Isaías Lafuente – El parquet político

MADRID, 15 (OTR/PRESS) La suspensión de pagos de Martinsa-Fadesa, la más grande de las protagonizadas nunca por una empresa en la historia de España, evidencia la magnitud de la crisis del sector inmobiliario.

La mayor promotora del país llega a esta situación con una deuda a sus espaldas de 5200 millones de euros, pero la chispa que ha hecho saltar a la empresa por los aires es, en términos relativos, un minicrédito de 150 millones que no ha sido capaz de conseguir. Es la gota que ha colmado un vaso rebosante.

Una lectura simple de la situación permitiría extraer una conclusión sobre la justicia de las crisis: tocan a todos por igual.

Pero no es así. La empresa Martinsa alimentó su voracidad con la compra de Fadesa a Manuel Jove, y mientras éste exhibe hoy un patrimonio de 4000 millones dispuestos a ser invertidos, el propietario de la compradora, Fernando Martín, gestiona un espejismo.

Los libros contables certifican que su empresa tiene un activo de 11.000 millones, casi 29 millones de metros cuadrados de suelo y 173.000 viviendas para vender, y sin embargo se enfrenta al abismo de la quiebra porque, con la que está cayendo, no es capaz de vender un piso ni de conseguir un «mísero» crédito.

Es la metáfora perfecta de una economía que se ha desenvuelto con criterios de casino, en la que unos ganan y otros se arruinan dependiendo de su capacidad para retirarse a tiempo o de su inconsciencia para doblar la apuesta cuando toda la suerte ha sido ya estrujada.

Mientras esto pasa aquí, en EE.UU. el gobierno liberal de la economía más liberalizada del mundo tiene que salir al rescate de otras dos sociedades inmobiliarias semipúblicas o semiprivadas, según se vea, regidas por ese mecanismo tan poco liberal que privatiza los beneficios y socializa las pérdidas según vengan bien o mal dadas.

Gracias a los efectos perversos de la globalización, crisis puntuales como estas tienen una formidable capacidad de arrastre que atraviesa fronteras, infecta a sectores económicos ajenos, llega a tocar las cuentas públicas y raja el billetero de unos contribuyentes animados en los últimos años a un ahorro especulativo que les ha convertido en propietarios y accionistas, poseedores de una cartera que, como la de Fernando Martín, tiende al espejismo.

Los ciudadanos de una cierta edad tenemos ya vividas algunas crisis. Lo único que cambia es la sensación creciente de desgobierno de la economía mundial.

Cuando salgamos de esta, que saldremos, sería conveniente no enterrar la experiencia bajo el manto de una nueva bonanza, sino corregir los mecanismos de supervisión e intervención de los Estados sobre el mercado. Puestos a intervenir, mejor financiar la extirpación de un tumor que pagar la factura del cáncer.

Y mientras tanto, es conveniente llamar a las cosas por su nombre, no vaya a ser que no denominemos crisis a lo que nueve de cada diez ciudadanos consideran crisis. Todo un ejemplo de falta de sintonía que, como las empresas, cotiza a la baja en el parquet político.

Isaías Lafuente.

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