Esther Esteban – Más que palabras.- Ingrid y la orgía de besos

MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Sé que lo que voy decir no es políticamente correcto y seguramente seré carne de cañón para las lenguas afiladas que entienden la igualdad como una tabla rasa en la que no se hacen distingos de género. Pero así lo siento y así lo expreso.

Sólo las mujeres, que además hemos sido madres, podemos hacernos una leve idea del tremendo dolor, del grado de desesperación que te puede producir que te separen a la fuerza de tus cachorros, que como le ha ocurrido a Ingrid Betancourt, te impidan no sólo ver, sino participar en su transformación, en esa prodigiosa mutación que se produce entre la cándida niñez, la convulsa adolescencia y el complicado camino de la madurez.

Del reencuentro más esperado, de ese abrazo largo y prieto bañado de lágrimas entre Ingrid y sus hijos Melanie y Lorenzo, me quedo no sólo con las palabras sino con esos sentimientos que son imposibles de verbalizar pero que una se imagina con una intensidad inenarrable.

La ex candidata secuestrada durante seis años por las FARC lo resumió diciendo que esos primeros momentos fueron «una orgía de besos» para añadir a continuación que «ellos son mi razón de vivir, mi vida, mis estrellas: por ellos seguí con ganas de salir de la selva.

Imagino que el paraíso debe ser parecido a los que estoy sintiendo».

No se podía decir más con menos palabras ni encontrar mejor guión para representar el final feliz, de esta ignominiosa historia.

Lo lógico, siguiendo la ortodoxia del columnista, sería analizar por qué la liberación de Ingrid puede ser un golpe decisivo para las FARC, cómo este asunto puede alargar la vida política de Uribe o señalar cómo la demagogia barata del venezolano Chavez se ha quedado en humo frente a la política de firmeza para combatir al terrorismo del presidente colombiano, pero como habrá plumas mucho más finas y acertadas que la mía para analizarlo, lo que a mí me pide el cuerpo es sumergirme en el mundo de las emociones.

Digo que sólo una mujer que sea madre es capaz de entender esos conmovedores minutos de abrazos lágrimas y estruendoso silencios, porque sólo así es posible saber con certeza que no hay amor más generoso y desinteresado que el de una madre, que sólo por tus hijos eres capaz de aguantar y sobreponerte a situaciones límite y que su vida y su felicidad es, casi siempre, más importante que la tuya.

Muchas veces yo misma me he revelado contra ese instinto innato de protección, ante esa asfixiante generosidad en grado sumo que me ha hecho aceptar, con resignación complacida, que son ellos y no yo mi primera prioridad.

¡Cuántas veces he culpado a mis padres y a su decisión de educarme en un colegio de monjas! Por no haberme enseñado a quererme un poco más a mí misma, a ser calculadamente egoísta y saberme proteger del amor sin límites ni cortapisas, que siento por el fruto de mis entrañas.

Conozco perfectamente los defectos de mis hijos tanto como los míos propios, pero con ellos siempre mi grado de tolerancia es mayor y también la facilidad del perdón. Y la capacidad inmediata de olvido cuando ha habido alguna ofensa.

Nunca pensé que ser madre era algo tan difícil y tan gratificante, tan imprevisible pero tan predecible y en suma tan irracional o tan perfectamente racional que nace del propio instinto.

Conozco esa mirada de ternura, esa dulzura que emanaba de los labios de Ingrid y comprendo que la esperanza de volver a reunirse con sus hijos ganara la batalla frente a la idea del suicidio, en esos momentos oscuros en los que sus captores la hicieron creer que ya no merecía la pena luchar por seguir viviendo.

Su valentía, su fortaleza, su entereza, su coraje y sus ansias de libertad, además de sus profundas convicciones democráticas, son sin duda un espejo en el que reflejarnos y la han convertido por derecho propio en un símbolo mundial de todas las víctimas de la barbarie terrorista. Cierro los ojos y vuelvo a imaginarme con profundísima emoción esa «orgía de besos» de Ingrid.

Esther Esteban.

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