día.

El Casero, que aspira a una indemnización por los años purgados entre rejas (también pretenden dinero, los 23 millones que se pagan a los familiares de víctimas del terrorismo, los parientes del pistolero Revilla), comienza negando los hechos.

Después admite que una vez, tras recibir una carta de la sobrina de Humberto en la que le pedía ayuda para localizar el cadáver de su tío, el ex ertzaina Mikel Sueskun condenado por pertenencia a ETA y actualmente en libertad condicional y militando en las filas de Eusko Alkartasuna le aconsejó «no decir nada».

Fue lo mismo, según la confesión extraída en 1979 al etarra Jesús María Zabarte, que aconsejaba Pérez Revilla a quien preguntaba por el tema:

«Cuanto menos se sepa del asunto, mejor».

Mikel Legarza, el mítico Lobo que estuvo años infiltrado en ETA, afirma en sus memorias haber escuchado una conversación entre Pérez Revilla y Peixoto, donde aludían a tres gallegos que habían pescado «deambulando camuflados por Euskadi Norte».

El Casero es un tipo con pinta de labriego. Va cubierto con chapela, apenas tiene cuello y parece ingenuo. Él alega que se trata de un error, pero en 1993 fue condenado por haber asesinado de dos balazos en la cabeza al brigada Emilio Fernández.

«De los gallegos yo no sé nada», refunfuña Murua. «Eso hay que preguntárselo a los que mandan». Entre Martini y Martini, y siempre en condicional, da a entender que si los secuestraron «los esposarían allí mismo, en el aparcamiento». También que si los interrogaron «sería duro, pero no como la Guardia Civil».

Al final, y preguntado sobre las probabilidades de hallar restos si se excava en La Serra, pontifica que ninguna, «porque aquello es muy grande». Antes de irse, sin venir a cuento, deja caer que si los sepultaron «los enterrarían junto a la reguera, donde la tierra es más blanda».

Es escalofriantemente curioso, pero en Agur ETA, la autobiografía del arrepentido Soares Gamboa, el ex etarra escribe que hay que unir a la larga lista de víctimas de ETA los cadáveres de los gallegos, «enterrados tal vez en un monte, donde los helechos crecen más altos que los otros».

Coral Rodríguez Fouz, que fue concejal en Eibar y hasta senadora socialista y es sobrina y ahijada de uno de los desaparecidos, confiesa que en sus cuatro décadas de existencia, no puede evocar un solo día en que no esté presente la imagen contrita de su madre, angustiada por la desaparición de su hermano más querido.

Afirma que ése fue uno de los motivos que la impulsó a intentar reabrir el caso. Hasta lograr que se reconociera a su tío y sus amigos la condición de «víctimas del terrorismo», sorteó exigencias kafkianas.

La Administración llegó a exigirle que demostrara de «forma fehaciente» lo ocurrido.

ETA: Víctimas, asesinos y compinchesPD

Te puede interesar

GRAN SELECCIÓN DE OFERTAS MULTI-TIENDA

MÁQUINAS DE CAFÉ

ACTUALIZACIÓN CONTINUA

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído