José Cavero – Protestas contra China


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Tanto como lo que suceda en los Juegos Olímpicos de Pekín en lo que se refiere a marcas y competiciones, y se supone que sobre todo a la espera de ese desarrollo de los Juegos, en muy buena parte de las atenciones han estado y estarán puestas en lo que los rodee en materia política y de protestas mundiales que los Juegos suscitan.

Hoy un diario, ABC, titulaba a toda plana: «Bush y Sarkozy exigen a China libertad mientras Zapatero sigue en silencio», y cuanta que el presidente francés lleva una carta interesándose por una larga nómina de presos políticos. Y añade que Moratinos sólo recuerda al embajador chino que no puede frenar el proceso del juez Pedraz.

Otros diarios, la mayor parte, han preferido centrarse ya en los últimos preparativos y las primeras posibilidades de medalla. Pero no hay duda de que ese aspecto de los Juegos de Pekín centra en muy buena medida el atractivo de estos Juegos.

Ya lo centró desde el primer momento, cuando se debatió la conveniencia y oportunidad de que se concediera el encargo de unos Juegos a una potencia de las dimensiones de China, indudablemente capaz de organizarlos, pero tan criticable por razón de sus insuficientes valoraciones en cumplimiento de derechos humanos.

¿Daba la talla China para merecer ese encargo? La mayor parte de los analistas, desde el primer momento, concluían en que no, en que el desarrollo económico no estaba registrando el paralelo respeto a los derechos humanos. Y eso mismo sucede ahora, cuando ya los Juegos se echan a andar, o a correr, y se comprueba el escaso cumplimiento de esos mínimos democráticos.

Tampoco falta quien sostiene que «China es otra cosa», que las peculiaridades culturales de la viejísima China nada tienen que ver con los baremos democráticos del resto del mundo. Y que, en todo caso, ese cumplimiento democrático todavía en mantillas, ya llegará, arrastrado y obligado por la economía, la cultura y todas las restantes actividades sociales.

En ese debate participan los Jefes de Estado y Jefes de Gobierno, muchos de los cuales se plantearon la oportunidad de dar su respaldo al régimen con su presencia, o en caso contrario, de «castigarlo» con su ausencia.

También hay mucho de hipocresía en esta clase de actitudes, no cabe duda. Siempre se podrá decir que el régimen que ahora sanciona a Beijing antes trató de conseguir de él favores comerciales, y que en esa materia nunca hubo recelos ni inconvenientes democráticos.

O, por el contrario, que no pocas conductas de ahora mismo es probable que tengan el secreto temor a alguna clase de venganza comercial desde el gigante chino. No pocos silencios de ahora, es probable que, en efecto, respondan a intereses del comercio bilateral de ahora mismo o de los meses y años venideros..

José Cavero.

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