Fernando Jáuregui – Colapso aéreo


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Cuando escribo estas líneas de urgencia, desde La Paz, Bolivia, resulta difícil esclarecer por completo lo que hayan podido ser las causas del terrible accidente sufrido por un avión de Spanair en Barajas, Madrid.

Pero sí estoy en condiciones de afirmar, sensibilizado tras dos semanas volando intensamente entre países y ciudades con las más diversas compañías, que el colapso aéreo, en tiempo de vacaciones veraniegas especialmente, resulta alarmante, ya más que preocupante.

El número de viajeros se multiplica, pero tanto las instalaciones aeroportuarias como las flotas de aviones de las compañías siguen siendo las mismas. Los vuelos van más que al completo, algunas compañías abusan del «overbooking» -práctica que hemos venido denunciando estos días y que habría que desterrar cuanto antes merced a convenios internacionales-, la atención a los aparatos es menor, porque debe ser más urgente, las colas aumentan, haciendo difícil el buen mantenimiento de los aeropuertos…

En resumen, que la demanda aumenta, pero la oferta sigue siendo básicamente la misma. Hay prisas, muchas prisas, por atender las lógicas exigencias de los usuarios, que pagan y no siempre ven satisfechas sus expectativas: retrasos sin explicar o, aún más lamentable, en los que se engaña al viajero sobre las causas; hay insuficiente atención a algunos aparatos, hay un trato deficiente, no pocas veces, al usuario, sobreventas…

Volar se ha convertido en un ejercicio incómodo, empeorado tantas veces por absurdas medidas de seguridad que no se compadecen con otros «descuidos» en este terreno.

Y, al mismo tiempo, por supuesto, el mes de agosto es el de las vacas gordas para el negocio del turismo aéreo. Hay que aprovechar, llenar los aviones, multiplicar los itinerarios…

Todo sumado, arroja un balance que no quisiera yo mezclar directamente con la tragedia de Barajas, que ni es el único aeropuerto colapsado, ni Spanair es la única compañía que actúa bajo presión -hay que darse una vuelta por algunos países de América para darse cuenta de la magnitud de lo que estoy hablando-.

Simplemente, hay que hacer algo, porque el número de pasajeros no puede aumentar exponencialmente mientras las infraestructuras no logran, por mucho que vayan creciendo -que no siempre crecen- transformarse al mismo ritmo.

El tráfico aéreo es algo que, por afectar a millones de seres humanos cada día, gentes que todo lo esperan de ese viaje de placer o de negocios, precisa de nuevas regulaciones a escala internacional -también nacional-, en las que se contemple a todos y cada uno de los pasajeros como seres humanos, portadores de derechos, y no como cifras de negocio.

La masificación de este tráfico ha sido muy rápida, no todos los operadores que han entrado en el sistema han estado suficientemente capacitados para ello y la visión del negocio rápido, en algunos momentos -y no necesariamente me refiero, desde luego, a Spanair; ni siquiera a esa oleada de «vuelos baratos» que en general han traído más beneficios que perjuicios-, ha primado sobre otras consideraciones de interés público.

Esperemos que en la investigación que se abra sobre este tremendo accidente que hoy nos tiene acongojados, caiga quien caiga, quien deba de caer. Lo que ya no se puede decir, y confiemos en que no nos lo digan, es que todo se debe a la mala suerte, a un conjunto de circunstancias imponderables e inevitables. O, casi peor, que ahora se arrojen la pelota unos a otros, como una señal más de esa manía nacional -e internacional- de no asumir jamás las culpas. Resulta horrible decirlo, pero de esta tragedia hay que sacar, al menos, la conclusión de que algo está fallando. Lástima que estas cosas solamente se digan precisamente después de la tragedia.

Fernando Jáuregui.

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