Consuelo Sánchez-Vicente – Como una hoja se desprende de un árbol


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

¡Otra vez IFEMA, corazón del dolor! Desfile de autoridades intentado consolar a los inconsolables. Otra vez las lágrimas y la desesperación. Miles de familias vagando entre batas blancas y uniformes de todos los colores, y la misma pregunta en los labios: ¿por qué a mí?

Todo lo que podía aliarse para agravar la tragedia se subió ayer al vuelo 5022 de Spanair: fuertes rachas de viento sobre las pistas del aeropuerto, máxima velocidad del aparato, que se disponía a despegar, pasaje completo – 164 pasajeros, 175 contando la tripulación – al encontrarnos en plenas vacaciones de agosto, tanques a rebosar de combustible al ser Las Palmas de Gran Canarias, su frustrado destino, uno de los más lejanos de la península y el vuelo sin escalas…

Cuando el avión alcanzó lo que los expertos denominan punto de no retorno en su carrera para despegar, el momento en el que los motores alcanzan la máxima potencia y la máxima velocidad y ya no es posible abortar el despegue, consiguió levantar el morro con dificultad y tras elevarse unos 150 metros, cayó a tierra a plomo, «como una hoja que se desprende del árbol» en palabras de una testigo presencial, hasta caer por un terraplén y chocar contra un bosquecillo, despedazándose convertido en una bola de fuego.

Los accidentes fatales existen. Toda obra humana es tan imperfecta como el propio ser humano. Pero, aun así, la pregunta de si no se pudo hacer nada por evitar la catástrofe es humanamente inevitable. Por decirlo sin rodeos: ¿estaba ese avión en condiciones óptimas de volar cuando echó a rodar? Otro de los testigos presenciales ha relatado que poco después de que el avión iniciase su carrera por la pista de despegue, empezó a arder de forma visible su motor derecho. Cuando escribo nadie ha confirmado oficialmente este extremo, ni ninguna otra circunstancia del accidente.

Tiempo habrá. Cuando escribo ni siquiera ha dado tiempo a contar los muertos: se habla de un centenar. Ellos, las víctimas, son lo único que importa ahora, darles un adiós digno, arropar a sus familiares.

Es natural y compresible que la información ceda el paso a la acción en las catástrofes, y estamos ante una enorme catástrofe. La prioridad absoluta de los primeros momentos es y debe ser, por supuesto, dedicar todos los recursos humanos y materiales a intentar salvar el mayor número de vidas, y atender a los supervivientes.

La lentitud con que las noticias sobre la situación de los pasajeros llega en estos casos a sus angustiados familiares o a los medios de comunicación es una cuestión de prioridades. Pero, tras la atención a las víctimas, averiguar hasta el milímetro las condiciones en que se encontraba ese avión debe ser la siguiente prioridad.

La siguiente – o en paralelo – dilucidar si el tráfico era el adecuado para que se desarrolle con seguridad, o si como suele ocurrir en los momentos de alta demanda, como las vacaciones de agosto, el flujo de despegues y aterrizajes rebasaba los límites razonables. Cuanto antes. Para aprender lo que se pueda aprender, y mejorar.

Consuelo Sánchez-Vicente.

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