Carlos Carnicero – Constitución, amenaza o garantía


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Hay muchas cosas que diferencian a una persona de ideología nacionalista –sea cual sea la patria que abarca esas emociones desbordadas- de otra que no lo es, pero una de las más evidentes es que los primeros consideran la Constitución como límite y amenaza mientras que los segundos la observan como una garantía.

Esto es extensible a la Unión Europea como contorno supranacional: los nacionalistas de los distintos países europeos ven en la Unión la misma amenaza que los de las regiones de la periferia española observan en España. Es un problema piramidal, cada nacionalismo mira hacia arriba y hacia abajo con recelo. Ellos, los nacionalistas, sólo entienden su propio patriotismo y consideran amenazador cualquier otro.

Los nacionalistas vascos reclaman Navarra como parte integrante de Euskadi y están horrorizados con la idea de que un día Álava pretenda quedarse fuera de una Euskadi radicalizada hacia la independencia. El nacionalismo sólo aprecia su propia circunstancia cuando abarca exactamente la proporción de territorio en donde quiere ejercer su ideología; no renuncia a ninguna parte de su comarca de influencia ni es capaz de compartir soberanía hacia otros territorios en los que sólo se siente cómodo si se le asegura la tensión hacia la diferencia como forma de vida. En el fondo son como niños mal consentidos que tienen que centrar la atención para sentirse únicos. Si se enfadan, se quieren ir de casa; pero nunca terminan de irse porque fuera de un hogar común hace demasiado frío y ellos son exigentes con lo que pretenden y tacaños con lo que debieran compartir.

Entender que la Constitución de un país es su carta de libertad es una necesidad básica de una convivencia estable; en España es una asignatura pendiente porque existen fuerzas nacionalistas que ven en la Constitución una coacción y un demarcación para sus afanes centrífugos que además nunca están formulados con nitidez sino con la ambigüedad de una tendencia elástica que nunca tiene contornos precisos. El pacto estable es imposible porque los nacionalistas se reservan el derecho histórico de la independencia como una amenaza que les da patente de corso para no verse comprometidos con la Constitución. Cualquier concesión no apacigua sino que exacerba. Son sencillamente insaciables porque el patriotismo envuelve y protege todos sus reclamos.

La Constitución debiera ser para todos los españoles como la Biblia laica del estado. Algunos países no tienen dudas al respecto y resulta anacrónico y fuera del sistema plantarse frente a la Constitución: el estado de derecho se lleva por delante a quien la vulnera. Y la primera obligación de la Constitución es establecerse en defensa de la igualdad de todos los ciudadanos del territorio en donde tiene vigencia, independientemente de la raza, credo, religión o lugar de nacimiento y residencia.

Esto es bien evidente en cualquier democracia consolidada y sólo en España existe una dialéctica de confrontación con esta idea básica que es sistemáticamente combatida por los nacionalistas que basan su práctica política en la confrontación con el estado y por lo tanto con la Constitución.

Como consecuencia de las rémoras del franquismo, uno de los déficit más importantes de la izquierda española es el de no haber formulado un patriotismo constitucional, esgrimido sin complejos frente a las tentaciones disgregadoras que utilizaban el estado autonómico como palanca permanente de debilitamiento del estado, al que se trata de despojar de competencias y prestigio. Y lo hacen no para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos con una gestión más eficaz, sino como vía de fortalecimiento de la diferencia y del poder político propio precisamente para contraponerlo al del estado común.

Hasta ahora había un terreno de juego relativamente claro de los partidos nacionalistas y que permitía observar claramente la diferencia entre nacionalistas y quienes no lo eran. La época de la confusión se amplificó en el momento en que la estrategia electoral del PSOE determinó la ocupación de poder autonómico mediante políticas de alianzas con partidos nacionalistas pretendidamente de izquierdas. Y está ocurriendo, sobre todo en Cataluña, que la influencia y la contaminación ideológica y política no ha sido de los no nacionalistas hacia los nacionalistas, sino al contrario.

Ahora los socialistas catalanes esgrimen el carácter de ley orgánica del estatuto para no estar constreñidos por la Constitución. Porque pretenden tener razón en sus demandas dentro de una negociación que necesitará, en caso de no haber acuerdo, de un árbitro. Pero Montilla quiere tener razón por el hecho de reclamar algo para Cataluña, a la que quiere más que a Zapatero, lo que en la metodología nacionalista equivale a tener razón por defender lo local frente a lo general. El último invento dialéctico es equiparar solidaridad con privilegio para quienes son depositarios de ella.

José Montilla y la dirección del PSC empiezan a tener un proceso mental nacionalista. El Estatuto no está sometido a la Constitución a la que empiezan a ver como una peligro. La prueba es que ya han amenazado ante la eventualidad de una sentencia del Tribunal Constitucional que sea lesiva para lo que tiene contemplado el estatuto.

¿Por qué no se pronuncia Montilla sobre esa posibilidad?

La Constitución ha dejado de ser contemplada por José Montilla como una garantía está a punto de verla como una amenaza. Son procesos de pensamiento prácticamente irreversibles.

Carlos Carnicero

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