Antonio Casado – Liaño tenía razón


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

La constatación judicial de que el juez Gómez de Liaño (hoy excedente, ejerce la abogacía) fue condenado por prevaricación sin las debidas garantías de independencia e imparcialidad, según reciente sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, supone un serio revolcón para la imagen de España en el exterior.

Nada menos que el Supremo, que condenó al juez y le expulsó de la carrera (en mayo de 2000 fue indultado por el Gobierno), y el Constitucional, que lo ratificó al rechazar el recurso de amparo presentado por Gómez de Liaño, de la Nación en mayo de 2000), han quedado a los pies de los caballos.

La pedrada no es grano de anís. Según el Tribunal de Estrasburgo, los dos altos tribunales españoles no aplicaron en este caso la tutela judicial efectiva, que es uno de los derechos fundamentales descritos en la Constitución Española (artículo 24).

Los antecedentes se resumen en una secuencia de cuatro pasos.

Primero, el juez Gómez de Liaño sienta en el banquillo a los directivos del poderoso grupo Prisa (Jesús de Polanco, ya fallecido, entre ellos) por supuestos delitos contables.

Segundo, los procesados se querellan contra el juez por presunta prevaricación.

Tercero, el juez es condenado por un tribunal de magistrados cuya recusación, por manifiesta animosidad contra de Gómez de Liaño. Y cuarto, el Tribunal de Estrasburgo dice que, en efecto, quienes condenaron al juez por prevaricación no eran independientes ni imparciales.

Como se ve, el tribunal europeo no entra a juzgar el fondo de la cuestión, respecto a una eventual conducta prevaricadora por parte del juez Liaño. Pero quienes tenemos la suerte de conocerle disponemos de elementos de juicio seguros e inconfundibles.

Por supuesto, más fiables que los utilizados en técnica procesal cuando se trata de cuestiones morales. Esta figura de la prevaricación es de carácter moral, salvo que hubiera mediado algún tipo de soborno, ventaja o compra contante y sonante de la voluntad del juez.

Algo absolutamente ajeno al caso, como se desprende de la propia sentencia condenatoria emitida en su día por la sala de lo penal del Tribunal Supremo.

En ese sentido, podemos afirmar con toda propiedad que Javier Gómez de Liaño pudo equivocarse porque, como él mismo dice, es «un hombre en medio de los hombres intentando hacer justicia a la medida de los hombres». Pero no fue un juez prevaricador.

Ahora puedo decirlo, después de conocer su arquitectura moral y su pasión por una justicia igual para todos.

Antonio Casado.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído